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No más asentamientos

La ocupación no solo se traduce en la asfixia económica y la humillación de los palestinos sino que degrada a la propia democracia israelí

Asentamiento de Maale Adumim, al Este de Jerusalén.
Asentamiento de Maale Adumim, al Este de Jerusalén. AFP

A los cuarenta y nueve años de la ocupación israelí de Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán, el conflicto de Israel con el pueblo palestino parece muy lejos de la solución exigida por la comunidad internacional en diversas resoluciones de Naciones Unidas, que mandatan la creación de un Estado palestino viable e independiente junto al, existente desde 1948, Estado israelí.

Como ha denunciado durante estos días desde las páginas de EL PAÍS el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, la política de asentamientos israelí en Cisjordania, que esta semana ha recibido un nuevo impulso, junto con el acaparamiento de recursos hídricos, hace inviable el futuro establecimiento de un Estado palestino con continuidad territorial y viabilidad económica.

La intransigente aproximación al conflicto practicada por los sucesivos gobiernos del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, —quien solo ha sido superado en duración en el cargo por David Ben Gurion— ha quebrado la confianza de la población palestina en una solución negociada y provocado gran sufrimiento y frustración. Tan duro es el posicionamiento del gobierno israelí que está causando una importante fractura en el interior de la población y en los mismos estamentos que la administran. El enfrentamiento de Netanyahu con varios de sus altos jefes militares a raíz del apoyo que el primer ministro prestó a un militar acusado de matar a sangre a fría a un detenido palestino es apenas un botón de muestra del progresivo alejamiento de Netanyahu de los principios de derechos humanos que deben inspirar a una democracia como la israelí.

Como vienen denunciando numerosas organizaciones de la sociedad civil israelí, la ocupación no solo se traduce en la asfixia económica y la humillación de los palestinos sino que degrada a la propia democracia israelí y aleja aún más la solución a este conflicto. Por eso debe parar.

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