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La Quinta del Buitre peina canas

Hace tres décadas del artículo de EL PAÍS que lanzó a la fama a cinco chicos del Madrid que marcaron los 80 desde el césped

Los chicos del Castilla, en novimebre de 1983. Ampliar foto
Los chicos del Castilla, en novimebre de 1983.

Hubo una vez en la que la Quinta del Buitre lo tuvo todo. Se componía de jóvenes apuestos, educados y triunfadores. Representaba una generación que parecían dar los primeros pasos hacia la modernidad en un país donde todavía se encontraban televisiones en blanco y negro. Emilio Butragueño, Miguel Pardeza, Rafael Martín Vázquez, Manuel Sanchis Hontiguelo y José Miguel González Míchel fueron, desde que se les agrupó bajo ese epíteto, justo después de que España terminara de enterrar la fiesta de Naranjito que fue el Mundial de 1982, mucho más que unos jugadores del Real Madrid. Fueron un símbolo.

El sobrenombre de la Quinta del Buitre, diminutivo del apellido de Butragueño, cumple ahora 30 años. Desde entonces ha cambiado todo. Cuando surgió, en un artículo de EL PAÍS firmado por Julio César Iglesias, hubo que añadirles un nombre delante: Amancio y la Quinta de 'El Buitre', se llamó el texto. "El nombre de Amancio se añadió porque a alguien le pareció excesivo dedicar una página a unos mocosos desonocidos", explica el autor.

Al fin y al cabo, el texto no hablaba de tendencias sino de una situación actual: la paradoja que estaba viviendo el Real Madrid. Un grupo de canteranos estaba ilusionando más a la afición madridista que las actuaciones del primer equipo. Alejados de la España cañí y de “La Furia” que representaba la generación anterior liderada por Juanito, lograron llenar el Bernabéu en un partido de Segunda División contra el filial del Athletic Club de Bilbao en diciembre de 1983.

Poco a poco fueron dando el salto al primer equipo y en la Quinta del Buitre empezaron a despuntar dos figuras llamadas a cambiar la forma de entender el fútbol en España. Butragueño fue el que más tardó en llamar la atención. No saltó al primer equipo hasta un partido en Cádiz en febrero de 1984: el Madrid perdía 2-0 y el entrenador, un tal Alfredo Di Stéfano, dijo dos palabras que Butragueño nunca olvidará: “Nene, calentá”. Como es obligado en toda leyenda que se precie su entrada supuso la remontada (2-3). Actualmente hay 19 peñas con su nombre. Un niño rubio de ojos azules del Colegio Calasancio sucedía en el escenario del deporte a un malagueño taurino aficionado a las chupas de cuero y al pelo largo por la nuca. Dos iconos, dos épocas.

La leyenda decía que en un torneo juvenil en Mónaco, la princesa Carolina se había quedado prendada de Míchel

El grupo fue asumiendo su condición de estrellas rutilantes y no mostraron ninguna lucha de egos entre la manada. En una entrevista con Vanity Fair, Butragueño no se explicaba muy bien el acoso de las fans hacia su persona: “¡Yo no soy guapo! Míchel era el sexy. O eso decían. Era el que tenía más éxito. Yo tuve suerte porque caí simpático, aún no sé muy bien porqué”, se resistía.

La leyenda, de la que por supuesto no hay pruebas, también decía que un torneo juvenil en Mónaco, la princesa Carolina se había quedado prendada de Míchel González. Este banda derecha todavía tiene el meterse con Butragueño como principal actividad. Le reprocha su talento para colocar “sin descuento” en el vestuario las colonias de la famosa perfumería de su padre. El aludido se defendía diciendo que tenía “cultura de mostrador” porque por las tardes ayudaba en el comercio familiar. Michel tenía la mente despierta del listo de barrio. Se mudó a un chalet adosado de Las Rozas donde no se cansaba de firmar autógrafos a los chavales que llamaban a su puerta. Esa espontaneidad le llevó a ser el más descarado con la prensa. En una entrevista reciente en el suplemento S Moda todavía alardeaba de su amor por la ropa. “No me pongo el chándal ni en las concentraciones”, decía afianzando su fama de metrosexual de la era preBeckham.

Míchel y Butragueño ayudaron a redefinir el papel del futoblista-como-'celebrity' de la época

Juntos, Míchel y Butragueño ayudaron a redefinir el papel del futoblista-como-celebrity de la época. Ambos gozaban de tal empuje comercial que cayeron en la incipiente industria del videojuego español: con ellos se estrenó, a finales de los ochenta, títulos como Emilio Butragueño ¡Fútbol! y Míchel fútbol máster, dos grandes éxitos del Spectrum y Amsrad de la época.

En aquella época, la vida íntima de un futbolista era mucho más íntima. Butragueño, muy celoso de lo suyo, provocó un gran revuelo al intentar una boda clandestina en 1991 con Sonia, su novia de toda la vida. El padre del novio fue cazado llegando en chándal bajo el que escondía un traje y la leyenda cuenta que Butragueño llegó a la iglesia escondido en el maletero de un coche.

El resto de integrantes mantuvieron un perfil más bajo. “Me pasé tres meses sin hablar en el vestuario hasta que Juanito me dio un coscorrón y me dijo ‘niño habla’”, recuerda con cierta nostalgia Manolo Sanchís. Martín Vázquez tuvo una relación más compleja con el club: traspasado al Torino por 400 millones de pesetas acabó regresando dos años después con bigote y pulseras de cuero en las muñecas. Este chico criado en Pozuelo tenía mucha clase pero nunca fue el más carismático.

Miguel Pardeza recuerda con cariño como en el vestuario era acusado de “intelectual”. Cuando le daba por escribir algún artículo en la prensa un compañero del primer equipo le marcaba las palabras que no entendía y le pegaba el papel en la pared del vestuario. “Yo siempre he tenido preferencia por las palabras menos comunes. Si puedo elegir siempre escojo la rara”, comentaba recientemente en una charla informal. Doctor en Filología hispánica cuenta con una tesis doctoral sobre el escritor y periodista César González Ruano.

Hace poco Pardeza reflexionó en EL PAÍS sobre el grupo y su influencia: “En estos días de nostálgicos homenajes, hemos vuelto a estar todos juntos. Hemos sido fotografiados como si fuéramos miembros de una banda pop que ha anunciado su vuelta a los escenarios. Pero ya no hay escenarios, no hay público, ni siquiera artistas. Sólo queda el testimonio de los que nos siguen recordando, aunque prefiero pensar que no más a nosotros que a la esperanza que en su día acaso representamos”.

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