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Conflictos en zonas rurales

Volver a Granada

50 años de guerra con miles de muertos, desaparecidos y desplazados vaciaron Antioquia, uno de los departamentos de Colombia. Ahora, con la paz, los campesinos están regresando dispuestos a recuperar la vida que la violencia les robó. Primer capítulo de una serie sobre la resurrección del campo

Pared del Salón del Nunca Más con las imágenes de algunos de los desaparecidos durante los años de conflicto en Colombia. El Salón es un espacio para la memoria de las víctimas y la denuncia y está en Granada (Antioquia), una de las zonas más castigadas por la guerra. Ver fotogalería
Pared del Salón del Nunca Más con las imágenes de algunos de los desaparecidos durante los años de conflicto en Colombia. El Salón es un espacio para la memoria de las víctimas y la denuncia y está en Granada (Antioquia), una de las zonas más castigadas por la guerra.
Granada (Colombia)

Dice el cuento que un día llegó un mercader a un pueblito, y que por las calles pregonaba: “¡Compro los malos recuerdos! ¡Véndanme sus tristezas!”. Los lugareños se acercaban a él porque todos habían vivido años de guerra, de violencia y asesinatos. Recordaban a seres queridos muertos y desaparecidos, y les producía dolor. “Si vendo mis recuerdos, me olvidaré y no sufriré más”, pensaban. Antes de marcharse, el comerciante reveló su identidad: era el olvido. “¿Ustedes quieren olvidar a los desaparecidos?”, preguntó. “Muy bien, me voy a llevar ese dolor pero ¿saben qué? Ustedes eran los únicos que podían luchar por hacer justicia”, les acusó. “Quienes tienen a sus familias en el cementerio se van a olvidar de ellos. ¿Quién les va a llevar flores a la tumba y quién va a luchar por el restablecimiento de derechos? ¡Solo ustedes! Ustedes son los desplazados, vivieron en sus fincas felices, allí crecieron sus hijos… Pero se van a olvidar de eso, y también de que algún día puedan recuperarlo”.

Entonces, los vecinos recapacitaron y pidieron al mercader que les devolviese sus recuerdos. Ese día entendieron que la memoria es dolorosa, pero también importante, y decidieron enfrentarse a esa tristeza y recuperar lo que era suyo. Ese fue el comienzo del resurgimiento de Granada.

Aquel pueblito donde las gentes decidieron no olvidar podría ser cualquiera de Colombia, un país que ha arrastrado un conflicto armado durante más de 50 años y donde las cifras hablan por sí solas: 267.000 muertos, 160.000 desaparecidos, casi siete millones de desplazados. En el departamento de Antioquia se vivió la guerra con crudeza por el enfrentamiento continuado de guerrilla, paramilitares y Ejército. Muchos municipios quedaron diezmados, empobrecidos y destrozados. Uno de ellos fue el de Granada, a 75 kilómetros de Medellín, la capital.

Granada llegó a tener cerca de 21.000 habitantes antes de los peores años del conflicto, pero en 2017 apenas llega a 9.000, según datos del Departamento Nacional de Estadística. Es una tierra campesina, cafetera y panelera conocida como la despensa del Oriente, pues producía la mayor parte de la comida que consumían las ciudades. También está muy cerca de uno de los complejos hidroeléctricos más importantes del país pero, al mismo tiempo, su población vive empobrecida (el 80% lo era en 2002, según el Gobierno). Estas condiciones fueron razones para que las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las FARC se asentaran en la región a partir de 1987. “Lo que buscaban era apoderarse de estas tierras. Aquí hay mucha riqueza hídrica, mucho bosque nativo... Pero no sabemos por qué actuaron con esa violencia” indica Claudia Cirley López, funcionaria municipal y desplazada por el conflicto.

