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REPORTAJE

El milagro del baloncesto español

De la medalla de plata en Los Ángeles 1984 a la generación de oro de los Gasol, Navarro, Rudy o Calderón, la selección española de baloncesto mira hacia el futuro con la ambición de seguir escribiendo la historia de este deporte

El próximo reto: la reconquista del Eurobasket

De izquierda a derecha, José Calderón, Víctor Claver, Rudy Fernández, Ricky Rubio y Marc Gasol Ver fotogalería
De izquierda a derecha, José Calderón, Víctor Claver, Rudy Fernández, Ricky Rubio y Marc Gasol

El verano próximo se cumplen 30 años desde que nos colamos en la final de uno de los deportes olímpicos por excelencia. En un escenario mítico como el ya desaparecido Forum de Los Ángeles, la selección española de baloncesto sorprendió incluso a su propio país, que la acompañó entre extrañado y alborozado durante unas cuantas calurosas madrugadas de agosto. Nuestra aventura terminó subidos al podio y de forma instantánea nos ganamos un sitio en la historia del deporte español. No es de extrañar, pues estamos hablando de unos tiempos en los que España empezaba a desempolvar telarañas y quitarse múltiples complejos de encima, no solo deportivos. Mientras unos cuantos millones de españoles trasnochaban para compartir en casas, chiringuitos o discotecas aquel éxito que no estaba en el guion, Pau Gasol, Juan Carlos Navarro o Felipe Reyes dormían plácidamente en sus camas. Tenían cuatro años.

Casi tres décadas después, ese deporte español acomplejado y casi huérfano de triunfos ha dado paso a una catarata de éxitos que puede considerarse hasta un milagro, más si tenemos en cuenta la situación general del país. Uno de sus colectivos más representativos es, sin duda, la selección de baloncesto, que en estos días participa en el Campeonato de Europa. No es para menos. El palmarés atesorado en los últimos 12 años resulta impresionante (ocho medallas, dos oros europeos y dos platas olímpicas incluidas) no solo por lo conseguido, sino por la meritoria duración del triunfal ciclo, lo que le ha convertido en uno de los equipos más grandes de la historia. Si lo difícil no es llegar, sino mantenerse, España, con este extraordinario ejercicio de longevidad, ha conseguido el más difícil todavía.

Al haber sido afortunado componente de los pioneros y espectador privilegiado de esta última década prodigiosa, muchas veces me han cuestionado sobre similitudes y diferencias entre ambos colectivos. Dejando a un lado cuestiones obvias, como que ahora son más fuertes, más rápidos, ganan mucho más dinero y no tienen que jugar con unos pantalones que ponían en peligro tu capacidad reproductora, existen paralelismos entre ambos colectivos. Empezando por el escenario de su gestación. Tanto a finales de los setenta como en los últimos coletazos del siglo XX, la selección española de baloncesto atravesaba tiempos difíciles. En nuestro caso acababa de descender a segunda división europea; en el otro, la década de los noventa había sido en general calamitosa, Angolazo incluido. Entonces surgieron dos generaciones de jóvenes jugadores que ya contaban con unos cuantos éxitos en categorías inferiores. La del 58-59 y la del 80‑81. Jugadores que nos conocíamos desde los 13-14 años, que habíamos competido juntos y enfrente las suficientes veces como para conocernos al dedillo y poseer un alto voltaje competitivo. Poco a poco, esta sangre nueva y desinhibida se fue incorporando a la selección absoluta y basta un ejercicio numérico para entender su importancia. En el equipo de Los Ángeles, siete jugadores pertenecían a la camada del 58-59. En la selección que dio el salto definitivo con su triunfo en el Mundial de Japón, otros tantos habían nacido en el 80‑81. En ambas situaciones y con una sólida base generacional, los equipos se completaron con algunos veteranos y se rejuvenecieron con nuevas apariciones. Se produjo una parecida y conveniente combinación intergeneracional que conformó dos colectivos muy cohesionados.

La selección es un modelo de solidaridad, humildad y respeto no exento de ambición

