Vivencias sin maquillaje

Este mes hubiera cumplido cien años. Un libro reúne casi 400 fotografías inéditas de Ingrid Bergman

Ingrid Bergman toma el sol en una barca en el lago Mälaren, en 1932.
Ingrid Bergman toma el sol en una barca en el lago Mälaren, en 1932.Ingrid Bergman Collection, Wesleyan University/ courtesy Schirmer/ Mosel

“Nunca miro atrás”, le dijo Ingrid Bergman a la actriz Liv Ullmann, su compañera de reparto en su última película, Sonata de otoño (1979). Enferma de cáncer, la actriz parecía dispuesta a no dejarse abatir por la enfermedad, a seguir actuando hasta que su cuerpo dijera basta. Mujer de fuertes convicciones y pasiones se negó a ser solo una imagen y se convirtió en una de las grandes estrellas de la época dorada de Hollywood gracias a que siempre tuvo presente la importancia de ser ella misma. “El mundo venera la originalidad”, era otra de las máximas de esta legendaria actriz, ganadora de tres Oscars e innumerables premios y que cumpliría 100 años el día 29 de agosto, el mismo día en que murió en 1982.

La editorial Schirmer/Mosel celebra su centenario con la publicación de Ingrid Bergman, A Life in Pictures. “No es sólo el retrato de una mujer, es también un recorrido por dos formas de arte que tienen poco más de vida que un siglo; el cine y la fotografía”, dice Isabella Rossellini, hija de la artista. Fotografías inéditas procedentes de archivos personales, foto fijas de rodajes, así como los retratos realizados por David Seymour o las fotos robadas por los paparazi, sirven de repaso a toda una vida y 44 películas.

Ingrid Bergman y su hija Isabella Rossellini paseando por Roma en 1966.
Ingrid Bergman y su hija Isabella Rossellini paseando por Roma en 1966.CORDON PRESS

Ya de niña supo que quería ser actriz, mientras posaba para su padre, Justus Bergman, un fotógrafo sueco. Huérfana a los 13 años, siguió su camino dispuesta a vencer su timidez hasta convertirse en una actriz de éxito en Suecia y Alemania. No sin antes haberse casado con un dentista sueco. Así llegó a las puertas de Hollywood en 1939, para hacer una adaptación de Intermezzo (1939) junto a Leslie Howard. Allí le esperaba el productor David O. Selznick, quien intentó adaptar su belleza etérea a los estándares hollywoodienses. Ella se negó. No quiso cambiar sus dientes, ni sus cejas, ni su nariz; tampoco su nombre. Su naturalidad se convirtió en uno de sus atributos. Pero su éxito también tuvo que ver con una mezcla de honestidad, inteligencia y sensualidad.

“Vas a arruinar tu carrera intentando cambiar y hacer cosas distintas” le dijo el director de Casablanca, Michael Curtiz, al ver su desilusión por sentirse encasillada de nuevo en el papel de chica guapa. Sin embargo, fue el papel de Ilsa el que le lanzó al estrellato, demostrando su capacidad interpretativa, al enfrentarse a un papel en el que los guionistas aun no habían determinado en brazos de cual de sus dos enamorados iba a acabar. Más tarde sería una de las actrices fetiches de Alfred Hitchcock. “Ingrid, finge” le aconsejó el director, ante su queja de no poder interpretar una emoción.

Conservó hasta el final la carta de Robert Capa, del que se enamoró

Entre las 385 fotos que componen el libro destaca la reproducción de la carta que le enviaron los fotógrafos David Seymour y Robert Capa invitándola a cenar. La conservó hasta el final. Marcaba el comienzo de un amor imposible, el suyo con el intrépido Capa. Bergman se enamoró de su espíritu libre e independiente. Fue probablemente Capa quien le habló de Roma Ciudad abierta, la película del cineasta Roberto Rossellini. La actriz sueca no tardó en ofrecerse a trabajar con él. Y así llegó el escándalo. Bergman se enamoró del italiano, casado y con dos hijas, y se quedó embarazada durante el rodaje de Stromboli (1952). El mismo público americano que le había idolatrado, y había hecho de ella un símbolo de perfección moral, la rechazaba.

Su aventura italiana duró poco más de tres años. Volvió entonces a triunfar en suelo americano con su interpretación en Anastasia (1958) y a reanudar su vida amorosa con un productor de teatro sueco, Lars Schmidt. Durante casi medio siglo de interpretación, nos acostumbró “al brillo de la punta de su nariz, ese brillo típico de las actuaciones que no aparentan serlo en absoluto, si no que aparentan ser vivencias sin maquillaje”, tal y como la describió Graham Green en su crítica de Intermezzo.

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