Cirley vivía en una de las 52 veredas (una subdivisión territorial del ámbito rural) de este municipio, la de Los Medios. Siendo niña vio cómo las cosas iban cambiando. “Las FARC llegaron contando que eran la salvación. En esos tiempos no había un Gobierno muy estable así que fueron bien recibidos. Luego la situación tomó otro rumbo. Si había un problema entre vecinos ellos se los llevaban al monte y les castigaban o les obligaban a aprender a manejar armas, y eso empezó a chocar porque la gente acá es buena, el arma más peligrosa era el machete. Quien no estuviera de acuerdo era objetivo militar y ya la gente empezó a sentir temores. Así empiezan muy esporádicamente los desplazamientos individuales".

Lo mismo harían grupos paramilitares desde 1997. A partir del 2000, el Ejército entró para acabar con la guerrilla sin ningún cuidado y la violencia aumentó de manera gradual, según recoge un exhaustivo informe titulado Granada. Memorias de guerra, resistencia y reconstrucción publicado en noviembre de 2016 por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). En diciembre del 2000 se produjo uno de los episodios más dolorosos: la explosión de un coche con 400 kilogramos de dinamita, seguida por 18 horas de combates y bombas. "Fue lo más negro que hubo. Yo era madre comunitaria [responsable de una guardería] y me tocó pasar la noche con los niños. Uno pensaba que no amanecía", abunda Gloria Elsy Quintero, hoy secretaria de la Asociación de Víctimas Unidas del Municipio de Granada (Asovida).

En Granada hubo 460 víctimas de asesinato selectivo, 2.992 de desaparición forzada, 59 muertos en 10 masacres, 98 víctimas de secuestro y 50 de violencia sexual

No existe un dato preciso sobre el número total de afectados, pero la información oficial disponible da una pista de la magnitud del conflicto y sus consecuencias: 460 víctimas de asesinato selectivo, 2.992 de desaparición forzada, 59 muertos en 10 masacres, 98 víctimas de secuestro y 50 de violencia sexual, todo ello según el CNMH. En cuanto al desplazamiento forzado, se registraron 33.719 denuncias hasta junio de 2016, según el Registro Único de Víctimas (RUV), aunque esta cifra no refleja el número total porque una sola persona pudo ser desplazada en varias ocasiones.

En esta Granada existe hoy un lugar, un santuario llamado Salón del Nunca Más. De los labios de Elsy, su guía, brota el cuento del mercader del olvido cada vez que recibe a un nuevo visitante. Es un espacio afectivo, un templo para el recuerdo y también para la denuncia. Para recordar que los muertos y desaparecidos son más que números. “Este es un sitio donde no se permite el señalamiento a nadie, es para dignificar a nuestros seres queridos, para rescatar el valor de la vida. El Salón fue un proceso construido desde las víctimas, por nosotros”, indica Elsy.

La pared del fondo de esta pequeña sala de dos plantas está forrada con las fotos de granadinos desaparecidos. El hermano de Elsy también está allí. Mirada firme, ojos azules. “Tenía 34 años. Vivía solo y en un punto muy malo, porque por ahí todos se habían ido ya, pero él cuidaba las casas de los vecinos. Yo le decía: 'Rubén, váyase, pues hay mucho riesgo'. Y él respondía: ‘No, ¿por qué me voy a tener que ir si estoy trabajando?’. Y, de un momento a otro, el 26 de octubre de 2002, lo sacaron por la noche un sábado. Dejaron la casa vuelta, todo tirado... Eso fue horrible”.

En Granada se dice que la tierra se volvió improductiva porque estaba manchada de sangre y tristeza. Pero hoy los negocios funcionan, los comercios abren y la cooperativa cafetera, que exportaba a todo el mundo el fruto del trabajo de los campesinos, va recuperando su esplendor perdido. La Plaza Principal, donde hacían llegar chivas cargadas con los cuerpos de los asesinados en las veredas, luce hoy aseada y silenciosa. Un kiosco de cafés y un altavoz situado en alguna parte que emite un programa radiofónico de música alegran el lugar en el que fue asesinado el 13 de julio de 2001 Jorge Alberto Gómez Gómez, alcalde del 95 al 97. Él lideraba la reconstrucción del municipio tras la explosión del coche bomba de más de 400 kilos de explosivo.

