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Kelly Slater, el señor de las olas

Ha ganado 11 mundiales del surf, pero también puede envidiarle por haber salido con Bar Refaeli o tener un gran hándicap de golf

El surfista viste ropa de Quiksilver.
El surfista viste ropa de Quiksilver.

Ha ganado once veces el campeonato del mundo de surf. Fue el más joven en alzarse con el trofeo, a los 20 años, y también el más viejo en levantarlo, con 39. Cuenta la epopeya que cuando muchos de sus actuales competidores aún mascaban cereales con sus dientes de leche, él ya peleaba contra pulpos gigantes. Lo hacía, eso sí, en la televisión, cuando encarnaba a Jimmy Slade en la serie Los vigilantes de la playa (“en su día me sentí fatal por hacerlo. Pero aprendí que algo es bueno para ti cuando te sientes bien mientras lo haces. Da igual lo que piense el resto”, apunta). Allí conoció a una de sus muchas novias: Pamela Anderson. La primera de una orla de parejas con algunas de las caras más recurrentes en cabinas de camión y carpetas de instituto, generación tras generación: de Cameron Díaz a Gisele Bundchen o Bar Refaeli. Ahora se pasea por la costa francesa, durante la disputa del campeonato Quiksilver Pro France, del brazo de una belleza menuda muy activa en Instagram: Kalani Miller. “Cuando sales con chicas muy famosas pasa lo mismo que con el resto: si no hay amor verdadero, no funcionará. La gente cree que son como trofeos. Leo esas cosas y pienso: estáis hablando de mi vida, de mis sentimientos”, explica con amabilidad arrellanado en un sofá hinchable, poco después de inaugurar esta cita europea del ASP World Tour en rueda de prensa.

Nadie niega que Slater es como uno de esos espías del MI6, con tanto éxito con las mujeres como pericia en cualquier actividad aparentemente frívola que se proponga: tiene un hándicap +2 como golfista y se relaja practicando jiu-jitsu, el arte marcial brasileño, pero también tocando la guitarra con amigos como Eddie Vedder, de Pearl Jam, o Ben Harper; incluso formó su propia banda (sí, The Surfers). Además, dicen, no es ningún botarate: colabora en diversas fundaciones humanitarias y emite juicios (algunos incluso polémicos) sobre cómo EE UU ha sobredimensionado el asunto del terrorismo como coartada para casi todo. “Siempre me ha gustado ser claro en mis opiniones. Tengo muchos amigos de Israel pero también pienso en el lado palestino. Unos tiran piedras y los otros responden con bombas… No parece una imagen demasiado justa. Es malo para todos”, explica. “Lo de Iraq me confundió totalmente: lo veía absurdo. Mira, creo que estamos en un mundo extraño en el que se construyen cimientos para sostener argumentos. En todos los países hay mucha propaganda. Pero al final, y te lo digo después de viajar mucho y conocer muchas culturas, la gente solo quiere comer, vivir bien, cumplir sus sueños. Es difícil decir que una filosofía o religión es mala; ese recelo parte siempre del miedo: cuando conoces una realidad de cerca llegas a entenderla. No confío tanto en hablar de naciones, sino de personas. Sé que suena naïf, pero eso es lo que pienso”.

Si eres de familia rica abandonas antes, pero si has construido tu vida alrededor de todo esto no esto no es tan fácil"

Cuentan que su madre le decía que “el mar lo cura todo” y lo enviaba a buscar la espuma en las olas de Cocoa Beach, en Florida. Añaden que incluso su físico lo empujó a ser el surfista modelo: ojos azul celeste (color mar peinado por el sol, ancestros irlandeses), tono de piel permanentemente bronce (antepasados sirios; “eso también ha influido, imagino, en algunas de mis opiniones críticas de EE UU como policía del mundo”). Quizás sus orígenes humildes han influido en su perseverancia: “Provengo de un sitio pequeño. Un lugar sin grandes negocios ni esperanzas, en el que la gente tiene que luchar mucho para salir adelante. Supongo que yo quería tener una gran vida. Y cuando has tenido hambre para salir de un sitio y has vivido otras realidades… no quieres perderlo. Allí aprendí a ser como soy [risas]”.

