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EDITORIAL

Golpe demoledor

La detención e interrogatorio de Sarkozy hacen muy difícil su vuelta a la primera línea política

En un hecho sin precedentes en la historia republicana francesa, un expresidente, Nicolas Sarkozy, fue detenido ayer en unas oficinas de la policía judicial en París para ser interrogado en relación con dos delitos cometidos durante el ejercicio de la más alta magistratura del Estado: tráfico de influencias y violación del secreto de instrucción.

Los hechos en los que está implicado el exmandatario combinan actos de extrema gravedad, como el contraespionaje a la policía o propuestas de soborno al menos a un juez del Tribunal Supremo, con episodios más chuscos, como la utilización de un móvil a nombre de un imaginario Paul Bismuth para burlar la vigilancia policial y recabar información de su abogado —que también usaba otro móvil encubierto— sobre la marcha de las investigaciones judiciales contra él por presunta financiación irregular de la campaña electoral que le llevó al Elíseo en 2007.

Sarkozy no se resignó nunca a perder el favor popular en 2012, cuando fue derrotado por el socialista François Hollande. El político conservador achacó el resultado electoral adverso a la crisis económica y no a los escándalos que salpicaron su mandato, como las acusaciones de nepotismo o su peligrosa relación con algunos dictadores africanos como el libio Muamar el Gadaffi, de quien precisamente se sospecha que financió la campaña del expresidente. Insensible a este estado de ánimo, Sarkozy pretendía convertirse ahora en la figura salvadora de un centroderecha francés que se ve acogotado elección tras elección —igual que la izquierda— por el populismo de extrema derecha del Frente Nacional. Buscaba un regreso triunfal a la primera línea de la política aprovechando el descenso en caída libre de popularidad de Hollande. Y en esa ecuación, los procesos judiciales solo parecían ser una molestia sorteable con mayor o menor fortuna.

Pero en un país de arraigada tradición republicana, donde los símbolos tienen un significado casi sagrado para el espectro político y para la sociedad, la figura de un expresidente interrogado en una oficina como un delincuente común es simplemente imperdonable. Sarkozy tendrá que pelear mucho para desmontar las acusaciones que pesan contra él. Y aún en el caso de que personalmente lograra salir bien parado, la situación vivida ayer representa un golpe demoledor a sus aspiraciones políticas.

 

 

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