Opinión
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Ataquemos, y después veremos

Concentremos la pelea contra el ‘apartheid’ social que se nos impone, propone Zizek, pero continuemos hablando

El polémico filósofo esloveno Slavoj Zizek, de 65 años, propuso hace unos días un “motto”, un lema capaz de inspirarnos que, aunque es de Napoleón, sirve para la actual situación: “Ataquemos, y después veremos”. Lo que pretende Zizek no es un ataque ciego, ni mucho menos, sino concentrar la pelea sobre cosas concretas, los peores síntomas del nuevo apartheid, no solo racial sino social, que se quiere introducir en nuestras comunidades. Vayamos peleando cosa a cosa, contra lo que Javier Pradera calificó en su último artículo como “la capacidad del mundo de avanzar hacia el abismo y de sumergirse en sus honduras”, y mientras tanto mantengamos la mente abierta y sigamos hablando.

No hay soluciones fáciles para enfrentarse a un mundo organizado en múltiples centros de capitalismo global, pero eso no nos exime de hacer un esfuerzo por discernir donde está el abismo y de empujar en dirección contraria. Mientras aparecen nuevos agentes de cambio, y quizás surjan en esos sectores de la sociedad, los desempleados, los nuevos pobres con empleo, a los que se pretende gobernar en un régimen de apartheid, sigamos hablando, dice Zizek, y vayamos peleando.

La idea es mantener a raya las hipótesis ideológicas que van cimentando esa pesadilla del nuevo apartheid. Karl Popper decía que es una lástima que no se puedan comprobar las hipótesis políticas y económicas igual que se somete a verificación previa las hipótesis científicas, porque de esa manera permitiríamos que murieran las hipótesis en lugar de morir nosotros. Pero dado que no es posible y que esas nuevas políticas de segregación van avanzando e imponiéndose, conservemos el pesimismo del espíritu, pero opongamos el optimismo de la voluntad.

La creciente amenaza nacionalista es simple y peligrosa

Zizek advierte contra quienes creen que las cosas son muy simples, porque están seguros de que han encontrado a quien echar la culpa. Advierte también contra quienes proclaman que solo tenemos libertades puramente formales que no valen nada, sin apreciar que esas libertades formales importan mucho, porque son las que permiten, incluso, apreciar sus límites.

Son dos advertencias útiles. La creciente amenaza nacionalista se sustenta, precisamente, en la simplicidad. Los movimientos nacionalistas que progresan aterradoramente en toda Europa, no solo en el Este, sino también en Francia o Gran Bretaña (el UKIP acaba de obtener su primer escaño en el Parlamento de Westminster, en unas elecciones parciales), tienen un simple y muy seductor programa que identifica, sin lugar a dudas, al “culpable” de sus problemas.

Simple y peligrosa es, también, la recusación de la democracia formal, como si ese desprecio no fuera una llamada al abismo. Hacer un diagnóstico veraz de la pésima situación y del deterioro de las instituciones democráticas en España, por ejemplo, es un elemento imprescindible de cualquier actuación política, pero los diagnósticos no pueden sustituir a las soluciones. Necesitamos hablar, dialogar, pero es un error formidable pretender sustituir al Parlamento por las tertulias, como denunció hace años José María Ridao.

El dirigente de Podemos, Pablo Iglesias, cree precisamente en ese escamoteo. En un reciente, y por demás muy interesante, discurso en Bolivia, Iglesias aseguró que la militancia política en España no se realiza a través de los partidos, sino de los medios de comunicación y que “los programas de debate político se han convertido en los verdaderos parlamentos”. Las tertulias son, desde ese punto de vista, los verdaderos escenarios de confrontación política.

Iglesias explicó que el Parlamento Europeo, del que es miembro, “no sirve para nada”, y que personalmente lo único que le interesa es grabar parte de sus intervenciones en vídeo y ponerlas al alcance de las redes sociales. Si eso es así, ¿cómo defenderá su participación en las elecciones generales? ¿Su presencia en el Congreso de los Diputados buscará el mismo objetivo? Parece más atractiva la propuesta de Zizek, ataquemos y peleemos, pero dialoguemos, hablemos, al mismo tiempo. Y el lugar para hablar no es un estudio de televisión, salvo que los platós y la cultura del espectáculo sean ya la sede de esa soberanía a la que Iglesias tanto apela. 

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