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COLUMNA

¿Autónomos o autómatas?

Los partidos reanudan el cortejo de los trabajadores por cuenta propia, tres millones de votantes retratados en un colectivo maltratado

La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez.
La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez. EFE

Los autónomos hemos emprendido el camino de la santidad sin que se haya producido un reconocimiento patriótico, se me ocurre un monumento, una avenida, ni se hayan abierto procesos de canonización.

Somos tres millones de autónomos, tres millones de víctimas en primer lugar de un trágico equívoco semántico. Autónomo, autonomía, sobreentiende autosuficiencia, soberanía, emancipación, pero las evidencias de esta yincana de supervivencia en el trabajo por cuenta propia —por cuenta y riesgo propios— nos identifica bastante mejor en la categoría de los náufragos, los estilitas, los desamparados. No somos tanto autónomos como autómatas.

Porque el autónomo en España no enferma. Ni se lo puede permitir. El autónomo en España no puede declararse en huelga porque la huelga se la declara a sí mismo. El autónomo en España es un burócrata rodeado de las propias facturas. Hasta el extremo de que su existencia no tiene estaciones, de la primavera al invierno, como ocurre con los congéneres, sino vínculos trimestrales —enero, abril, julio, octubre— con el monstruo de Hacienda.

Y Hacienda, el monstruo, nos ha convertido en abnegados recaudadores sin remuneración ni reconocimiento. Somos pasantes de IVA. Liquidamos al Estado un dinero que, de acuerdo, no es exactamente nuestro, pero que apoquinamos a título preventivo antes de haber cobrado incluso la factura. Y puede ocurrir —y suele— que la factura no la cobremos nunca.

En este mismo contexto victimario, sucede que pagamos a la seguridad social una cantidad independiente del rendimiento. De hecho, hay autónomos que abonan más dinero por el alta que el del dinero que facturan, así es que el escándalo recurrente que produce la recurrente economía sumergida debería tener en cuenta el hábitat tan nefasto que el Estado ha creado en estas últimas décadas.

Y que empieza a remediarse con la impostura de las sirenas porque se avecinan los grandes comicios, de forma que el autónomo reaparece en el interés político con su inocencia de cobaya electoral. Tres millones de votantes que podrían decidir la victoria de unas generales y que serán cortejados con almíbar y embustes.

Yo mismo tuve la tentación de votar a Rajoy en las últimas elecciones. Fue una noche de sudoraciones y dudas. Llegué a creerme que el autónomo sería un día un ser humano, "I have a dream”, pero la tentación se disipó como luego lo hicieron las promesas.

Y no sólo porque no se cumplieran, sino porque lo primero que nos hizo el Gobierno a quemarropa fue subirnos el IVA y el IRPF con dos hermosos eufemismos: variación de la ponderación de impuestos y recargo temporal de la solidaridad.

Seremos autónomos, vale, pero no necesariamente idiotas.

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