En Granada se dice que la tierra se volvió improductiva porque estaba manchada de sangre y tristeza

Allí hoy Cirley recuerda la violencia, pero también la resistencia de sus vecinos, que desde bien pronto se unieron para acabar con el terror. "Acá surgió el Comité Interinstitucional en el municipio, que eran todas las entidades unidas, gobernando en la distancia. Comenzaron a hacer comunicados de rechazo desde la primera muerte". Personas pudientes de Cali, Barranquilla y Medellín con familiares en Granada reunieron dinero para favorecer el retorno de los suyos, a pesar de que aún había focos de violencia. “En 2004 empiezan los actores armados a ver que la gente se une, que está viniendo la policía y que está empezando a entrar el Ejército pero con una dinámica diferente, ya más de acompañamiento a la población civil", relata Cirley.

Y así nacen las primeras organizaciones de víctimas, Asovida y Asodesplazados, que empiezan a contar al mundo lo que estaba sucediendo. Se van implementando programas de retorno desde todos los niveles de la Administración, incluida la nacional, pero también desde la Alcaldía de Medellín, una ciudad que se vio casi desbordada. “Somos la primera ciudad del país con mayor número de víctimas, tenemos 650.000 desplazados y aquí somos dos millones y medio de habitantes; quiere decir que más del 20% de la población ha sido víctima de la guerra”. Quien aporta este dato es David Cárdenas, comunicador del programa de retorno de Crisálidas. Esta es una marca desarrollada por la Alcaldía para impulsar la comercialización de diferentes productos y servicios desarrollados por la población afectada. “Aquí hay personas que saben coser muy bonito, otros que hacen arepas, helados… Los llevan a ferias, les dan formación, transporte… Es un acompañamiento muy integral”, resume Cirley.

La resistencia de las desplazadas

Volver a Granada

L. H.

En Colombia hay más de ocho millones de víctimas. Con ellas, otros tantos millones de historias únicas que convierten los números en personas de carne y hueso, que ayudan a acercar y a humanizar un conflicto armado que tuvo al país en vilo durante más de 50 años. Durante la elaboración del reportaje Volver a Granada, varias mujeres se ofrecieron a contar su experiencia desde la valentía que supone traer al presente los fantasmas del pasado. Todas ellas hubieron de desplazarse desde sus lugares de origen a otras partes del país para huir de la violencia. 

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De forma paralela, desde lo que fue el embrión del Salón del Nunca Más se comenzaba ya en 2003 a buscar apoyo psicosocial para las víctimas. “Formaron los grupos de abrazos, que hacían unas reuniones donde usted podía compartir su dolor con el grupo. Se hablaba de lo que pasó y usted lloraba y se desahogaba”, rememora Elsy. También se iniciaron los talleres de memoria: “Fue algo muy duro, pero nos ayudó a sensibilizarnos. Uno no se daba cuenta realmente de lo que nos había pasado, cada uno estaba con su dolor, en su islita. Cuando llegamos a estos talleres y comenzaba uno a escuchar las historias de los otros, pensabas: ¿cómo esta señora ha seguido viviendo? Y yo ya no pensaba en mi dolor, pensaba en el dolor del otro y se volvió un dolor colectivo”.

Hay iniciativas que aún perviven, como las bitácoras del Salón: una estantería repleta de cuadernos en cuya tapa superior se ven las fotos y los nombres de personas desaparecidas o asesinadas. “La gente comparte con el ser querido y no rompe con él aunque esté muerto. Les cuentan qué están haciendo —prosigue la guía—. En el cuaderno de Humberto, un líder comunitario, alguien escribió: “Humbertico, eras de las mejores personas que Dios puso sobre la tierra, tu único delito fue ser granadino”. En otra bitácora, dos niños escriben de vez en cuando a su padre. “Papá tengo un pretendiente, ¿le digo que sí?”, se puede leer en una de las páginas.