Otro elemento común lo encontramos en la columna vertebral. Estamos hablando de baloncesto, y la teoría dice que sobre un base, un alero y un pívot puedes edificar lo que quieras. La España de Los Ángeles se articulaba a partir de Corbalán, Epi y Fernando Martín. La actual se explica a través del triunvirato Calderón, Navarro y Pau Gasol. Sobre tres pilares tan consistentes en aspectos fundamentales como la dirección, el juego exterior y el interior, la solidez queda garantizada y el resto de las piezas pueden encajar con mayor facilidad y sin provocar excesivas tensiones. Contar con tres jugadores que compartían diferentes tareas de liderazgo de una forma armónica y sin solaparse lograba que el equipo se sostuviese en cualquiera de las situaciones. Pero, estructuras temporales y arquitectónicas aparte, entiendo que ambos equipos comparten cosas más importantes. Lo comprendí una tarde del verano de 2006, durante la retransmisión de un partido de la selección española de baloncesto en el Mundial de Japón, cuando me asaltó una extraña sensación. Llevaba ya 16 años retirado y hasta ese momento nunca había tenido ninguna clase de añoranza deportiva. Aquel día, y por primera vez, deseé que mi sitio no estuviese donde estaba, y eso que tenía el privilegio de sentarme al lado del incomparable y siempre recordado Andrés Montes disfrutando cada minuto de su peculiar universo. Pero yo quería estar abajo, en la pista. La inesperada pulsión me pilló desprevenido y tardé un rato en entender su porqué. En aquel colectivo que caminaba, aun sin saberlo, hacia la cima del mundo, reconocía muchas de las cosas que yo había vivido y disfrutado. Y no estoy hablando solo del juego, que también, pues su estilo alegre y vivaz recuperaba señas de identidad que tuvo el baloncesto español en los tiempos en los que lo practiqué. Detrás de un entendimiento del baloncesto más enganchado con el disfrute colegial que con las exigencias técnicas y tácticas de la alta competición se vislumbraba el placer de encontrarse, el disfrute de la convivencia, las risas compartidas, el respeto a la diversidad, el talento puesto al servicio del equipo, las partidas de cartas, alguna que otra fiesta; en definitiva, el gusto por el juego y la convivencia. Esas cosas que no se entrenan, sino que se viven y luego se convierten en un invisible pegamento que convierte a un grupo de jugadores en un equipo. Todo aquello vi, todo aquello eché de menos.

Evidentemente existen otros baremos donde la comparación resulta hasta insensata. La duración y botín conseguido no admite debate. Tampoco su alcance e impacto. Fernando Martín, nuestro elemento más mediático, tenía problemas para tomarse una cerveza tranquilamente en un bar madrileño. Pau Gasol no puede hacerlo con calma ni en una aldea remota de China. El afán competitivo se ha multiplicado de forma exponencial. Aun teniendo amplitud de miras, nuestros sueños tenían límite. Los de esta generación han ido cayendo uno a uno. La NBA, territorio casi prohibido, es ahora lugar común para un buen número de jugadores. Nosotros llegamos a una final olímpica contra un equipo universitario y a casi nadie se nos pasaba por la cabeza el poder derrotarles. Hace cinco años en Pekín y el año pasado en Londres, la España actual tuvo los arrestos suficientes para provocar un sofoco en los dos equipos más potentes que EE UU ha colocado en una cancha de baloncesto, Dream Team aparte. Y no ganaron de milagro. Nosotros fuimos una excepción, un oasis en el desierto. Los ÑBA son una consecuencia, el mejor signo de los tiempos deportivos actuales. A partir de Japón, la selección actual se convirtió en un modelo a imitar, una referencia incluso planetaria, una clase práctica de cómo se construye y mantiene un equipo, una exaltación de valores siempre recomendables como la solidaridad, la humildad y el respeto nunca exento de ambición, el buenrollismo, la adecuada convivencia de importantes egos, la mejora continua individual y colectiva. Su influencia alcanzó incluso al fútbol, que, a imagen y semejanza de la selección de baloncesto, vivió una importante transformación alejándose de viejos personalismos para acercarse a una idea mucho más coral. Y ya hemos visto los resultados.

En definitiva, que siendo exponentes de las dos épocas cumbres del baloncesto español y con unos cuantos elementos comunes, la balanza se desequilibró hace ya unos cuantos años. Si nosotros tenemos un hueco en la historia, la generación actual cuenta con una habitación entera.

El valor del compromiso

Jorge Garbajosa

Mi primer recuerdo asociado al baloncesto es una madrugada de agosto de 1984 en que mi padre me sacó del sueño para ver por televisión la final de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Aún no había cumplido los siete años de edad y no podía imaginar que aquello marcaría mi vida. Probablemente por la influencia de aquel episodio, cuando durante la infancia todos mis amigos eran del Real Madrid, del Barça, del Estudiantes o del Joventut, yo era de la selección. Hasta que en 2000 cumplí el sueño de vestir su camiseta.

Con el tiempo, y tras una década formando parte del equipo, sé que aquel sentimiento tiene un enorme sentido. Este verano lo han demostrado quienes no han podido acudir al Eurobasket. En un momento o en otro, Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Serge Ibaka y Felipe Reyes han hecho un hueco en sus vacaciones o en sus compromisos para pasar unas horas con el equipo. Navarro, tras casi 20 años acudiendo a las convocatorias, nos dijo: “Es un verano muy bonito porque por primera vez estoy con mi familia, pero también es duro por no estar aquí”. Marc Gasol, no solo hermano de Pau, sino también amiguísimo de Juan Carlos, se refiere a los ausentes: “Se mueren de ganas de estar con nosotros”.

