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Ascenso y caída del Espirito Santo

Se les conoce como los Rockefeller portugueses. Peleas entre primos y escándalos financieros del grupo de empresas han llevado a que el Banco de Portugal intervenga para que la familia salga de su propio banco

Ricardo Salgado, presidente del Banco Espirito Santo. Ampliar foto
Ricardo Salgado, presidente del Banco Espirito Santo.

Hasta hace unas semanas le llamaban DDT, Dono Disto Tudo (posee todo). Ricardo Espírito Santo Salgado era el dueño de todo, el dueño de Portugal y más allá. Era la mano que movía los hilos de un negocio familiar con sucursales de Angola a Brasil y de Luxemburgo a Nueva York. Pero en cuestión de semanas, su banco ha perdido la mitad del valor, y su grupo de empresas, el 70%.

La imagen de confianza del Espírito Santo, publicitada por el futbolista Cristiano Ronaldo, ha caído por los suelos. Y él, Dono Disto Tudo, ha sido recriminado y despedido por el gobernador del Banco de Portugal debido a los escándalos financieros en los que está envuelto y para evitar que contagien al banco.

La expulsión de la familia no ha evitado el huracán que ha vivido la entidad esta semana; sus acciones fueron suspendidas en Bolsa y volvieron a cotizar después de que el supervisor precisara que la exposición de la entidad al Grupo Espírito Santo es de 1.180 millones, pero que gracias a los aumentos de capital, cuenta con un colchón financiero de 2.100 millones.

Ricardo no habla ni se deja ver en público. Al último banquero de la saga Espírito Santo se le conocen pocas apariciones multitudinarias, y menos entre la beautiful people. Huye de las playas de Comporta donde sestea lo más de Europa, entre ellos los Grimaldi. Si en algún momento no trabaja, prefiere instalarse en su exclusiva residencia brasileña de Xaí, en Bahía.

Allí las malas noticias llegan con sordina. Y ahora las hay y muchas... Escándalos fiscales, acusaciones de uso de información privilegiada en procesos de privatizaciones, hundimiento de la cotización del banco, deudas de miles de millones en el grupo. Cuando no es en Angola es en Luxemburgo, cuando no en Suiza o en Brasil. De repente, la rueda ha girado en sentido contrario y la contaminación del banco por culpa de la financiación a empresas del grupo ha derivado en una pesadilla. Y, como si la historia volviera a repetirse, esta semana el Partido Comunista Portugués ha pedido la nacionalización del Espírito Santo, que hoy vale casi la mitad que el pasado sábado.

El fundador del Gran Banco fue un niño hallado en la calle lisboeta en 1850 sin padres conocidos 

Salgado ha cumplido ya los 70 años, 22 de ellos los ha pasado al frente del banco. Con la excepción del fundador, es el que más tiempo ha permanecido en el banco en la historia de esta saga familiar que comenzó en 1869.

Las cinco grandes ramas de la familia le fueron otorgando su voto de confianza a lo largo de las últimas décadas puesto que los negocios eran boyantes en los cuatro continentes donde operaban. Salgado tenía el respaldo de los Mosqueira do Amaral, con el 15,57% de la sociedad familiar; de los Salgado, con el 17%; de José Manuel Espírito Santo, con el 18,53%; del comandante Antonio Ricciardi, con el 17,84%, y, por encima de todos, con el apoyo de Maria do Carmo, Ninita, Moniz Galvão, con el 19,37%, la única mujer en este grupo de poder financiero y empresarial.

Ninita es la mujer más rica de Portugal y odia la fama. Huye si ve un fotógrafo. No acude a fiestas. La única pasión que se le conoce es conducir automóviles de alta gama, preferentemente Alfa Romeo, y, por supuesto, acudir al consejo superior, el santasanctórum de las decisiones económicas de la familia.

Ricardo Ribeiro, hijo del fundador, con un grupo de trabajadores en 1945.
Ricardo Ribeiro, hijo del fundador, con un grupo de trabajadores en 1945.

Pero hace unos meses, ese grupo de poder familiar se partió en dos. El primo José María Ricciardi, al frente del BESI, banco de inversiones, osó disputarle el puesto a Salgado. José María recibió entonces la bofetada de su propio padre, Antonio Ricciardi, que votó en contra de las pretensiones de su hijo. A sus 94 años, el patriarca de esta rama de la familia sigue acudiendo al despacho.

