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BLOGS Por ANA ALFAGEME
DIARIO DE UN GATUNO PRIMERIZO (4)

De cómo ‘Mía’ conoció a su abuela

La gata del autor descubre en Navidad los canelones, Vetusta Morla y un lugar para dormir la siesta

'Mía' haciéndose pasar por buena antes de cometer un crimen.
'Mía' haciéndose pasar por buena antes de cometer un crimen.

Cuando uno adopta un gato, realiza un ejercicio mental de prevención de riesgos felinos. Da igual el proceso. Siempre se quedará corto. Aparecerán eventos hasta entonces no conflictivos que, de repente, bordean el drama. Las Navidades, por ejemplo. O, más aún, las primeras Navidades de tu gata en casa de tu madre. Para los que no tengan tiempo de seguir leyendo, un resumen: no surgió el amor, pero casi.

El 23 de diciembre Mía emprendió viaje al norte, a Oviedo. Recién esterilizada (y con la necesidad de que la cosieran una segunda vez, ya que le dio por hurgar en los puntos) soportó un viaje con atascos y niebla que duró casi siete horas. Solo maullaba cuando oía su nombre.

Decidí llevarme a Mía de viaje por una razón muy sencilla y muy estúpida: se me partía el alma al imaginármela sola en Nochebuena. Por ello, y a pesar de que a mi madre no le hacen ninguna gracia los animales, allá nos fuimos. Preparé una bolsa con sus juguetes preferidos, la comida y ese gran amigo de los gatos viajeros, el Feliwey.

Nada más llegar, al abrir su transportín, pasó olímpicamente de mi madre, que había salido a recibirnos, y se fue directamente a mi habitación. Supongo que fue el olor. Mi amiga Catalina me había comprado un arenero y dos recipientes para la comida y la bebida que eran del tamaño del gato de Manute Bol, por lo que tuve que robar un recipiente de la vajilla (perdón, mamá).

Lo cierto es que Mía pareció adaptarse bien. La primera noche estaba yo más preocupado que ella, a juzgar por las carreras que se pegó y por el hecho de que no me hizo caso en ningún momento. Escogió rápido un sitio en un sillón cerca de la ventana, y allí le coloqué su cojín.

Aquí 'Mía', usurpando la cama de mi juventud.
Aquí 'Mía', usurpando la cama de mi juventud.

A la mañana siguiente llegaba la primera prueba de fuego. En casa de mi madre trabaja una persona un par de horas al día. Y sí, lo han adivinado, es alérgica a los gatos. Esa alergia derivó en una especie de prueba de las puertas de Humor Amarillo, en la que Mía iba pasando de estancia en estancia en función de qué parte de la casa se estuviera limpiando en ese momento. Y ya se sabe lo poco amigos que son los gatos de las puertas cerradas. Mientras yo me leía la biografía de Bruce Springsteen, ella daba un concierto pegado a la puerta.

En casa de uno, los riesgos están más o menos controlados. La vitrocerámica siempre está bloqueada, nadie abre las ventanas y no se deja casi nada al azar de la maldad gatuna. Pero claro, en casa de tu madre de 76 años que, como es lógico, hace lo que le da la gana, tienes que imponer las normas del gato de una forma muy sutil. Y explicar, por ejemplo, que por muy tranquila que parezca, no es que de repente le vaya a dar una venada y vaya a saltar por la ventana, sino que tiene una cosa que se llama instinto y que por eso al ver un pájaro, aunque no ha cazado uno en su vida, pierde el control sobre su cuerpo y viaja miles de años en el tiempo, hasta sus orígenes.

'Mía' haciéndose fuerte en el sillón de mi madre.
'Mía' haciéndose fuerte en el sillón de mi madre.

Mi madre lo intentaba, pero no le salía ser cariñosa con Mía. La llamaba “Gati” e intentaba entablar conversaciones con ella (yo también lo hago a veces, así que menos risas). Y eso que casi no la vio rascar los sofás. Cuando eso sucedía, yo miraba a Mía con cara de “para quieta, que esta no es nuestra casa” y ella se paraba un segundo, me miraba, y adoptaba esa actitud tan felina: “Me da igual que sea o no nuestra casa, soy una gata y hago lo que me da la gana cuando me da la gana”. Eso sí, Mía sabía que el sillón de mi madre es el sillón de mi madre… tal vez por eso en cuanto mi madre se levantaba, corría para tenderse en lo alto del respaldo.

