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Contra el urbanismo. Recuerdo de Jane Jacobs

Contra el urbanismo. Recuerdo de Jane Jacobs
Foto de Richard Lautens

Ha pasado más de medio siglo de la publicación por primera vez de Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, del que Capitan Swing nos regaló una reedición en español en 2011. Todo lo escrito en aquel libro era ante todo un encendido elogio de las aceras como escenario para una compleja y apasionante vida social, en la que las ciudades encontraban el elemento fundamental que hacía de ellas marco para las formas más fértiles de convivencia humana. Frente a la insensibilidad de la burocracia urbanística y los estragos que estaba produciendo su aplicación en las urbes norteamericanas, Jacobs entendió la importancia de proteger la naturaleza de la calle como espacio de encuentro e intercambio, versátil en sus usos y animada por todo tipo de apropiaciones individuales o colectivas; flanqueada por edificios de distintas edades y tipos, viejos y nuevos, relucientes y desvencijados, residenciales y de trabajo; con niños jugando y aprendiendo cosas esenciales que en ningún otro espacio aprenderían; salpicada de pequeños comercios abiertos al exterior que proveían de variados bienes y servicios; incluso también con automóviles, pero no demasiados…

Al tiempo que exaltaba los valores positivos del vitalismo urbano, Jacobs censuraba el despotismo de unos urbanistas ignorantes y hasta hostiles ante las prácticas y los practicantes de esa intensa existencia urbana que se empeñaban en someter a la lógica de sus planos y maquetas. La reconstrucción de las ciudades se estaba llevando a cabo en aquellos momentos ya a partir de pseudociencias —el urbanismo y el diseño urbano— que bebían en "una plétora de sutiles y complicados dogmas levantados sobre cimientos idiotas", siempre al margen de un mundo real cuya creatividad ignoraban o despreciaban, que sustituían lo que interpretaban como la descarada fealdad o el desorden de las ciudades existentes por un orden inspirado en un conjunto de recetas diseñadas abiertamente no para mejorar las ciudades sino para asesinarlas.

Decir que más de medio siglo después de su primera publicación este libro continúa siendo vigente es poco. Aquel grito de alarma ante el peligro que se cernía sobre la vida en las calles hace tanto, ahora seguramente sería todavía más angustioso ante la visión de los desastres provocados por una concepción de la ciudad orientada en pos de la obtención de beneficios. Esa es la actualidad de tantas ciudades y acaso el futuro de las demás: acumulación de capital, persecución de rendimientos y generación de plusvalías, todo ello presentado bajo pomposas denominaciones del tipo reforma, reconversión, regeneración…, que no dejan de ser las expresiones de hasta qué punto lo que Jacobs llamó “dinero cataclísmico” o "tenebroso" se está saliendo con la suya.

Ese es el panorama actual: centralización sin centralidad, renuncia a la diversificación funcional y humana, deportación masiva de unos vecinos para ser suplantados por otros más pudientes, dinámicas que desembocan en una disolución de lo urbano en una mera urbanización, entendida como sometimiento sin condiciones a los imperativos del mercado constructor o turístico o a las exigencias políticas en materia de legitimidad simbólica. Jane Jacobs tenía razón cuando escribía que “los banqueros, al igual que los urbanistas, tienen sus propias teorías sobre las ciudades en que operan. Esas teorías las han bebido en las mismas fuentes en que sorben los urbanistas”. La realidad futura de las ciudades da más razón a la autora que la que le otorgaba su propio presente. Y lo mismo valdría para otras muchas de sus intuiciones. Los únicos con derecho a hacer planes, concebir y organizar espacios, continúan siendo los planificadores profesionales; el punto de vista de los planificados por descontando que continua sin ser relevante.

Hoy tendríamos razones casi para añorar la actividad perniciosa que Jacobs atribuía a los urbanistas. Hemos pasado de la urbanización de los espacios colectivos de la ciudad a su arquitecturización, es decir del predominio del proyecto sobre el plan, del papel central asignado al técnico urbanista al protagonismo creciente del arquitecto estrella. Urbanizar y arquitecturitzar un espacio coinciden en que son dos formas de textualizarlo, es decir de lograr no sólo una determinada funcionalidad, sino sobre todo legibilidad, capacidad de transmitir –es decir de imponer– unas determinadas instrucciones sobre cómo usarlo y cómo interpretarlo. Ambas formas de intervención implican voluntad de control externo y homogeneización de las prácticas esperables de los usuarios, pero también suponen o quieren suponer estímulos cognitivos y semánticos. Dicho de otro modo, urbanizar o arquitecturitzar un determinado lugar significa aplicarle y hacer operativas guías sobre las conductas, las percepciones y las ideas que se desea y se prevé que se susciten en quienes los usen.

Ahora bien, urbanizar un espacio urbano significaba ordenarlo de una manera considerada pertinente, someterlo a una determinada jerarquía, diseñarlo para que cumpliera ciertas funciones, normativizarlo legalmente, garantizar su transparencia tanto funcional como perceptiva, pero buscando siempre –aunque fuera sin contar con las prácticas reales– una cierta coherencia con un proyecto urbano global dotado de continuidad y diálogo con el entorno social, morfológico y paisajístico, queriendo incidir con áreas urbanas más amplias que el emplazamiento concreto sobre el que se actuaba. En cambio, arquitecturizar el espacio urbano es sin duda algo peor; implica geometrizarlo e instalar a continuación una serie de elementos considerados elocuentes y con cierta pretensión innovadora y creativa, si es posible encargados a firmas famosas, pero ajenos por completo a su entorno y, sobre todo, a las apropiaciones sociales para las que se supone que deberían estar dispuestos. Este menosprecio por el contexto y el usuario termina generando intervenciones que casi nunca tienen que ver o incluso resultar cacofónicas respecto del marco en que se insertan, lo que acaba suscitando espacios fragmentados, extraños entre sí, insensibles frente a la realidad social y urbana que violentan.

Toda la reflexión que nos brindara Jane Jacobs hace mucho no fue otra cosa que un elogio de esa vida en las calles que veía malograr a manos de los planificadores de ciudad y de los intereses económicos a los que servían. Su mirada debería animarnos a contemplar con ira lo que nos rodea, compartiendo y acrecentando su escándalo ante el pavoroso espectáculo de la destrucción sistemática de las urbes, a manos de la alianza sagrada entre políticos, mercaderes, arquitectos y planificadores.

Comentarios

El urbanismo muchas veces no nos damos cuenta de la importancia que puede llegar a tener para las personas, tanto para su futuro como para el pasado.
Las ciudades se han convertido en las nuevas prisiones de la civilizacion moderna, donde si bien los que mas recursos tienen pueden disfrutar el dia a dia mejor que lo que lo hacian sus padres y abuelos en el campo, por otro lado estan los que menos tienen y definitivamente viven peor.
El urbanismo muchas veces no nos damos cuenta de la importancia que puede llegar a tener para las personas, tanto para su futuro como para el pasado.
Las ciudades se han convertido en las nuevas prisiones de la civilizacion moderna, donde si bien los que mas recursos tienen pueden disfrutar el dia a dia mejor que lo que lo hacian sus padres y abuelos en el campo, por otro lado estan los que menos tienen y definitivamente viven peor.