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Los conflictos de un transgresor llamado Joaquin Phoenix

Pasó por una secta. por una clínica de desintoxicación, por la muerte de su hermano. Soberbio actor y persona desconcertante, estrena 'Irrational man', de Woody Allen

Joaquin Phoenix en su casa de Beverly Hills

Tenía solo 19 años. Joaquin Phoenix vivió tan de cerca la trágica muerte de su hermano que ni un escuadrón de psicólogos podría haber enderezado la vida de ese desdichado muchacho. La muerte por sobredosis de heroína y cocaína en 1993 del actor River Phoenix (a los 23 años), en el antro californiano de Johnny Depp (Viper's Room), fue carroña de primera para la prensa sensacionalista, que traumatizó a Joaquin publicando fotos del cadáver. “River quería quedarse en casa tocando la guitarra, fui yo quien le convenció esa noche para salir”, declaró luego un atolondrado Joaquin, sin duda martirizándose. Lamentablemente célebre fue también la grabación de la llamada que un aterrorizado Joaquin hizo al servicio de emergencias 911. Los medios reprodujeron la angustiosa descripción del hermano pequeño de aquella casi-estrella de Hollywood: “Mi hermano está en el suelo, se ha tomado un Valium. Se va a morir”. Joaquin fue benévolo: dijo que su hermano había consumido (un) Valium, sin duda para protegerle. No hizo falta. Aquel episodio terrible ayudó a cimentar la personalidad de un tipo pertubado y perturbador, seguramente el actor más enigmático de la actualidad. Estos días (viernes 25 de septiembre) estrena Irrational Man, de Woody Allen, una comedia dramática en la que Joaquin interpreta a Abe, un profesor de filosofía que llena su vacío existencial ayudando, a su manera, a una desconocida. 

Mi hermano está en el suelo, se ha tomado un Valium. Se va a morir”. Fue la agustiosa llamada que hizo mientras River Phoenix moría por una sobredosis

Cuando era pequeño, Joaquin Phoenix (Puerto Rico, 40 años; nació allí porque sus padres eran miembros de la secta Children of God, que peregrinaba por suramérica evangelizando) decidió cambiarse el nombre a Leaf (hoja), sintiéndose demasiado mundano en una familia de hippies cuyos hermanos se llamaban River, Rain, Summer y Liberty. Además, nadie era capaz de pronunciar “Joaquín” en Estados Unidos. Esa inseguridad precoz ignoraba que él no es el tipo de hombre que deba ni pueda pasar desapercibido. Su destino era ser el mejor actor de su generación, fuese cual fuese su nombre, y el único junto a Daniel Day-Lewis en forjar una carrera formada exclusivamente por buenas interpretaciones. Un estatus de estrella mundial logrado sin apenas éxitos de taquilla, pero sí con la personalidad más densa y compleja de todo Hollywood. Su fama es una excentricidad: como si no pudiéramos dejar de mirarle por si de repente hace alguna genialidad trastornada. La existencia de Joaquin es un espectáculo único que nadie se quiere perder.

Su vida personal se derrumba con cada rodaje
Su atracción por los personajes retorcidos y/o lunáticos (The Master, Paul Thomas Anderson, 2012) alimenta una imagen inquietante que hace que Joaquin no sea el tipo de actor al que te acercarías a pedirle una foto. “Me gusta el humor más que nada, no me paso el día dándome golpes en la cabeza y llorando”, dice intentando convencernos. Pero es difícil creerle conociendo su defensa del método (mantenerse en el personaje también fuera de cámara), y el consecuente derrumbamiento de su vida personal cada vez que rueda una película. Con cada nuevo personaje, Joaquin aprende una forma de funcionar en el mundo, lo cual le deja inservible al desprenderse de ese personaje.

La búsqueda del castigo y la redención es una constante en sus personajes (En la cuerda floja, James Mangold, 2005), animales sociópatas que se relacionan con otros seres humanos solamente porque habitan el mismo planeta. Hay algo doloroso en la mirada de Joaquin que le impide encarnar la seguridad del “todo saldrá bien” que tan bien transmiten Harrison Fordo Tom Hanks. Sus emociones siempre parecen descompuestas, podridas por una sociedad que nunca acabó de darle la oportunidad de integrarse. Pocas escenas manifiestan la torpeza de las herramientas sociales de Joaquin como el delirante video en el que Miley Cyrus (demostrando que ya estaba como una regadera hace 6 años) enseña a Joaquin a colaborar con una web de prevención del suicidio. Nótese cómo Joaquin apenas respira ni parpadea durante la incómoda conversación. En una nueva faceta de su complejidad, Joaquin solo actúa mal cuando intenta hacer de sí mismo.

