EL COMIDISTA
Columna
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Monísimas en el Holocausto nazi

Por suerte para los gastroblogueros, recientemente ha surgido un grupo humano paralelo capaz de desviar la atención y atraer las críticas: las blogueras de moda

Seguramente, usted, que vive en el mundo real, no se habrá dado cuenta de algo que los que habitamos en las alcantarillas virtuales notamos desde hace tiempo: el oficio de bloguero gastronómico está desprestigiado. Es posible que le importe un pepino, pero a los que tenemos un blog sobre comida, no tanto. Por mi parte, asumo que existen motivos para la desconfianza —algunos jetas han entendido las bitácoras culinarias como una forma de conseguir jamón, sartenes o comidas en restaurantes, gratis, a cambio de cualquier entraducha laudatoria—, aunque también creo que pagan justos por canaperos.

Por suerte para los gastroblogueros, recientemente ha surgido un grupo humano paralelo capaz de desviar la atención y atraer las críticas: las blogueras de moda. Digo blogueras porque la mayoría son chicas, y las que no lo son, como si lo fueran. No dudo que habrá algunas que se curren sus posts con honradez, criterio y buen gusto, pero la imagen que proyecta el colectivo es la de unas modernillas sin demasiadas luces que no paran de hacerse fotos vergonzantes vestidas de mamarrachas.

El fenómeno fashion bloguermonguer ha alcanzado el paroxismo con una feliz subtendencia: la de las blogueras que posan en lugares relacionados con el Holocausto. Hace unos días, la autora de That’s chic, Rachel Nguyen, publicó una entrada con fotos suyas en un mausoleo judío de Los Ángeles, justo en el 59º aniversario de la liberación de Auschwitz. Casi un año antes, Pelayo Díaz, de KateLovesMe, hacía lo propio en el Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa en Berlín.

Resulta aterrador hasta dónde puede llegar la falta de sensibilidad ante el dolor ajeno de estas dos personas, cuyo riego cerebral parece entorpecido por la idolatría hacia los trapos. Más aterradores aún son los textos explicativos de las imágenes: “Lo mejor de ese sitio”, decía Pelayo, “es que no te hace pensar en el pasado, solo en el futuro” (justo para eso se hacen los memoriales, para olvidar los millones de muertos y pensar en un porvenir de bolsos fucsias de Céline y zapatos de Balenciaga).

Pero el colmo de lo aterrador llega en los comentarios de muchos lectores, a los que les parece lo más normal del mundo modelear un lugar consagrado al recuerdo de tan tremenda masacre. Confío en que a mis colegas no les dé por ponerse a fotografiar guisos y tartas en el monumento al 11-M o en las fosas comunes de la Guerra Civil, y dejen que estas lumbreras nos eclipsen en cuestiones de ignorancia y banalidad.

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