Nochevieja fue un drama. Había canelones para la hora de la comida. Cuando llegué a casa, Mía estaba iniciando una incursión en la fuente. Como eran únicamente para mí, no dije nada (lo siento, mamá). Separé la parte en la que había estado investigando y me comí el resto. Estaban exquisitos, por cierto. Por la noche, me fui a cenar a casa de unos amigos. Cuando llamé para felicitar el año, me dijeron que la habían tenido que encerrar en el cuarto de baño. Se había obsesionado con las uvas y no paraba de intentar llegar a los diferentes lugares a los que las movían. Seguramente a ella las uvas en sí le daban igual. Pero que le escondieran algo, eso ya son palabras mayores. También metió la zarpa y la lengua en el paté de cabracho de la cena, pero como eso lo vio todo el mundo, no hubo manera de salvarlo. (Lo siento, mamá).

'Mía', en un descanso de su ataque a las uvas de Nochevieja.
'Mía', en un descanso de su ataque a las uvas de Nochevieja.

Cuando volví a casa, a las 4:30 de la mañana, no salió a recibirme a la puerta de casa. Me extrañó. Busqué por todos los sitios y no había rastro de ella. Abrí la puerta de la habitación de mi madre, por si se hubiera quedado encerrada (no hubiera entendido otro motivo por el que no hubiera salido a recibirme, como siempre hace, que para algo es mi gata). Ni rastro. Abrí la puerta de la habitación de mi tía, que había ido a pasar unos días con nosotros. Ni rastro. Y ahí empecé a preocuparme. ¿Y qué hace alguien como yo cuando se preocupa? Despertar a su madre, para que lo ayude a buscarla y, sobre todo, para compartir la preocupación con alguien con algo de sentido común. A mi pobre madre casi le da algo. Primero por el susto de que la despierten a esas horas. Después por las hipótesis que se le pasaban por la cabeza (su principal miedo era que se hubiera quedado sin aire en un cajón) y después por el miedo que debe dar tener un hijo tan tonto.

Mía estaba en la habitación de mi tía, que siempre duerme con la radio puesta. Y a Mía le gustan las voces y la música. Cuando apareció, en Radio Nacional sonaba Vetusta Morla. Mi tía es muy moderna. Total que a las 4:45 todos nos fuimos a dormir, empezando bien el año.

Con la llegada de 2017, las cosas comenzaron a ir mejor. Aunque, eso sí, mi madre seguía teniendo la misma conversación telefónica con todas las personas que llamaban a casa:

“Pedro bien, aquí está, pero no te lo pierdas, ¡que vino con gata!”. Y comenzaba entonces una serie de explicaciones sobre la pedrada que maneja su hijo pequeño.

Mi madre me dijo que había estado tumbada a su lado mientras ella dormía la siesta, y percibí algo de ilusión en sus palabras

Pero una tarde, al volver a casa, Mía me estaba esperando en la puerta, como hace siempre que no está escuchando Vetusta Morla en la habitación de mi tía. Al llegar, mi madre me dijo que había estado tumbada a su lado mientras ella dormía la siesta, y percibí algo de ilusión en sus palabras. En los días siguientes, por la mañana, siempre me decía: “¿Dónde durmió Mía hoy, que no vino a verme?”. Ahí estaba naciendo algo parecido no al amor, pero sí al cariño.

Y llegó el día de Reyes. Y, al lado de los regalos familiares apareció un pequeño rascador circular con ojos y una pelotita atada a una cuerda. Era el regalo de mi madre para Mía. “Es que es como mi nieta”, dijo.

En el viaje de vuelta, Mía no gurgutó. Al llegar a Madrid, reconoció la casa, vio que todo estaba en orden, me lanzó una mirada de reproche por haber olvidado su cojín, y se puso a dormir sobre mi pecho. Creo que echaba de menos a su abuela.

P.S: Mamá, cuando leas esto supongo que ya habrás recogido el Belén y que habrás notado que, o bien la mula o bien el buey –no sé cuál es cuál- tienen un buen pegote de celo en torno al cuello. Fue Mía, sí, pero a una nieta se le perdona todo, ¿no?

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