Los dos primos, que crecieron en la misma calle, la que lleva su glorioso apellido en la ciudad costera de Cascais —que desemboca en la Boca del Inferno—; que jugaron en las mismas casas, con sus madres reunidas cada tarde para la partida de bridge, ni se hablan ni se sientan ya alrededor de la misma mesa. Todo porque Salgado ha sido destituido por el Banco de Portugal y porque Ricciardi no puede aspirar a nada. Los dos tienen prohibido tomar decisión alguna en el banco y en el grupo financiero de la familia.

Su rivalidad va más allá de los negocios. Ahora ya los primos no coinciden ni en las aficiones ni en el carácter. Salgado, siempre fiel a su perfil bajo; Ricciardi, más intempestivo. Salgado, más elegante; Riccardi, más esnob. Además, Salgado ni caza, ni juega al golf, ni le da al backgammon, y eso sí que es raro en la saga. “Tampoco fuma ni bebe. No tiene vicios”, dice un compañero de universidad. “Bueno”, añade, “sí tiene uno, el masaje, a poder ser diario”. También otro: el trabajo de sol a sol, el santo y seña de una dinastía creada a partir de un hijo bastardo.

El Espírito Santo se hizo carne en el cuerpo de un bebé sin padre ni madre conocidos que vino al mundo en una calle lisboeta. Corría 1850 y en la Rúa Fieles de Dios, con aquel niño al que pusieron el nombre de José María Espírito Santo Silva, se iniciaba la historia de una de las grandes familias financieras del mundo.

A los 19 años, Espírito Santo Silva abrió una casa de lotería, casi toda española, ya que tenía más premio y gozaba de más popularidad que la local. Loteros de Madrid, Badajoz, Pamplona y Galicia le daban un 3% de comisión, y él a los revendedores locales, un 2%. El riesgo era alto en una época de mucha picaresca y pocas comunicaciones, pero Espírito Santo se las apañaba solo: tardó 18 años en contratar un empleado. “Trabajo hasta las dos de la madrugada y me levanto a las cinco o a las seis de la mañana”, escribió en una carta recogida por el historiador Carlos Alberto Damas en el libro El Banco Espírito Santo, una dinastía financiera portuguesa. Cuando murió, a los 65 años, dejó cinco hijos; de ellos, tres varones que dirigieron el banco hasta 1973.

Ricardo Salgado, en una conferencia de prensa en 2013. ampliar foto
Ricardo Salgado, en una conferencia de prensa en 2013.

El 25 de abril de 1974, el golpe de Estado de los militares llevó a varios familiares del consejo de administración a la cárcel. El banco, la aseguradora, la celulosa, sus intereses petroleros y alimentarios pasaron a poder del Estado.

Mary, la hermana de Ricardo Salgado, el aún presidente del banco, recordó hace dos años a la publicación Sábado sus penurias: “A veces llegaba a fin de mes sin dinero, no tenía con qué alimentar a mis hijos y tuve que vender muebles y cuadros”. Quizá por ello, su hermano es un gran comprador de arte contemporáneo.

Los Rothschild, Rockefeller, Agnelli... la aristocracia del dinero mundial acogió a esta familia portuguesa, a la que ayudaron con créditos que facilitaron su recomposición económica. Las nacionalizaciones son “conquistas irreversibles de las clases trabajadoras”, aprobó el Parlamento portugués. Pero en 1989 se aprobó todo lo contrario. La familia recuperó el banco, regresaron del exilio y tres años después Ricardo se hizo con todo el grupo familiar.

Han pasado 22 años de aquello. Salgado ha dejado de bailar. Uno de últimos valses fue en la boda de su hija Catarina, en un palacio de Sintra, con más de 800 personas. El banquero casó a Catarina y logró el eslabón que faltaba. Su yerno, Philippe Amon, 21 años mayor que la novia, posee el Santo Grial de la economía: la empresa de tinta con la que se imprime todo el dinero del mundo.

En dos semanas, Salgado abandonará el banco por la puerta de atrás, acosado por todas partes y destituido por el gobernador del Banco de Portugal. Le quedará una pensión anual de 900.000 euros, una pequeñez para un hombre que recibía comisiones de 18,5 millones, según relatan Maria João Babo y Maria João Gago en el libro O último banqueiro, o sea, Ricardo, ex Dono Disto Tudo.

Fe de errores

En una edición anterior se decía en el subtítulo del reportaje que había "un agujero de 5.700 millones". La cifra se refiere a la deuda del grupo de la familia Espírito Santo, no al banco del mismo nombre.