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EDITORIAL

AVE con mesura

La red de alta velocidad es un factor de progreso, pero su desarrollo debe ser revisado

El mismo tren que inauguró el primer trayecto del AVE entre Madrid y Sevilla hace 21 años ha llegado ahora a Alicante, que se ha convertido en la estación número 31 de la red de alta velocidad. La inauguración del tramo Albacete-Alicante, de 165 kilómetros y una inversión de 1.920 millones de euros, ha permitido cumplir el plan trazado en 2001, pero con retraso y más incógnitas que certezas sobre lo que queda del gran proyecto de unir a todas las capitales de provincia con Madrid a través del AVE. La disponibilidad presupuestaria de la fase de bonanza económica permitió darle un impulso que ha convertido a España en el país europeo con más kilómetros de AVE —3.100 en total— y el segundo del mundo después de China, con una extensión 20 veces mayor.

Estas cifras podrían invitar al optimismo, si no fuera porque la situación económica ha cambiado tan radicalmente que ahora presumir de ello puede ser considerado triunfalista y hasta inconveniente. La cuestión es si el país se puede permitir mantener este ritmo de inversión para completar la red y el coste de mantenimiento que lleva asociado. Con una caída de las inversiones en investigación y desarrollo que puede comprometer el futuro de forma irreparable y en momentos de ajuste durísimo en sanidad y educación, algunos de los parámetros con los que inicialmente se proyectó la red de alta velocidad han quedado claramente desfasados porque no se adecúan a la situación recesiva. La propia crisis ha reducido el impacto económico que inicialmente se atribuyó a la llegada del tren, por lo que resulta lamentable que algunas autoridades, ansiosas de buenas noticias, hayan incurrido de nuevo en proyecciones desmesuradas sobre el número de pasajeros y su impacto en la creación empleo. Lo ocurrido con el tramo Madrid-Valencia aconseja realismo: los 3,6 millones de pasajeros previstos se quedaron en 1,9 el primer año y en 1,7 millones el segundo.

Conviene pues ser prudentes a la hora de crear expectativas y de justificar unas inversiones que, a la luz de la nueva situación, pueden ser discutibles. Por ejemplo, haber destinado 11,5 millones de euros a construir una estación en Villena (35.000 habitantes) cuya dimensión y emplazamiento hacen temer que se haya cometido el error de estaciones como las de Tardienta o Lucena, que implican importantes inversiones y en las que apenas se apean unas decenas de pasajeros al día.

Es indudable que el AVE aporta ventajas; que la rapidez en las comunicaciones es un factor de desarrollo importante y que entre los beneficios hay que incluir los importantes contratos logrados en otros países. También hay que valorar los beneficios sociales y ecológicos que la alta velocidad comporta respecto a otros medios de transporte más costosos y más contaminantes. Pero el desarrollo pendiente y el despliegue operativo de la red ya construida deben ser revisados a la luz de las nuevas prioridades sociales y económicas planteadas por la crisis.

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