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EDITORIAL

Listas abiertas, sí

La propuesta de Pedro Sánchez es un primer paso a la regeneración del sistema democrático

Reducir el poder absoluto de las cúpulas partidistas para fabricar las listas electorales y decidir el orden en que colocan a sus candidatos es una medida digna de apoyo. No como panacea de la regeneración que necesita la democracia, sino por sus efectos para empezar a cambiar un sistema cuyo férreo mantenimiento ha desvirtuado la finalidad del sistema representativo. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, merece elogios por formular esta propuesta sin esperar al último minuto de la campaña, y las demás fuerzas políticas deberían apoyarla o discutirla con argumentos más allá del conservadurismo a ultranza de los jefes de los partidos respecto al sistema de listas cerradas y bloqueadas.

Lo que fue un sistema pensado en la Transición para fortalecer a los partidos democráticos frente a las añoranzas de la dictadura ha derivado en su aprovechamiento como procedimiento clientelar. Nada más cómodo para el dirigente que organizar las listas electorales como le apetece y forzar a los votantes a un plebiscito entre siglas partidistas, asegurándose así un poder sobre los electos que rompe los vínculos de estos con los electores.

El apoyo al principio de apertura de las listas no implica un cheque en blanco. Falta por conocer y debatir importantes detalles antes de juzgar si estamos ante una verdadera voluntad de cambio o un tímido primer paso. No es igual permitir al votante que altere algún nombre en el orden de candidatos decidido por los jefes que dar al elector un margen mayor de libertad. Hay que precisar si el cabeza de lista queda blindado o no, y cómo se compagina el efecto de la apertura con otras conquistas que ya se consideran adquiridas, como el relativo equilibrio entre hombres y mujeres en las candidaturas.

Por el contrario, no conviene perder demasiado tiempo con los que se alarman por el poder autónomo que las listas abiertas pueden dar a personas incontrolables o las posibilidades de que favorezcan la corrupción. Esos argumentos parecen ridículos en un país que ha soportado corrupciones de mayor cuantía en un sistema de control total de las cúpulas partidistas. Tampoco es útil la alegación de que los electores no saben o no quieren usar las posibilidades de las listas abiertas para el Senado; la inutilidad de esta Cámara en su configuración actual es ampliamente compartida por los electores y por los partidos. Del Senado solo hay que preocuparse para reformarlo como una Cámara federal.

Cierto: las listas desbloqueadas no son el remedio mágico. Serían un primer paso para la regeneración del sistema democrático, un modo de abordar la necesaria reforma de la legislación electoral. Pero por algún sitio hay que empezar.

 

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