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Todo por la patria

Ni un día sin guiños populistas que apelan a emociones y esquivan debates

Alberto Garzón y Pablo Iglesias
Alberto Garzón y Pablo Iglesias

Singular campaña la que arrancó ayer, poblada de apelaciones a la patria, una noción de reminiscencias preconstitucionales y estrechamente asociada al más rancio nacionalismo. Tan súbito interés por un concepto tan caduco tiene una explicación clara: el partido Podemos necesita encontrar una manera de recuperar la transversalidad perdida por la coalición con Izquierda Unida. Esta alianza, cuyo sentido táctico es innegable en términos de rédito electoral, tiene sin embargo la contrapartida negativa de situar a una fuerza como Podemos, que aspira a representar a una mayoría de españoles, a posiciones extremistas muy alejadas del votante mediano, mayoritariamente centrista.

Esta reivindicación de la patria no es sino otro ardid de una estrategia populista que reclama aquellos significantes vacíos de contenido (patria, pueblo, gente, etcétera) que pueden contribuir a amalgamar detrás de sus siglas a aquellos que no se identifican con categorías políticas tradicionales.

Apelar a la emoción es legítimo en una campaña electoral: los ciudadanos no solo se movilizan para votar por razones relacionadas con el puro interés personal, sino también por la identificación personal con un líder, partido político o proyecto de país. Pero una cosa es apelar a los sentimientos y otra, bien distinta, utilizar emociones primarias para evitar someterse a una discusión, imprescindible en una campaña, sobre las medidas concretas y planes de gobierno de una formación política.

En una democracia avanzada como la española, que además es —por diseño constitucional— un Estado social y de derecho, solo hay ciudadanos. Ellos son los titulares de la soberanía y de los derechos. En una democracia, todo ciudadano tiene que poder sentirse orgulloso de pertenecer a una comunidad política que respeta sus derechos y libertades y que organiza un marco de convivencia justo y respetuoso con su identidad, cualquiera que sea esta. De ahí que tenga sentido hablar de patriotismo constitucional más que de patria o de patriotismo.

Este retorcimiento de los conceptos, ya visto en el intento de capturar la marca socialdemócrata, o en la pretensión de reclamar la soberanía frente a Europa y a la vez declararse europeísta, se traslada ahora a otra combinación imposible: el patriotismo plurinacional. La idea de patria promovida por Podemos, con su apelación a un sentimiento de identificación primordial con la nación, casa mal con la idea de la plurinacionalidad y el derecho a la autodeterminación de todas las partes constituyentes de ese Estado que Podemos defiende como elemento central de su programa y de sus alianzas territoriales. Una contradicción fundamental sobre la que desconocemos qué piensan los diferentes componentes de Podemos y que seguramente convendría aclarar para disipar la impresión de que todo vale con tal de llegar al poder.

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