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ANÁLISIS

El moderno patriotismo

¿Es posible una comunidad política basada en la ciudadanía democrática y no en las preexistentes identidades nacionales?

El president de la Generalitat,  Artur Mas, junto al presidente de ERC, Oriol Junqueras.
El president de la Generalitat, Artur Mas, junto al presidente de ERC, Oriol Junqueras. EFE

Una de las grandes paradojas del nacimiento de la modernidad política es la confluencia de los conceptos de patria y nación y, como consecuencia, de las ideologías a ellos asociadas, patriotismo y nacionalismo. Dos términos en origen sino antitéticos al menos de relaciones ambiguas a los que la evolución del lenguaje acabó convirtiendo, tal como hoy los entendemos, en sinónimos o casi sinónimos.

En el lenguaje político de la primera Ilustración, tal como se refleja por ejemplo en la obra del padre Feijoo, por patria se entiende el conjunto de los que viven bajo las mismas leyes; por nación el de los que tiene el mismo origen, lengua y costumbres. El amor a la primera daría origen al patriotismo, una virtud cívica; el generado por la segunda al nacionalismo, una pasión no necesariamente virtuosa. El sujeto político era la patria y en su interior podían convivir, y convivían, naciones distintas ya que la identidad, con la excepción de la religiosa, no formaba parte del ámbito de lo público sino de lo privado.

Hacer de la identidad el eje de la vida política no parece lo más razonable, salvo que la apuesta sea la homogenización forzosa y la exclusión étnico-cultural

La que podríamos denominar extravagancia de la modernidad fue la conversión de la nación, los que tienen el mismo origen, lengua y costumbres, en lo que nunca antes había sido, el sujeto exclusivo y excluyente de legitimación del ejercicio del poder, con la identidad y su difícil gestión erigida en centro de la vida política. Una trágica extravagancia si consideramos que, tal como afirma el historiador británico Hobsbawm, “desde que el mundo es mundo, ningún territorio –cualquiera que sea su tamaño– ha sido habitado por una población homogénea, ya sea cultural, étnica, o de cualquier otro aspecto”. Hacer de la identidad el eje de la vida política no parece en estas condiciones lo más razonable, salvo que la apuesta sea la homogenización forzosa de poblaciones naturalmente heterogéneas y/o la exclusión étnico-cultural. El resultado, razonable o no, fue la conversión del “a cada nación su patria y a cada patria su nación” en el axioma político por excelencia del mundo contemporáneo con ambos términos, sino como sinónimos, sí al menos como intercambiables, también los de patriotismo y nacionalismo.

Una identificación, patria/nación y patriotismo/nacionalismo, particularmente nociva ya que ha llevado a una clara hegemonía de los conceptos de nación y nacionalismo en detrimento de los de patria y patriotismo. La idea de una comunidad política basada en la libre voluntad de los ciudadanos y no en la metafísica realización de la nación ha desaparecido casi por completo de nuestro horizonte ideológico. Somos esclavos de una concepción fatalista del fundamento de la comunidad política que nos hace ser miembros de una determinada nación al margen, e incluso en contra, de nuestra voluntad. No existe un patriotismo cívico, en el sentido preconizado por Habermas de “sociedad de ciudadanos con patriotismo constitucional”, y sí un nacionalismo esencialista, de tipo cultural, que después cada uno canaliza en función de sus peculiares creencias: español, catalán, berciano, ruso, moravo... y, como diría Josep de Maistre, dicen que hasta persa.

La legitimidad del Estado podría descansar en su capacidad para preservar los derechos y libertades 

Una conciencia de patria que defina la comunidad política en términos de ciudadanía democrática y no de preexistentes identidades nacionales está todavía por construirse en la mayoría, si no en todos los países del mundo. La pregunta sería si este tipo de patriotismo anacional es posible o si, por el contrario, hay una dimensión mítica en toda identidad colectiva que exige un imperativo de filiación al margen de la voluntad individual; si en este desencantamiento del mundo producido por la modernidad la pervivencia de formas de identidad de tipo mítico, y la nación es sin duda una de ellas, es sólo un mero resto del pasado al que nos aferramos o una necesidad antropológica que nos aferra.

La respuesta, desde la perspectiva de una visión desacralizada de lo político, es obvia. Se trataría de hacer descansar la legitimidad del Estado no en la realización de la nación sino en su capacidad para preservar los derechos y libertades de los ciudadanos y de garantizar una razonable distribución de bienes y servicios. Algo que exigiría recuperar el viejo sentido de patria y patriotismo en detrimento de los de nación y nacionalismo. No es cierto, como de manera explícita o implícita parecen creer los nacionalistas, que todos lo seamos, de una u otra nación. Se puede ser patriota y no nacionalista, basta con considerar la identidad un asunto privado y no el eje de la vida política.

Tomás Pérez Vejo pertenece al Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

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