Editorial
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Hacer política

El 15-M no debe mantenerse al margen del sistema, sino participar en la democracia

En los dos años transcurridos desde que surgió el Movimiento 15-M, gran parte del malestar social se ha expresado en marchas y concentraciones en las que se han mezclado reivindicaciones a favor del Estado de bienestar con llamamientos a “la rebelión” contra el sistema político, de momento concretados en escraches, encierros o actos ante la sede del Congreso. El movimiento presenta ahora aspectos menos apolíticos y algunas de sus voces piden una democracia en la que se tenga más en cuenta a los ciudadanos y sea posible reformar la Constitución. Todo eso implica una evolución contraria a los antisistema: como se observó el 25 de abril en la convocatoria a asediar la sede del Congreso, la gran mayoría de los que protestan pacíficamente en las calles no están dispuestos a traspasar la barrera de la violencia.

Hay una crítica en parte justa a un sistema de partidos con perfiles oligárquicos, y a las barreras legales construidas para dificultar la emergencia de otros partidos o llevar las iniciativas legislativas populares hacia la inoperancia. El problema es que ese sistema, que antes canalizaba aceptablemente bien las tensiones económicas y sociales, ahora se muestra impotente frente a la destrucción de empleo, la contracción de los servicios públicos y la falta de perspectivas para los jóvenes, que nutren las filas de la protesta callejera. Además, están llegando a su vencimiento judicial muchas de las facturas contraídas tiempo atrás, en nombre de la corrupción.

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La situación comienza a estar madura para que surjan nuevos actores políticos. Lo peligroso de estas circunstancias son los oportunismos, tanto los de corte populista como los radicalizados, pero no por eso hay que fosilizar el bipartidismo. Agotados los socialistas por la gestión desarrollada durante los primeros años de la crisis económica y financiera, el Partido Popular tomó el testigo de un enderezamiento económico que no se ha producido, con la consiguiente decepción de las clases medias y urbanas a las que atrajo en las elecciones de 2011. Al desconcierto de los que creyeron en el PP debería seguirle la expectativa del PSOE como instrumento natural del voto contra el poder, en una perspectiva bipartidista; pero las encuestas muestran que eso es difícil, por arrastrar el estigma de la legislatura precedente y lo indefinido de sus propias propuestas.

Por eso ganan fuerza los partidos medianos (IU, UPyD), algunos nacionalistas (ERC), la corriente favorable al voto en blanco y, sobre todo, la abstención. Las corrientes centrales de la política española deberían abordar reformas profundas, pero, tanto si lo hacen como si no, hay que prepararse para un sistema político posiblemente más atomizado. Y en ese escenario, las reivindicaciones del 15-M, incluidas la reforma de la ley electoral o la exigencia de más espacio para formas abiertas de participación, permanecen al fondo de cualquier proyecto de transformación, por lo menos de la izquierda.

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