A la selección solo se deja de ir por lesión o por problemas físicos. En algunos casos, ni así. Una vez en el campeonato, quienes no han podido acudir intentan estar, aunque sea apoyando desde la grada. Lo hizo Ricky el año pasado en Londres, y lo han hecho en otras ocasiones Pau y Calderón.

La selección española de baloncesto es uno de los mejores equipos de la historia de nuestro deporte, pero es sobre todo un grupo de amigos, tipos normales fuera de la cancha y extraordinarios jugadores dentro de ella, que cada verano se reúnen para representar a su país y luchar por ganar. Un compromiso que hace unas semanas reafirmó Pau Gasol, cuando anunció que no iba a poder estar este verano tras pasar por el quirófano, pero que su “objetivo prioritario” en los próximos meses será “estar preparado, si así se me pide, para la Copa del Mundo de España 2014”.

No siempre la trayectoria de la selección fue tan positiva como ahora. Juan Antonio Orenga, el actual seleccionador y 128 veces internacional, debutó en 1988, tan solo cuatro años después de la medalla de plata en Los Ángeles. El equipo se había diluido: “Fue complicado. En el baloncesto español se dieron circunstancias extradeportivas que influyeron de forma negativa”. El hoy presidente, José Luis Sáez, explica que “cuando más adelante se reunieron jugadores como Alberto Herreros, Alfonso Reyes, Nacho Rodríguez, Carlos Jiménez o el propio Orenga, entre otros, nos marcamos el objetivo de recuperar el orgullo de pertenencia. Con aquellos jugadores lo fuimos consiguiendo, y aunque no coleccionaron medallas, fueron claves en la historia”.

Los que vinieron después representan la generación de oro del baloncesto español, pero aunque se pueda tener la percepción contraria y mucha gente se pregunte cómo será el relevo, lo cierto es que está siendo un proceso permanente. De la España campeona del mundo en 2006 en Japón solo hay en la actual selección cinco jugadores –con el regreso del veterano Mumbrú–, y en los últimos años se han ido incorporando jóvenes como Ricky Rubio, Sergio Llull, Víctor Claver, Fernando San Emeterio y Serge Ibaka, además de la recuperación de Sergio Rodríguez, como en su momento lo hicieron Marc y Rudy.

Rudy Fernández es este año el capitán, porque en la selección siempre lo es el más veterano, y Rudy supera a Calderón por dos partidos. Cuando recogió el testigo, aseguró que “capitán solo hay uno: Juan Carlos”. El espíritu de equipo que impregna a todos es también de responsabilidad. “Sabemos que además de luchar por las medallas tenemos que dar ejemplo a los más jóvenes que vienen por detrás”. José Manuel Calderón añade: “En baloncesto es muy importante el sacrificio por el grupo, la amistad con los compañeros y el respeto por los rivales. Nuestra obligación, pero también nuestra ilusión, es transmitírselo a los que dentro de unos años ocuparán nuestros puestos”.

El compromiso va más allá de la cancha. “Este verano tengo más ilusión que nunca. No imaginé que fuera a echar tanto de menos al equipo”, asegura Ricky Rubio, que ha vuelto ahora a la selección tras perderse los Juegos Olímpicos de Londres por una grave lesión. “Representamos a mucha gente y eso es un orgullo”, reconoce también Marc Gasol, quien meses atrás dudaba de estar en el Eurobasket. Su decisión, dijo, estaba entre la cabeza y el corazón. Al final “ganó el corazón” y hoy persigue lo que sería un éxito histórico: el tercer oro europeo consecutivo. “Como siempre, desde la humildad luchamos por lo máximo”. Víctor Claver lo explica así: “El objetivo en la selección es ganar, trabajamos para ello, pero sobre todo disfrutamos”.

Claver es uno de los nueve veinteañeros de la selección. El futuro ya está aquí. La media de edad del equipo que compite ahora en el Eurobasket está en los 27 años, y por detrás hay jóvenes que empujan. Como Pablo Aguilar y Xavi Rey. “En la FEB trabajamos para que jugadores y técnicos puedan desarrollar su trabajo y aspirar al éxito en las mejores condiciones”, asegura José Luis Sáez, “pero serviría de poco si no contáramos con su compromiso y sus extraordinarios valores profesionales y personales. Esta es la base de nuestros éxitos”. Y del futuro de la selección, vista quien vista su camiseta, porque todos los que hemos formado parte de ella y la forman ahora estamos comprometidos en transmitir a las generaciones venideras el espíritu del #SomosEquipo como legado para la historia.

Jorge Garbajosa es exjugador de la selección española de baloncesto.

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