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¿Deben los niños jugar con espadas?

Guía breve para padres sobre el impacto de los juguetes bélicos

Estreno de la película 'Episodio VII: El despertar de la Fuerza' en Hollywood.
Estreno de la película 'Episodio VII: El despertar de la Fuerza' en Hollywood.

El niño entra en el salón blandiendo una espada. Ojos entornados. “¡Soy el malo! ¡Os voy a matarrrr!”, grita sin reparos. Habrá padres que ni se inmutarán, otros incluso se reirán y algunos se asustarán (aunque la espada sea de inofensiva gomaespuma). La cuestión para estos últimos es si los niños deben jugar con juegos bélicos. Sables de piratas, pistolas de vaqueros, metralletas y espadas láser, ¿tienen algún fin educativo, son una mera expresión de la violencia que nos rodea o la fomentan? Como en casi todos los temas de crianza y pedagogía, no hay una respuesta única. Pero los padres interesados en este debate, que los hay, pueden sentirse más cómodos con uno u otro argumento.

Marisa Moya, psicóloga y directora de la escuela infantil Gran Vía de Madrid, considera que “no se debe jugar con recursos materiales bélicos”. ¿Por qué? “Hay que preguntarse si ese juguete contribuye a que tu hijo llegue al destino educativo que nos gustaría: ¿jugar con pistolas o espadas le va a hacer más tolerante, solidario, comprensivo, empático, feliz? No lo parece. Nos confunde el hecho de que los niños tienen una agresividad, necesaria, que ayuda a sobrevivir. En los niños esta energía no consciente está a flor de piel, porque el cerebro todavía no ha madurado sus frenos. El adulto debe ayudar al niño a desarrollar esos frenos. Hay que decirle que imponerse a otro no es lo apropiado, que hay otras maneras de resolver los conflictos. De lo contrario, estás dotando de naturalidad el uso de herramientas violentas. Hay que desarrollar relaciones respetuosas. Las armas, en los museos”.

Por su parte, Cristina García, pedagoga y terapeuta Gestalt infantil, directora de Edukame.com, cree que los niños tienen que tener libertad para jugar a lo que quieran. “Ellos deciden. Jugar les ayuda a conocer el mundo y a liberar tensiones. Si un niño quiere jugar con muñecas, que juegue, si quiere jugar con espadas, que juegue… Pensamos que si juega con pistolas va a ser un niño violento. Pero no es así. No hay ningún estudio que lo demuestre. Con las pistolas desfogan, matan los miedos, las tensiones, las exigencias de un mundo en el que viven y que es un mundo de adultos. Hay que incluir todo esto, por supuesto, en el marco de una variedad de juegos. Cuando un niño le dice a su madre “te voy a matar” no hemos de pensar que quiere matarla de verdad. Y, si está todo el día así, es porque hay otra cosa detrás. Pero en condiciones normales los niños imitan a superhéroes, a personajes, ya sean buenos o malos”.

¿Deben los niños jugar con espadas?

¿Cuál es el límite? “El límite es no hacer daño al otro. Hay que ver estos juegos con naturalidad. Es simplemente un juego, no le damos importancia y pasamos a otra cosa. Si hay miedo, es el miedo del adulto”. Cosa distinta son los videojuegos, porque “aquí el niño es sujeto pasivo de una historia que le propone alguien de principio a fin, mientras con el juego libre es el niño quien crea”.

Para Antonio Malagón, pedagogo y divulgador de la pedagogía Waldorf, jugar con espadas es un clásico. “Las espadas, las flechas, son símbolos de las historias de héroes y heroínas. Se puede jugar con ellas en el marco de una historia en la que se representa la lucha entre iguales y se fomenta que el vencedor atienda con respeto al vencido. Se transmiten valores de amistad, de protección del otro… A los niños les da mucha energía y seguridad en sí mismos”.

Lo importante no es tanto el objeto con el que se juega como los valores que envuelven el juego: “Por ejemplo, también es bueno jugar de muchas maneras a la pelota. Se trata de fomentar juegos cooperativos para generar buenas relaciones y, por encima de todo, pasarlo bien. Pero todos sabemos que una pelota también puede provocar violencia cuando el juego se convierte en una competición sin control en la que el único objetivo es ganar”, afirma Malagón.

Cosa diferente es, en su opinión, jugar con las pistolas y metralletas “imitando los cientos de películas violentas que suelen ver los niños”. Juegos en los que se “aplasta” al adversario.

A Florencia Malvido, profesora de Madrid Montessori School, no le gustan las armas de juguete, sean del tipo que sean. “Nosotros entendemos que los niños pasan por etapas y siempre hay tendencias humanas que no podemos cambiar. Los niños deben explorar, jugar a ser fuertes, sobrevivir. Es en ese ámbito en el que se puede dar el juego con armas. Si jugando los niños cogen bloques de madera o legos y los transforman en armas, no nos entusiasma, pero entendemos que responde a una necesidad interna. Pero darles nosotros armas, no. Hoy en día hay dos grandes problemas: uno es la falta de juego libre, donde todo se desarrolla de forma natural; y otro es la gran exposición a películas, vídeos, donde se fomenta el juego con armas. Debemos intentar que no interfieran en su mundo películas como Star Wars, porque los niños no saben interpretar lo que ven. Pero como es difícil que no les lleguen estas películas, les dejamos que jueguen si quieren, pero siempre sin hacerse daño. El niño debe jugar y jugar, pero no le regalamos armas. No hay ningún beneficio en ello y los padres deben de ser conscientes de que no van a saber manejar las situaciones”.

Una encuesta rápida en Facebook muestra esa disparidad de opiniones. “Me parece que estos juguetes pueden incitar a la violencia”, dice una madre. “A mí no me importa, creo que la clave está en la educación que les des”, añade otra. “No se las doy pero se las arreglan para fabricarse unas y no se lo prohíbo. Lo importante es que les eduquemos en lo que está bien y mal”, afirma una tercera. Unos padres recomiendan el libro de Gerard Jones Matando monstruos, en el que el autor razona por qué, en su opinión, los niños necesitan fantasía, superhéroes y violencia imaginaria.

Quizás en estos debates sería útil tener en cuenta una popular afirmación: cada niño es un mundo.

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