Tribuna
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La salud es la cuestión

No podemos aceptar la marihuana como una sustancia inocua o una pócima curalotodo

Manifestación en la playa de Ipanema, en Río de Janeiro, a favor de despenalizar el consumo de marihuana.
Manifestación en la playa de Ipanema, en Río de Janeiro, a favor de despenalizar el consumo de marihuana. Antonio Lacerda / EFE

El tema de las drogas es demasiado complejo para aceptar soluciones simples. Se acaba de observar en la Asamblea de Naciones Unidas, donde el consenso logrado no muestra demasiados avances y se registraron dos líneas nítidamente distinguibles: la dura de EE UU, Rusia, China y, en general, los asiáticos, y la blanda de México, Colombia y Guatemala, que no proponen la legalización de las drogas, pero dan por perdida la guerra lanzada en 1970 y reclaman instalar en el centro el tema de la salud, descriminalizar el consumo y abolir la pena de muerte en los países en que existe para el narcotráfico.

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Mientras transcurría ese debate, el Río de la Plata se ha visto conmovido por la muerte de cinco jóvenes argentinos y uruguayos en una multitudinaria fiesta electrónica, que reveló la difusión masiva de una droga sintética, Superman, una pastilla de la cambiante familia de las anfetaminas.

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El debate teórico nos pone ante un paralogismo de falsa oposición. Pensar que la sola represión podía eliminar el consumo era obviamente algo absurdo y hoy ya nadie lo cree. Mientras haya demanda, siempre habrá quien la abastezca. A la inversa, imaginarse que por el camino de despenalizar el consumo y desarrollar las mejores prácticas de prevención podremos abandonar los mecanismos de represión es una ingenuidad: el narcotráfico encontrará los huecos para seguir introduciéndose en ese mercado, cada vez más ampliado por las drogas sintéticas.

Las experiencias novedosas no son concluyentes. Portugal mantiene la ilegalidad del consumo, pero el detenido por él, en lugar de marchar a la cárcel puede pagar una multa o, en su defecto, entrar en un programa de tratamiento a su adicción. João Goulão, director del servicio especializado, considera que los resultados son muy buenos, pero advierte de que hay una “enorme complacencia social” para el consumo de marihuana, que en los últimos años ha aumentado su toxicidad, desencadenando una frecuencia de cuadros de psicosis agudas y esquizofrenias.

Pensar que la sola represión podía eliminar el consumo era obviamente algo absurdo

En Uruguay, la tenencia está despenalizada desde hace años y ahora se legalizó la marihuana, a la que se accede por tres vías: el cultivo propio, los clubes de cultivadores y las farmacias abastecidas por algunos concesionarios que la plantan bajo autorización del Estado. Pese a que la ley lleva dos años y medio de vigencia, aún no se ha podido implementar cabalmente y una marihuana con un mayor THC, el principio psicoactivo, entra ilegalmente con penosas consecuencias.

Más allá de los debates sobre las modalidades de legalización, lo que es irresponsable es no informar sobre las consecuencias, científicamente comprobadas del consumo de la marihuana, que se ha “banalizado”, según la alerta, también en España, de la Sociedad Científica para el Estudio del Alcohol y las Drogas.

Si la prioridad es, como ha de ser, la salud, no podemos seguir deslizándonos por esta pendiente de aceptar la marihuana no solo como inocua, sino como una pócima curalotodo. Sus usos medicinales son conocidos, como ocurre también con el opio, por ejemplo, pero su industrialización está estrictamente controlada y el uso de los medicamentos derivados de este, sometidos también a un exigente control profesional. Con la marihuana se vive un jolgorio universal y la advertencia que formulan los especialistas en Portugal y España se suma a las evidencias científicas comprobadas por la OMS y las más relevantes instituciones médicas. Así lo define, por ejemplo, la Academia de Medicina de Francia: “El uso del cannabis perturba las funciones cognitivas, en particular en la edad de los escolares y universitarios. Puede inducir trastornos de ansiedad y depresión, con su riesgo de suicidio. Puede agravar perturbaciones psicóticas, como la esquizofrenia. Facilita el consumo de otras drogas como tabaco, alcohol, opiáceos o psicoestimulantes”.

Los riesgos del alcohol son conocidos y los Estados han logrado que todos tengamos conciencia de ello, por ejemplo, con medidas restrictivas en el tránsito. Con el tabaco, hace 50 años no existía la idea de su potencial cancerígeno; hoy nadie lo ignora. En el caso de la marihuana, los debates sobre estrategias y legalizaciones no pueden seguir escondiendo los riesgos que produce. Cualquiera que sea el camino emprendido, este tiene que desembocar inevitablemente en una difusión efectiva de los peligros que se corren, especialmente entre los jóvenes, cuyo temprano consumo acentúa los peligros. Seguir como estamos es una inconsciencia.

Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay.

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