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La tercera edad de un icono del pop francés

Françoise Hardy relata en un libro sus problemas de salud y la “devastación” insoportable del envejecimiento”. Defiende la eutanasia, es ecologista y de derechas. Sigue escribiendo canciones pero prefiere que otros les pongan música

Françoise Hardy,
La artista francesa Françoise Hardy, en 2012, a sus 71 años. photopqr / le parisien

En el elegante distrito XVI de París vive una solitaria mujer de 71 años que apenas sale de casa. Tiene el pelo corto y blanco y es de una extrema delgadez. Se llama Françoise Hardy, una compositora, cantante y escritora que no ha parado de trabajar desde que en 1962, con solo 18 años, se hizo mundialmente conocida con una sencilla melodía que expresaba el romanticismo y la melancolía de la generación de los años sesenta: Tous les garçons et les filles.

La tristeza de la Françoise Hardy de hoy es bien distinta a la de entonces. Castigada por la enfermedad y la debilidad física, el escaso éxito de su último álbum, según confiesa, le empujó a escribir Opiniones no autorizadas, el libro que acaba de publicar. El texto es el testimonio de una personalidad difícilmente clasificable que deplora la “devastación insoportable” del envejecimiento. Una nueva fractura ósea, esta vez en el hombro, le ha impedido conceder más entrevistas en plena promoción editorial. Sus textos hablan por ella. Son de una sinceridad sorprendente. Resumen con crudeza y ágil prosa su extraordinaria vida y sus libérrimas ideas.

Defiende la eutanasia (su madre recurrió a ella para evitar la agonía que le esperaba) y el aborto (deplora el intento del Gobierno español de abolir tal derecho) y es ecologista (le alarma el uso de los pesticidas), pero se considera de derechas. En Opiniones no autorizadas (Editorial Équateurs) dedica un capítulo a la política francesa. “La gente de izquierdas parece tener la convicción no solo de poseer la verdad, sino de ser altruista y progresista, lo que le lleva a considerar a los de derechas como retrasados mentales egoístas y reaccionarios”, afirma.

Tal consideración no le impide admirar a políticos socialistas. Confiesa su estima por Michel Rocard (ex primer ministro) y Hubert Védrine (exministro de Exteriores). Vapulea, sin embargo, al presidente de la República, François Hollande, al que considera, en lo personal, ridículo y carente de seducción y carisma.

Françoise Hardy, en una foto de 1963.
Françoise Hardy, en una foto de 1963. Cordon Press

Apoyó a Nicolas Sarkozy. Estableció una buena relación con su esposa Carla Bruni y el propio exjefe del Estado la llamó un día para charlar e intercambiar opiniones. Hoy, sin embargo, es el ex primer ministro Alain Juppé, que aspira a ser el candidato de la derecha para la jefatura del Estado, “el único capaz de atraer tanto a los electores de derecha como a los de centro e incluso a los decepcionados por el socialismo”, escribe Hardy, que añade: “Sarkozy no es consciente del odio que inspira a la mitad de los franceses”.

Habitualmente alejada de los focos, a pesar de su constante actividad artística, su vida es un libro abierto. Las estrellas del pop de su generación, como Silvye Vartan o Jane Birkin, han sido mucho más recatadas. En 2008 rompió el fuego con una autobiografía descarnada: La desesperanza del mono y otras bagatelas.

LA ‘CHANSON’ DE HARDY

- Grabó su primer disco, Tous les garçons et les filles, con música y letras propias, en 1962. En pocos meses vendió dos millones de copias. Un año después, participó en Eurovisión y actuó por vez primera en una película, de Roger Vadim. Es en 1965 cuando triunfa en Reino Unido con All over the world, hace famosa la minifalda de Mary Quant y conoce a los Rolling Stones, los Beatles y al fotógrafo David Bailey.

- Seis años después de darse a conocer, en 1968 vive un nuevo éxito con Comment te dire adieu y posa para Paco Rabanne.

- Condecorada con la Gran Medalla de la canción francesa en 2006, ese mismo año publica el álbum Parenthèses de dúos con Julio Iglesias o Alain Delon.

- Su biografía, La desesperanza del mono y otras bagatelas (2008), se convierte en otro éxito en Francia. En 2012 sale su último álbum, el número 29º, L’amour fou, al tiempo que sale su primera novela del mismo título.

Encandiló a Mick Jagger, Bob Dylan o Eric Clapton. Sus fotos con minifaldas y modelos futuristas de Paco Rabanne dieron la vuelta al mundo, pero ella otorga poca importancia al éxito frente a cuestiones más íntimas. Cayó en los brazos de un guapo cantante francés, Jacques Dutronc. Ahora viven separados, pero el hijo de ambos, el cantante Thomas Dutronc, cree que siguen viviendo “una historia de amor muy particular”. Hoy, Hardy bromea: “Los dos estamos condenados a ser viejos y feos”.

En sus libros habla de la modestia del hogar de su infancia, de la homosexualidad de su padre, casado con otra mujer, y de la esquizofrenia de su hermana. Se retrata como una adolescente acomplejada. “Brigitte Bardot, toda ella con gracia, curvas y sexapil, encarnaba entonces el canon de la belleza femenina de la que yo estaba desesperadamente alejada con mi aspecto andrógino”, afirma. Amó tanto como sufrió de amores y, por supuesto, relata los estragos de su mala salud, agravada con un cáncer, un linfoma de MALT, que le produce problemas digestivos. No ahorra detalles sobre colonoscopias, lavativas y tratamientos, a menudo degradantes, impropios, creyó uno de sus amigos, de un icono como ella.

Dos elementos actúan como bálsamo en su vida: la literatura y la música. Devoradora de libros, es amiga de Michel Houellebecq y Patrick Modiano y se lamenta de la brevedad de la vida para seguir leyendo a los escritores que admira. Nunca ha dejado de hacer canciones, pero prefiere que sean otros los que pongan música a sus poesías. Finalmente, una confesión poco sorprendente: “Tengo un gusto inmoderado por lo bello”.