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Casi una vez

Vivimos en una sociedad en la que todos hacen lo mismo para parecer diferentes, y este templo de reafirmación llamado Primark es más consecuencia que causa

Decenas de personas abarrotan las escaleras mecánicas de la tienda de Primark, en la Gran Vía de Madrid
Decenas de personas abarrotan las escaleras mecánicas de la tienda de Primark, en la Gran Vía de Madrid

La media de veces que las prendas adquiridas en Primark son vestidas es de 0’9. Tiene sentido, pues la marca irlandesa es una experiencia, ese concepto vacío con el que se trata hoy de dotar de contenido a lo que no lo tiene. Lo divertido es ir de compras, lo gratificante es contar que se ha ido donde había que ir y se ha hecho lo que tocaba hacer.

Vivimos en una sociedad en la que todos hacen lo mismo para parecer diferentes, y este templo de reafirmación llamado Primark es más consecuencia que causa. Desde que la economía financiera se impuso a la productiva, otorgamos más valor a la acción de comprar y vender que a lo que realmente compramos y vendemos. Lo inútil tiene el respeto social que perdió lo práctico. Hablar de inútil en el marco de esta columna me parece lo más meta que he hecho en la vida.

Recuerdo que, un día, mientras estábamos en una clase de Semiótica en la facultad, un amigo, airado por la inutilidad que intuía en la asignatura —a mí me gustaba un poco, debo admitir—, se dirigió a un tipo que se nos había sentado al lado. “¿Te das cuenta de que los que fueron al colegio con nosotros cuando acaben sus carreras sabrán extirpar un tumor o construir un puente?”, le dijo. El chaval se giró y respondió: “No sé. Yo tengo un Premio Ondas”. Le llamamos Premio Ondas el resto del curso. Con sorna, pero, sobre todo, con rencor. En el fondo, no queríamos aprender a construir un puente, queríamos un Premio Ondas como el suyo para poder decir que poseíamos uno, al menos, 0’9 veces al día.