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COLUMNA

Miedo

Me da miedo que haya seis millones de parados, y que una gran parte de ellos no tengan perspectivas de encontrar empleo, ni siquiera de completar su derecho a una pensión

La prueba más concluyente de mi falta de sintonía con el proyecto político Podemos es que no les he votado. No me gustan las maneras ni los discursos personalistas de su líder, Pablo Iglesias. Y me dan alergia los cariños al chavismo y otras manifestaciones que atribuyo más a la fascinación por las masas movilizadas contra el capitalismo que a un análisis serio de lo que eso significa. O lo que me parece demagogia directa cuando se habla de salirse del euro.

Pero de ahí al discurso del miedo de una derecha que se pone histérica con facilidad, hay una distancia. A los que conozco que han votado o participan de este movimiento no les veo quemando iglesias o lapidando en la plaza pública a mujeres embarazadas.

A mí me dan miedo otras cosas. Por ejemplo, el ministro del Interior, Jorge Fernández, intentando una y otra vez montar leyes represivas contra los ciudadanos. Me da miedo Alberto Ruiz-Gallardón cuando insiste en poner en marcha una ley que acabe con la libertad de las mujeres y entregue su cuerpo a la Iglesia. Me da miedo ver cómo se escucha con naturalidad a los líderes de Esquerra o de Convergencia cuando emiten mensajes xenófobos contra los andaluces y españoles en general poco camuflados bajo la envoltura del seny, o Duran Lleida diciendo que se puede curar a los homosexuales. Y no digamos el alcalde de Sestao y sus hostias. Me da miedo que desde partidos en el poder se favorezca la impunidad de los ladrones. Me da miedo que haya seis millones de parados, y que una gran parte de ellos no tengan perspectivas razonables de encontrar empleo, ni siquiera de completar su derecho a una pensión.

A mí, miedo lo que se dice miedo, me da sólo el nacional catolicismo.

Floriano, Rouco, Cospedal, compañeros demócratas, perdonadme, pero es así.

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