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Populismo que no es

El riesgo es que el centro de gravedad de los partidos ya existentes se desplace más y más hacia cada extremo

Diputados de Unidos Podemos al término de la sesión constitutiva de las Cortes Generales de la XII legislatura.
Diputados de Unidos Podemos al término de la sesión constitutiva de las Cortes Generales de la XII legislatura. EFE

El populismo está de moda. Como etiqueta, sobre todo. Suele aplicarse a un grupo muy heterogéneo de partidos emergentes. Todos ellos, se argumenta, comparten un rasgo: atacan a una supuesta élite enquistada en nombre de un pueblo desarmado y virtuoso. El peligro, temen los moderados, es que lo consigan. Que su estrategia funcione, colocando así bajo un mismo techo a votantes que se encontraban antes en puntos casi opuestos.

Es innegable que la táctica está en auge. Se refleja en la idea de casta de Podemos, en la promesa de Trump de que él será la voz de los americanos o en el hartazgo general expresado por Marine Le Pen. Pero resulta difícil endosar un calificativo categórico cuando partidos más tradicionales han empleado métodos parecidos en el pasado. Y aun aceptándolo como una mera cuestión de grado en la que destacan las nuevas formaciones, el populismo no ha logrado su supuesto objetivo: de momento, los extremos no se han unido en una lucha común contra la élite.

El discurso antiestablishment no ha servido para saltar barreras, sino para reforzarlas. Hasta ahora, quien lo ha empleado ha conseguido capturar una parte importante del voto, pero dentro de un espacio ya definido. Las viejas divisiones de ideología, nación, etnia, cultura o religión no han sido sustituidas. Podemos o Syriza se han abierto un lugar a la izquierda. Trump o Le Pen, a la derecha. Cada uno en su lado del cuadrilátero. Tal vez tengan fintas similares, pero son jaleados por públicos distintos.

Los moderados que claman contra el populismo “de todo color”, pues, equivocan su preocupación. El problema para ellos no es la construcción de una nueva plataforma que les ataque de manera coordinada. El riesgo es que el centro de gravedad de los partidos ya existentes se desplace más y más hacia cada extremo. Es un cambio menos llamativo, pero desgarrador. Intensifica la polarización. Hace más difícil la consecución de políticas progresistas mesuradas, fruto de un acuerdo entre distintas facciones. Y deja a quienes lo intenten ante el imposible dilema de escoger bando o perecer ante un enemigo imposible de delimitar. @jorgegalindo

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