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Mas pende de un hilo

No es grave que la CUP sea antisistema, sino que CDC le mendigue su apoyo

Anna Gabriel, Josep Manel Busqueta, Antonio Baños y Eulalia Reguant, de la CUP, al final del acto organizado el 8 de octubre para dar a conocer sus criterios en la negociación con Junts pel Sí (CDC, ERC y entidades independentistas).
Anna Gabriel, Josep Manel Busqueta, Antonio Baños y Eulalia Reguant, de la CUP, al final del acto organizado el 8 de octubre para dar a conocer sus criterios en la negociación con Junts pel Sí (CDC, ERC y entidades independentistas). EFE

Dos semanas después de las elecciones autonómicas, la política catalana está paralizada. El conglomerado Junts pel Sí (Convergència-Esquerra-entidades soberanistas), sumado al independentismo radical de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), perdió el presunto plebiscito, como entendieron la prensa internacional de calidad y las cancillerías.

Pero Junts ganó las elecciones. Su mayoría es política y numéricamente precaria, contra la victoria presuntamente rutilante que propagan sus portavoces.

Así lo demuestra el hecho de que tantos días después del 27-S no solo no se ha forjado una mayoría en torno al candidato semitapado para la presidencia de la Generalitat, Artur Mas, sino que esta operación se revela en el mejor de las hipótesis ardua, procelosa y larga, cuando no imposible. Amén de que la incertidumbre amenaza con paralizar importantes decisiones económicas. Y de que la crónica pasividad del Gobierno de Mas vuelve a brillar por su silencio en la crisis de Volkswagen, frente al activismo, mediación y celeridad de la nueva presidenta de Navarra, la otra comunidad española donde el grupo alemán mantiene fábrica.

Por si todo eso fuera poco, resulta preocupante, sobre todo para los electores moderados del nacionalismo catalán, la esotérica deriva de su jefe. Mas no solo rompió la federación con Unió y se unció a la yunta y exigencias programáticas y de calendario de Esquerra. Culmina ahora esos desaguisados mendigando su investidura nada menos que a la CUP, a la que presiona como si su debilidad le permitiese reeditar la táctica de ultimátums que usó para lograr la lista unitaria con Esquerra que enmascaró su debacle el 27-S.

La CUP es un grupo inobjetable en punto a su representatividad, y que ha prestado servicios en la lucha contra la corrupción. Pero resulta más que inquietante (sobre todo para el ideario y trayectoria de CDC) por su perfil socioeconómico anarco-comunista, nacionalmente extremo y contrario al Estado de derecho.

El programa de la CUP propone salir del euro, de Europa y de la OTAN, nacionalizar bancos y grandes compañías, una economía planificada, la progresiva colectivización, el impago de la deuda, actuar contra las importaciones e intervenir contra la libre opción lingüística de los medios privados. Es un machihembrado antisistema de la antigua Albania, el populismo bolivariano y la tradición anarquista barcelonesa. Propuestas que pueden formularse en una democracia liberal, pero refractarias a las grandes corrientes europeas. E incompatibles con el autoproclamado espíritu business friendly de CDC.

Que un descorbatado Mas apueste por pender de ese hilo antes que por reconsiderar su estrategia desestabilizadora de independentismo exprés, tras el fracaso de reducir sus 62 escaños a la mitad, no desmerece al objeto de su repentino afecto, la CUP. Revela que bajo su corrección formal se esconde un aventurero al que parece no importarle quebrar la sociedad catalana con tal de mantenerse al timón. El riesgo no radica en la minoritaria CUP, sino en quien bracea para ser elegido por ella y gobernar bajo su patrocinio. El dislate lo pagará caro Mas. O Cataluña. O todos sin excepción.

 

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