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La conversación que necesitamos

Un nuevo tono de debate debe sortear la polarización para abordar el futuro

Mariano Rajoy, presidente en funciones, y Pedro Sánchez
Mariano Rajoy, presidente en funciones, y Pedro Sánchez

Nuestro país se encuentra en una coyuntura crítica, un momento de importancia singular en nuestra historia democrática reciente. De cómo afrontemos esta coyuntura dependerá cómo salimos de ella: más fuertes, unidos y preparados para encarar un futuro esperanzador, o divididos y debilitados y sin un proyecto común. Superar con éxito el bache que atraviesa nuestro país requiere no sólo la capacidad política de tomar las decisiones correctas, sino el carácter y espíritu adecuados. Frente a la tentación del desánimo ante la complejidad de los problemas que nos atenazan en todos los órdenes de la vida política, económica y social, debemos rearmarnos de voluntad, determinación y confianza en nosotros mismos.

Los problemas que tenemos no son excepcionales, sino propios de aquello que somos y que con mucho esfuerzo hemos logrado ser: una democracia avanzada inserta en el corazón de Europa, el continente más próspero, libre y privilegiado del planeta y, a la vez, abierta al mundo. Desde la corrupción hasta el envejecimiento pasando por la desigualdad; desde los desafíos de sostener el Estado de bienestar en una economía global hasta los problemas de articulación territorial; desde la fractura generacional hasta la precariedad en el empleo, todos esos problemas son padecidos también por nuestros socios y vecinos.

Cierto que algunos de estos problemas pueden parecer especialmente graves, pero España también disfruta de activos de los que otros carecen y hasta envidian: una sociedad cohesionada en torno a los valores democráticos donde no se asoman movimientos xenófobos de extrema derecha; una ciudadanía que puede enorgullecerse respecto a los avances logrados en materia de derechos individuales y libertades personales; una cultura, lengua y forma de vida abierta que atrae a millones de personas y nos proyecta globalmente; y un amplísimo consenso ante la necesidad de contar con un Estado que redistribuya riqueza y oportunidades y garantice la universalidad de los sistemas sanitarios, educativos y de pensiones. No es poco: al contrario, es una base excelente desde la que trabajar.

Para poder ganar el futuro, tenemos antes que ganar el presente, un presente marcado por el hito de llevar 300 días sin Gobierno, lo que supone el aplazamiento, y agravamiento, de todos los problemas que debemos resolver y cuyas soluciones no pueden esperar más. Pero en lugar de hablar de los problemas y buscar entre todos las soluciones, hemos acabado enredados en una conversación altamente emocional y, en demasiadas ocasiones, violenta, que impide cualquier tipo de discusión racional. Somos los primeros en defender el derecho a criticar, pero conviene tener presente que la polarización que sufrimos no es tanto una consecuencia inocente del desbordamiento de las pasiones en el calor del debate, algo en lo que nosotros mismos hemos podido incurrir en alguna ocasión, sino de una estrategia deliberada que pretende impedir que tengamos la conversación que necesitamos y, peor aún, intimidar y atemorizar a los que opinan de forma distinta. La burda división entre los de arriba y los de abajo, los patriotas y los traidores, la exageración paranoica de la maldad del contrario, la obstinación disfrazada de principios o la simplificación de las opciones políticas hasta el extremo ridículo de los buenos y los malos son el mejor camino para privar a los ciudadanos del debate que precisan.

Frente al dibujo grueso, deslegitimador del proyecto colectivo que arrancó con la Constitución de 1978, sin duda el mejor de nuestra historia, hay que recordar que España no es un régimen sostenido por los pocos en detrimento de los muchos cuya caída hay que buscar, sino una democracia representativa dotada de un Estado social y de derecho y de un marco de derechos y libertades tan amplio como homologado con los más avanzados países del mundo en el que ni hay ciudadanos de segunda categoría ni privación de derechos a ninguna minoría ni identidad. Dibujar una nación en decadencia que tiene que ser rescatada por algún salvador es la estrategia típica del populismo, de derechas o de izquierdas, y que siempre acaba desencadenando el nacionalismo chovinista, el cierre a la influencia exterior y la excitación de las diferencias identitarias o de clase.

Frente a la polarización y los odios cruzados, queremos reivindicar la reconstrucción de un espacio común para el pragmatismo y las reformas, un lugar donde se intercambien y negocien razones, ideas y soluciones que nos ayuden a encontrar la salida de esta crisis. Las soluciones a los problemas a los que nos enfrentamos son complejas, requerirán ensayos y errores, y no serán nunca satisfactorias al cien por cien. Pero existen. Solo necesitamos aplicarnos a su búsqueda. Y para ello necesitamos cambiar la conversación.

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