Cuando parecía atrapado en personajes perturbados, desplegó la luminosidad más tierna de la década en Her (Spike Jonze, 2013). Un hombre corriente (o todo lo corriente que puede ser alguien enamorado de un sistema operativo que no es de Apple), héroe romántico de la mediocridad más gris en aquella metáfora de tantas cosas a la vez que nos dio a un Joaquin Phoenix insólito. Fue Her la que remató a Phoenix como el mejor actor de nuestro tiempo. Un Joaquin Phoenix que sonreía sinceramente, y esta vez no por alguna desgracia ajena. Sin cinismos, sólo amor.

Pasó por una secta y por una clínica de desintoxicación

No entiendo a la gente que se deja el culo trabajando, gana un Óscar y lo aprovecha para hacer películas de mierda”, cuestiona Joaquin, mandando un saludito a Nicolas Cage y Anthony Hopkins

Joaquin contó que se había prometido con su instructora de yoga porque “ha atado en corto a mi perro”, para luego confesar que se lo inventó para caerle bien al público. Así que cualquier declaración suya, por mucho que nos encante creérnoslas, debe ser cuestionada. Tras salir con varias actrices (Liv Tyler, Anna Paquin) y alguna modelo con nombre delirante (Topaz Page-Green, Teuta Memedi), Joaquin convive ahora con la DJ Allie Teilz, 20 años más joven que él. La mayoría de sus fotos muestran a Joaquin caminando descalzo por la calle, afición que descubrió durante el rojaje de Puro vicio (Paul Thomas Anderson, 2014).

Precisamente Anderson le llama a Bubbles, como el mono de Michael Jackson, porque le considera su mascota. Y a Joaquin le encanta. Le debe costar tanto vivir consigo mismo fuera de sus personajes que lo único que hacía entre películas era beber, lo que le llevó a un centro de rehabilitación que él definió como “un club de campo donde no servían alcohol”. Creció en la secta Children of God, desmontada por acusaciones de abusos sexuales y estafas, tema que él evita defendiendo a sus padres: “Las sectas no se anuncian como sectas”. Su madre es quien le acompaña a los eventos, famosa por ser la alegría de la huerta en la fiesta de P Diddy tras los Globos de Oro. Él mismo contó que su madre había bailado con todo el mundo.

Confeso demócrata, apoyó la candidatura del diputado de Ohio Dennis Kucinich para la presidencia en 2007 con 2000 dólares (1800 €, que en Hollywood es como dejar el cambio de la propina), y aboga por un sistema sanitario universal.

Troleó a toda la humanidad

Joaquin Phoenix y su novia, la DJ Allie Teilz, paseando por NuevaYork en 2014.
Joaquin Phoenix y su novia, la DJ Allie Teilz, paseando por NuevaYork en 2014. Getty Images
Su intervención en el programa de David Letterman evadiendo preguntas, anunciando su retirada del cine para hacerse rapero y pegando el chicle debajo de la mesa causó sensación en Internet, siempre ávida de enajenaciones transitorias. Todo resultó formar parte del falso documental, I'm still here (2010), dirigido por su cuñado (y menudo cuñado) Casey Affleck (casado con su hermana, Summer Phoenix), en el que se mofaban de lo crédulos que eran los medios de comunicación con tal de conseguir historias delirantes.

Matt Damon y Ben Affleck (hermano de Casey) intentaron convencerles de que abandonaran el proyecto, por miedo a que hundiera la carrera de Phoenix. Al contrario, él asegura que la salvó: “Convertirme en un bufón me ayudó a relajar mi técnica (…), dejé de interpretar con desesperación”. Joaquin solo mantenía su personaje delante de las cámaras, volviendo a ser él mismo tras las entrevistas. Pocos notaban la diferencia. Su alter-ego barbudo era en realidad una esperpéntica exageración de la ya de por sí barroca personalidad de Joaquin.

Fue el Joffrey Baratheon original
El actor Jack Gleeson reconoce que su interpretación del trastornado rey en Juego de tronos está directamente inspirada en el Cómodo de Joaquin Phoenix en Gladiator (Ridley Scott, 2000), una construcción de personaje intuitiva convertida ya en arquetipo. El sadismo post-adolescente engendrado, justificado y perpetuado por la falta de cariño paternal que no concibe que las cosas salgan mal es un perfil de personaje habitual en el cine posterior a 2000.

