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BLOGS Por ANA ALFAGEME
diario de un gatuno primerizo (1)

El primer día (y su noche) con ‘Mía’

De cómo aprendí que los gatos hacen siempre lo que les da la gana y que cualquier cosa bajo una sábana es susceptible de ser mordida

Hace exactamente un año le dije a mi mejor amigo: “Mira Miguel, en mi casa no entra un gato. Y punto”. Pues mentí. No del todo, ya que finalmente ha sido una gata, pero vaya, que es el único argumento al que me puedo agarrar para no ser masacrado por faltar a mi palabra (y más ante un amigo que lo utilizará a su favor en cualquier debate).

Mía usurpando el mando de la tele.
Mía usurpando el mando de la tele.

El caso es que Mía, una gata común europea blanca y marrón claro, llegó a casa el domingo 19 de junio por la mañana. Con dos meses recién cumplidos. Llegó en un bolso (el de mi amiga Bárbara, urdidora de todo esto) y, en el trayecto hasta su nuevo hogar, asomaba la cabeza y miraba con atención todo lo que pasaba a su alrededor.

Al llegar lo olisqueó todo. Como buen padre primerizo, le puse la comida, el agua y el arenero en la misma esquina de la casa. Le llené el comedero hasta arriba, por si llegaba el apocalipsis, y le solté por la casa un par de juguetes (un erizo muy simpático y un peluche amarillo fosforito que desapareció el primer día y que, a pesar de su llamativo aspecto, no ha vuelto a aparecer). Ni comió ni bebió, pero se pegó una buena siesta en la estantería, sobre un catálogo de la obra del pintor Darío de Regoyos.

Durante esa primera tarde cambié las tradicionales visitas a vídeos chorras de gatos por consultas algo más profesionales. En La loca de los gatos descubrí algunos trucos y de repente me vi construyendo un juguete con una caja vieja de zapatos, explorando rincones de la casa para dejarle premios escondidos (¡que los gatos son cazadores, muchachos!) y estudiando cada movimiento que hacía, para ver si era síntoma de algo. Sí, comprobé varias veces si seguía respirando.

Cuando se despertó, jugué un rato con ella con la infeliz ilusión de cansarla de cara a la noche. El primer día con un gato uno aprende varias cosas: entre ellas que hacen lo que les da la gana, cuando les da la gana y de la forma que les da la gana. Mía decidió que quería ganarse mi corazón quedándose dormida en mi barriga mientras veíamos la televisión. Al mismo tiempo que un albanés de nombre Sadiku marcaba el gol de la victoria de su equipo ante Rumanía, mi gata cruzaba sus patas delanteras y cerraba los ojos.

Mía prefiere dormir entre libros.
Mía prefiere dormir entre libros.

Y claro, yo me derretía. Sobre todo porque no podía anticipar la noche que me esperaba, repleta de ronroneo, maullidos y una extraña afición por intentar masajear mi pelo. Apenas pude dormir 20 minutos seguidos. La primera noche con un gato también se aprende que cualquier cosa oculta debajo de una sábana o una manta es susceptible de ser mordida y arañada. Y también que el “¡No!” vale para que te miren un segundo con cara de “¿Me estás hablando a mí?”, pero que pedagógicamente al método aún le falta algo de evolución.

Cuando amaneció, no sabía ya si la odiaba o la quería.

Pero no había marcha atrás. Ya había publicado una foto de Mía en mi perfil de Instagram, y ya se sabe que, en el mundo de los gatos, un Instagram es para siempre.