Aunque prefiere encontrar la primera ola de playas remotas, debe continuar compitiendo en primera fila y aceptando, con deportividad amable pero sin muchas ganas, entrevistas: “Puedo surfear en la Antártida, en Rusia, en la Patagonia, pero hay que cumplir ciertos compromisos. Mis amigos de infancia ahora luchan por salir adelante. Mis hermanos hacen tablas de surf, uno tiene un restaurante. Nadie allí tiene grandes expectativas. Está la NASA, pero miles de personas han perdido su trabajo. Si eres de familia rica abandonas antes, pero si has construido tu vida alrededor de todo esto no es tan fácil”.

Una foto de Kelly Slater preside la Casa Quiksilver en San Juan de Luz.
Una foto de Kelly Slater preside la Casa Quiksilver en San Juan de Luz.

Héroes modernos

Aquí, en San Juan de Luz, entre tiendas de surf y bares bautizados Calypso en honor al buque de Cousteau, Slater es una figura totémica; su retrato aparece en escaparates y bares con la ubicuidad de Mao o Stalin en sus respectivos regímenes, pero con la diferencia de que él no lo ha exigido. Nadie, salvo el entrevistador y otros periodistas, ha visto aún a Kelly Slater, pero todos le esperan. La niebla aplica un filtro denso sobre la primera mañana de competición y solo el parpadeo de las cruces de las farmacias marca el camino hacia el grao de Hossegor, donde hoy podría vérsele. En la playa, que amanece morosa, una pareja asturiana muestra dos tablas en las que inyectaron sangre del otro para sellar su pacto, dos alemanes se sirven café del termo sentados en la arena y debaten sobre la habilidad del número uno, y Koldo, que viaja por todo el mundo introduciendo los datos de la competición en un ordenador, dice que Slater es majo, pero más distante que el resto: “Los australianos son más divertidos, te puedes emborrachar con ellos”. Aritz Aramburu, el único español en competición, charla con sus amigos de toda la vida. También pasea por la playa Matt Wilkinson, uno de los más bohemios, que esta vez homenajea el campeonato galo con un traje de neopreno que imita el estampado de los pantalones de Obélix (otro año vistió uno con un montón de pechos dibujados, como guiño a la afición al top less de las playas europeas).

El neófito se acerca a la figura de Slater, y a todo el culto que genera, como escribía Tom Wolfe: “Como los arqueólogos descubriendo jeroglíficos pero sin saber nada de… La Vida”. El nuevo periodista retrató los inicios románticos del surf en su relato La banda de la casa de la bomba, que retrataba a esos adolescentes de La Jolla, California, en esas playas segregadas por edades en las que se consideraba que llegar a los 25 años equivalía a la entrada en la senectud. El mérito del surfista más laureado de la historia es que tiene 42 y sigue siendo el ídolo en un deporte de élite para veintañeros. Abandonó durante un tiempo en 1999, para volver espoleado por la rivalidad con Andy Irons.

Si en todo relato perfecto existe el superhéroe y el villano, el chico modelo y el rebelde carismático (Prost y Senna, Messi y Ronaldo, Holmes y Moriarty...), Slater pertenece, sin duda, al primer grupo; Irons, al segundo. Hasta que murió (la leyenda habla de cóctels de estupefacientes), dejando abatidos a todos los aficionados y compañeros, Slater incluido. Desde entonces se han endurecido los controles de sustancias y todo se ha vuelto aún más competitivo y olímpico. De hecho, muy cerca de aquí detuvieron al mito de los surfers rebeldes de hace más de medio siglo: Mike Dora, “el Muhhamad Ali del surf, el Kerouac en bañador”, como lo denomina su biógrafo. Perseguido por el FBI y la Interpol y habiendo pasado a la historia como el mejor sin haber ganado ni un campeonato, se escondió en las playas francesas donde estos días se celebra el campeonato de Quiksilver. Llamó desde una cabina de San Juan de Luz, y la policía le detuvo pensando que era un terrorista de ETA. La historia de Slater es su antónimo perfecto. De él depende gran parte del negocio del surf y también su relato mítico e impecable.

 ¡Es kelly!

Slater se dirige al mar. Han llegado las olas y también su jinete. Y es el único que necesita que lo escolten hasta la orilla. Al salir, sí se para y deja que le fotografien los fans. Lleva más de dos décadas así. Está acostumbrado. Al fin y al cabo, es Kelly Slater y no tiene intención de dejar de serlo.

 

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