Fue guapo durante dos años
Pero lo fue por casualidad, sobre todo en Giro al infierno (Oliver Stone, 1997). Se nota que Joaquin no se mira al espejo excepto cuando va a salir en la tele. Pero su total despreocupación estética es también una corriente estética. Hollywood tiene un chico de ensueño para cada espectadora, y la cicatriz en el labio de Joaquin sugiere haber sido problemático (en realidad es de nacimiento), que junto a una mirada vidriosa y siempre afligida consiguió que millones (o quizá solo miles) de mujeres quisieran salvarle de la autodestrucción a la que parecía abocado.

Joaquin Phoenix y Emma Stone en una de las escenas de la nueva película de Woody Allen, 'Irrational Man'.
Joaquin Phoenix y Emma Stone en una de las escenas de la nueva película de Woody Allen, 'Irrational Man'.

En 1997, el New York Magazine le describió como “guapo de forma menos convencional”. Su compañero de reparto en El secreto de los Abbot, Billy Crudup, dijo de él: “Con cara de cachorro y ojos hambrientos”. Una etiqueta de James Dean y Montgomery Clift que se esfumó con su actitud impertinente, sus declaraciones de pirado y su tendencia a la papada de doble barbilla. Sus papeles suelen ser asexuados (en Irrational Man directamente es impotente), así que él no va a decorarlos con morritos y ceños fruncidos. No tiene ninguna necesidad. Y aun así la revista Elle (que se refiere a él como “Jo-Jo”) lo considera sexy, porque su personalidad es “enigmática” y sus cejas “son muy tendencia” (?).

Es activista vegano, y lo es de verdad
Su integridad profesional es similar a su inflexible defensa del veganismo. Sólo trabaja en una película bajo la condición de que no se usen pieles de animales, cláusula que exigía hasta en sus primeros trabajos. No lo hace porque es una estrella, lo hace por puros principios. Por eso en Gladiator el vestuario parecía de una función de fin de curso. En una campaña para Prada en 1997 sus pies no aparecían en ninguna foto porque se negó a ponerse los zapatos de cuero que le habían preparado. Por el mismo motivo fue narrador en Terrícolas (Shaun Monson, 2005), documental sobre el trato que diversas industrias hacen de los animales, con la intención de cambiar la forma de ver el planeta de sus espectadores.

Y, como a todos los veganos, le encanta hablar sobre ello a la menor oportunidad. “Me hice vegano a los tres años, cuando vi a unos pescadores destripar peces y le pregunté a mi madre, llorando, que por qué no me había contado de dónde venía la carne”. Enseguida utilizó su fama incipiente para protagonizar un anuncio que proponía no cenar pavo en Acción de Gracias. Una vez más, Joaquin intenta parecer (y sonreír como) una persona normal, sin éxito. Parece que le va a estampar la cabeza a alguien contra el puesto de fruta de un momento a otro.

Dejó a Hollywood creer que podían dominarle
Él mismo reconoce que al llegar a Hollywood no dijo que no a ningún papel. Dejó que pareciera que seguía el juego de la industria. Pero ahora que es la primera opción de todos los directores de casting, sólo acepta retos interpretativos destructivos que nadie puede hacer excepto él. Como un desactivador de minas. Y lleva 10 años haciendo sólo protagonistas. “No entiendo a la gente que se deja el culo trabajando, gana un Óscar y lo aprovecha para hacer películas de mierda”, cuestiona Joaquin, mandando un saludito a Nicolas Cage y Anthony Hopkins.

Esa actitud le ha impedido aceptar el papel de Lex Luthor en Batman v Superman, el de Doctor Extraño en el universo de Marvel o el que él quiera en Star Wars. La obsesión de Hollywood por convertirle en uno de sus gallos de pelea le pone cheques en blanco para que dignifique blockbusters, que él rechaza sistemáticamente consciente de que el público le quiere como queremos al primo raro: lejos de las fiestas.

Joaquin ha asumido su condición de animal interpretativo, solitario, y eso es todo lo que es. Vive para ello, sin miedo a anular su verdadera personalidad (si es que le sigue quedando) en beneficio de sus personajes. Él pone su cuerpo y sus rasgos al servicio de las expresiones artísticas del director y el guionista, como un recipiente empapado que hace que, a diferencia de Day-Lewis, Phoenix no tenga visibles mecanismos racionales de interpretación. Joaquin, más en la línea de Javier Bardem, por ejemplo, no recrea un personaje. Joaquin es ese personaje.

Un titán de la autenticidad
Ampliamente comentable, difícilmente comprensible. Joaquin es un artista fascinante, de creencias espesas e irritantes, pero congruente consigo mismo como no lo es nadie más en el circo de la doble moral de Hollywood. Joaquin es íntegro, coherente y se protege de lo que sabe que es una trampa, una novatada.

La industria le necesita, pero él no necesita a la industria. Será el actor más codiciado por el cine de autor durante el resto de su vida.

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