Cartas marcadas en Egipto
La comunidad internacional no debería transigir con unas elecciones en las que la oposición ha sido borrada del mapa político
Como parte inevitable de un guion preestablecido, el régimen egipcio está celebrando en dos fases sus elecciones legislativas —la última será a finales de noviembre—, en un intento de legitimar al Gobierno del general reconvertido en presidente civil Abdel Fatá al Sisi. Se trata del acto final del proceso iniciado en 2013 con el golpe de Estado protagonizado por el propio Al Sisi, que, tras poner fuera de la ley a las fuerzas islamistas y encarcelar a sus líderes —vencedores en las únicas elecciones claramente democráticas celebradas en Egipto—, se hizo elegir presidente tras los polémicos comicios en 2014.
Egipto lleva sin Parlamento desde 2012 cuando fue disuelto por el Tribunal Supremo. Desde que llegó al poder, Al Sisi lo ha ejercido sobre todo mediante decreto ley. Aunque, en teoría, la nueva cámara podría incluso destituir al mandatario, no es realista pensar que un órgano en el que los partidos elegidos han tenido que pasar el filtro ideológico del Gobierno vaya a poner dificultades al presidente. Baste como muestra señalar la amplia presencia en la mayoría de las candidaturas de antiguos miembros del extinto Partido Nacional Democrático, la fachada legislativa que controlaba el que durante 30 años fuera dictador de Egipto, Hosni Mubarak.
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Al Sisi tiene un problema de legitimidad, en el interior y en el exterior de Egipto. Pero es consciente de que el tiempo juega a su favor. Con gran parte de Oriente Próximo sumido en el caos, su Gobierno se presenta como garante de estabilidad en un país clave como Egipto. Obligada elegir entre lo bueno y lo conveniente, la comunidad internacional no debería transigir sin más con unas elecciones legislativas en las que la oposición ha sido borrada del mapa político. Si Al Sisi quiere realmente restaurar la democracia en Egipto, debería jugar la partida sin marcar las cartas.
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