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EDITORIAL

Renovación consumada

Sánchez rechaza el populismo y quiere una izquierda para gobernar. Bien. Falta saber cómo

La proclamación de Pedro Sánchez por el congreso del PSOE consolida su autoridad como secretario general sobre la base, impecablemente democrática, del voto ejercido por los militantes el 13 de julio. Lo que sale de puertas afuera es una voluntad de afirmar a este partido en el espacio de izquierda, pero que se reivindica como fuerza de Gobierno. De ahí el intento de presentarlo como instrumento de “las clases medias y de la clase trabajadora”, de los que defienden el laicismo, de los que luchan por el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad o de los que creen en “una España federal”. Todos esos signos fueron citados por Sánchez en su primer discurso como nuevo líder, resaltando la voluntad de no limitarse a la protesta y rechazando por tanto, sin mencionarlos, los procedimientos populistas.

La recuperación de la confianza de los ciudadanos empieza por la de sus propias bases, y Sánchez tampoco ahorró en gestos, desde el anuncio de que no le temblará el pulso para echar a los corruptos hasta la organización de asambleas periódicas de “rendición de cuentas” a las bases. Todo con la pretensión de cerrar definitivamente la etapa de las derrotas electorales y de la travesía del desierto.

Durante las semanas precongresuales, Sánchez se ha dedicado a negociar los equilibrios internos que le permiten construir el nuevo equipo de dirección. El resultado comunica más hacia el interior del partido que al conjunto de la sociedad. Sánchez fue elegido sobre la base de apoyos de los aparatos territoriales y de figuras clave del partido, y eso ha pesado en el diseño de la dirección más que el intento de ofrecer “un Gobierno en la sombra”, alternativo al del PP. No todos han quedado satisfechos, como dejaron ver Eduardo Madina —rival de Sánchez en la elección— o el presidente de Asturias, Javier Fernández.

Lo más significativo es la confirmación de la alianza de Sánchez con la dirigente andaluza Susana Díaz, quien, en vez de aceptar un cargo más bien representativo, como es la presidencia del partido —reservada a una de sus afines, Micaela Navarro—, prefiere volcar su capital político como cabeza del consejo federal, el órgano donde se van a reunir los barones regionales del PSOE. Esa instancia puede ser importante para asegurar la cohesión interna, pero también desplaza hacia la presidenta de Andalucía los arbitrajes de la política territorial socialista y, en su caso, del proyecto de Estado federal, presentado como tercera vía entre el “inmovilismo” del PP y el aventurerismo de la ruptura constitucional.

Más allá de la renovación interna, el calendario aprieta. Sánchez está citado mañana con Mariano Rajoy, la persona a la que ha prometido convertir en “presidente de un solo mandato”. Es una frase destinada a ofrecerse como alternativa, pero antes de llegar a eso hay problemas de Estado acuciantes. Y los ciudadanos tienen derecho a saber qué piensa de ellos.

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