El no tan sencillo retorno

Elsy, Cirley y tantos otros que sufrieron las consecuencias del conflicto se han enfrentado a mucho dolor para intentar vivir en paz. Especialmente quienes se marcharon y ahora encaran un regreso lleno de fantasmas. Porque es un proceso que no se puede hacer de cualquier manera, tal y como relata Adriana Zapata, psicóloga en el programa de retornos de la Alcaldía de Medellín. En 2015, 52 familias de Granada se beneficiaron del programa Volver al Hogar. Hasta ese año llegaron 7.484 personas, según el informe del CNMH. El trabajo de Zapata consiste en iniciar y acompañar el proceso de recuperación de los proyectos de vida de cada familia. Primero, que entiendan que no son los mismos que se marcharon. “Hay familias que se desestructuran, unas que no vuelven completas, otras que sí…”, detalla.

El siguiente paso es restablecer los rotos lazos comunitarios. Tradicionalmente el campesino es solidario, noble, confiado… Muchos fueron asesinados por eso, pues ofrecían comida y hospedaje a quien fuera sin percatarse que podían pertenecer a un determinado grupo armado; después llegaban los del bando opuesto y los mataban por ser supuestos colaboradores de los otros. Así que toda esa idiosincrasia de los campesinos se fue viendo mermada por miedo a la muerte. Este hecho pone en evidencia los daños colaterales de este tipo de situaciones que terminaron generando un impacto importante en la sociedad. "A raíz de las situaciones a las que se vio sometido con tanto grupo armado, se volvió desconfiado. Piensan: 'a mi hijo lo mataron porque fue ese vecino quien habló'. El trabajo de memoria que hacemos es sentar a los vecinos y conversar de ese día que asesinaron a uno de ellos. Cuentan cómo vivieron esa historia. Ahí se hace ese ejercicio de perdón”, desgrana la psicóloga. Y ejemplifica: “En un ejercicio había un señor que era líder comunitario. La mayoría de ellos fueron asesinados. Este sobrevivió y, llorando, contaba que a los líderes como él les sometían a torturas y los amenazaban para que denunciasen a otras personas. Él decía: 'yo tengo que decir a mi vereda que ninguno de mis vecinos murió por mi culpa porque no hablé'. Pero había familias que le tenían rabia porque le hacían responsable de la muerte de algún ser querido. En ese ejercicio hubo un hombre que lo abrazó y le pidió perdón”.

Campesinos de ciudad

Volver a Granada

L. H.

Medellín, capital de Antioquia, tiene dos millones y medio de habitantes, pero un 20% de ellos no deberían estar allí; la mayoría de estos son campesinos que se vieron obligados a dejar sus cultivos y sus granjas para salvar la vida durante los años más duros del conflicto colombiano. Amenazas, masacres, violaciones, desapariciones forzosas, asesinatos selectivos… El granjero colombiano vivió toda clase de atropellos. Pero la gente se iba a las ciudades a sufrir. “Cuando uno es bueno y cree que todo el mundo lo es también y llega a la ciudad se encuentra con cosas muy agresivas”, asegura Claudia Cirley López, desplazada por el conflicto desde Granada a Medellín cuando era niña.

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También se produce un proceso de recuperación de la memoria. Las familias deben volver a ese territorio donde hay lugares que todavía les reviven hechos violentos, enemistades, recuerdos de sus muertos… Y hay que intentar que le den un significado diferente. “Se consigue. Unos decían: 'aquí los domingos veníamos a jugar al dominó pero ya no porque masacraron a no sé cuántos", narra la psicóloga. Ahora se intenta dar a ese espacio otra oportunidad: "Primero nos sentamos con la familia a identificar qué representa ese lugar y qué significado le queremos dar. Hemos hecho recuperación de parques, de puentes… Vamos allí y limpiamos, pintamos, ponemos bonito, sembramos jardín, alzamos un monumento y organizamos una fiesta; es un ejercicio simbólico”.

“Miramos que se cumplan principios de voluntad, seguridad y dignidad”, detalla Zapata. Con la voluntad se busca que sea la familia la que tome la decisión, sin presiones. El principio de seguridad es garantizar la no repetición de los hechos. El de dignidad, que a la familia se le aseguren unos derechos básicos en el territorio: si la vivienda cuenta con condiciones dignas, si van a tener acceso a salud, educación, alimentación… La parte económica es fundamental, pues deben poder mantenerse; para ello hay que saber cuál es su vocación, qué trabajo realizarán. "Uno cuando escucha a familias encuentra mucho el arraigo y amor por la vida en el campo, es como uno de los motorcitos que los impulsa a volverse” abunda. “Ellos repiten mucho un refrán que se utiliza en Colombia: 'montañero no pega en pueblo”. Así, se identifican actividades económicas y se apoya en la parte de generación de ingresos para que lleguen a la finca y puedan tener un avance para retomar sus cultivos y sus actividades.

Este fue el cauce que siguió Mónica Hernández, granadina de 27 años y beneficiaria del proyecto Crisálidas. Han pasado muchos años hasta que ha vuelto a disfrutar desde su terraza de los campanarios, los edificios blancos, la vegetación y las montañas que rodean el casco urbano granadino. Hoy no solo lo hace, sino que además su casa se ha convertido en el cuartel general de su negocio. A las diez de la mañana el olor a arepas recién horneadas inunda todas las estancias. Hoy Hernández cuenta que su familia era de la vereda Libertad, que en 2002 sus padres decidieron marcharse porque la guerrilla empezó a reclutar chicos y chicas a partir de 12 años, los que ella tenía justo entonces. Que se establecieron en esa misma casa de Granada pero que la violencia iba en aumento y que en 2007, ya mayor, se marchó con sus dos hijos a Cali. “Era impresionante no saber dónde estaban las personas como los primos de mi mamá, que los mataron… Hace poco encontraron sus restos, en una montaña. Aquí mataron a mucha gente cercana a nosotros. Por esa razón empezamos a irnos”.

Al escuchar historias de otros yo ya no pensaba en mi dolor, pensaba en el dolor del otro y se volvió un dolor colectivo

Gloria Elsy Quintero, Asovida

Fue uno de sus hermanos quien inició el negocio de estos bollos de maíz como desplazado en Medellín. Su fábrica fue reforzada a través de Crisálidas y hace tres años se unió a Hernández. Allí, ella y una de sus hermanas las realizan de manera artesanal y las venden al por mayor a cinco tiendas. "Esta casita la conservamos, mis papás nunca se fueron, se quedaron acá hasta su fallecimiento”. Para ella, la vuelta fue complicada. “Cuando te marchas dejas los temores atrás pero luego aquí los retomas pese a que todo esté en calma. Yo salía al patio y si pasaba una persona ya enseguida me asustaba. La mente empieza a jugarte malas pasadas”, reconoce.

Hoy Hernández siente que puede vivir tranquila. Ella sale por la mañana hacia su segundo trabajo, en una buñuelería, y deja a sus hijos arreglándose para que vayan a estudiar. “Yo sé que van a estar bien, ellos se van a la escuela y sé que no pasa nada”. Cirley está estudiando psicología y visita a menudo a sus padres que, tras muchos años malviviendo en Medellín, regresaron para arreglar su vieja casa en el campo, plantar y cuidar ganado. Elsy sigue buscando noticias de su hermano e inmersa en las actividades de Asovida, que ha llegado a ganar el Premio Nacional de la Paz. Sobre todo, siempre está lista para abrir el Salón del Nunca Más y contar al mundo lo que ocurrió en Granada. Para que el mercader del olvido tenga claro que por allí nadie le espera.

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