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Klaus y Pola Kinski, el déspota y la doncella

La hija mayor del actor alemán confronta en un libro de recuerdos publicado esta semana los abusos sexuales a los que su padre la sometió entre los 6 y los 19 años

Klaus Kinski, fotografiado en París, en 1976. Moriría 15 años después. Ampliar foto
Klaus Kinski, fotografiado en París, en 1976. Moriría 15 años después. GETTY

Al principio del libro le llama Babbo. La niña Pola tiene cinco años, pero ya ha actuado en un teatro de Múnich y contribuye con sus pequeños papeles a los gastos familiares de su madre y su padrastro. Babbo, su padre, es Klaus Kinski. El nombre ya es conocido en la escena alemana, pero Kinski quiere el éxito abrumador que está seguro de merecer como “Mesías que devolverá al teatro su verdadero significado”. Por eso sigue en Viena, llamando a las puertas del famoso Burgtheater. En las cartas que escribe a diario le pide a su exmujer Gislinde Kühbeck que bese de su parte “a la santa niñita”. Se divorciaron cuando ella tenía tres años. Un día de verano, los altavoces de la piscina descubierta llaman a “la niña Pola, a la taquilla”. Está esperándola Babbo con una gran limusina. El histrión Klaus Kinski ha dado los primeros pasos para consagrar su carrera y se mueve ya en coches con chófer entre hoteles de lujo como el Cuatro Estaciones de la Maximilianstrasse muniquesa. Es allí donde, en la página 63, “besa el cuello” de su hija recién traída de la piscina, la desnuda y, en un párrafo de lectura interminable, la viola por primera vez.

“De la boca de un niño sale la verdad”, dice el refranero alemán. Kindermund (Boca infantil) es el título de la autobiografía de Pola Kinski publicada esta semana en la prestigiosa editorial Insel en Berlín. La también actriz habla de “una liberación”, que ha encontrado un eco enorme en la opinión pública de un país muy sensibilizado por los recientes escándalos de abusos sexuales a niños en instituciones de la Iglesia católica y en algunos internados privados.

Pola Kinski. ampliar foto
Pola Kinski. GETTY

Durante esta semana, la revelación de los abusos de Kinski sobre su hija ha centrado conversaciones privadas y debates públicos. La autora se explicó el jueves por televisión en horario de máxima audiencia: “No se trata de si Kinski hizo esto o lo otro; yo quería mostrar las consecuencias de un crimen así, cuántas heridas abre”. Han tenido que pasar 21 años desde que murió el actor alemán (1926-1991) y más de 40 desde que terminaron sus abusos sexuales, cuando ella tenía 19 años. El final del maltrato fue “el principio de otra tortura” de culpabilidad, rabia y largas terapias.

Kindermund narra la juventud de Pola con un lenguaje llano que a veces recurre a los tópicos del ogro asaltando a la doncella: el olor a tabaco, el abrazo implacable, la mano pequeña sobre el cuerpo adulto y al revés. “Muñequita”, “ángel”, “niñita”, “colmaré todos tus deseos”, “te compraré el mundo”. Pero en sus mejores pasajes recrea poéticamente el asco y la voluntad de huida de la víctima refugiada en fantasías o en la distorsión voluntaria de lo que le sucede. El padre violador aparece entonces como un sapo que tortura con su lengua y que maltrata a todo el mundo, lo mismo a sus esposas que a sus admiradores o a sus colegas. Como protagonista de su propia narración, Pola aparece atónita entre el mundo lujoso y excesivo del padre que la domina sin contemplaciones y la realidad de clase media de su madre. Kinski la mimaba con regalos y la agasajaba con caviar. A ella le repugnaba, pero “a todo niño le gustaría querer a su padre”.

Pola dice ahora que cuando lo ve interpretando a un canalla en alguna de las muchas películas en las que se repite en el mismo papel de enajenado, no le parece que estuviera actuando. De niña le tenía miedo hasta en la pantalla, donde “se comportaba igual que en casa”. No era la única: desde que salió el libro, se han solidarizado con ella sus dos hermanastros: Nastassja Kinski (1961), que ha protagonizado éxitos como París, Texas, de Wim Wenders, o Tess, de Roman Polanski, escribió una carta abierta de apoyo en la que acusa a su padre de “maltratador” y denuncia que “también lo intentó” con ella. La protagonista de Corazonada está “orgullosa de Pola”. Kinski tuvo un tercer hijo con su tercera esposa, Minhoi Loanic. Nikolai (1976), actor como sus dos hermanastras, ha tardado unos días en expresar su “vergüenza” y le ha brindado a Pola su “respaldo absoluto”.

Un informe psiquiátrico de 1950 diagnosticó a Kinski una “psicopatía”. Tenía 24 años. Según Pola, el actor “daba por supuesto que podía saltarse cualquier norma” social o moral

La revelación cuadra, en cierto modo repelente, con la imagen de artista estrafalario y hombre libérrimo que se labró Kinski para promover su carrera. También con un informe psiquiátrico de 1950, publicado hace cuatro años, en el que le diagnostican una “psicopatía”. Tenía 24 años. Según Pola, “daba por supuesto que podía saltarse cualquier norma” social o moral, también a costa de la salud o el bienestar de su propia hija. Le explicaba que “todos hacen esto con sus hijas, en todo el mundo”.

Klaus Kinski se hizo muy famoso en Alemania gracias a sus papeles en 16 adaptaciones al cine de las novelitas de detectives de Edgar Wallace. Era especialista en malos de la película. Desencajaba el gesto, abría mucho los ojos y se desgañitaba con voz hiriente. Es uno de los actores germanos más célebres y apreciados, aunque algunos críticos lo consideran sobrevalorado. Gritó y gesticuló mucho en una serie de cinco famosas películas con el cineasta Werner Herzog, entre ellas Aguirre, la cólera de Dios (1972) y Fitzcarraldo. Las sonadas trifulcas entre Herzog y Kinski han pasado al anecdotario plasta del cine de autor. Entre todas sus actividades diversas, Kinski sacó tiempo para una autobiografía llamada Ich bin so wild nach deinem Erdbeermund (Ansío salvajemente tu boca de fresa, 1975), en la que se ufana de experiencias sexuales con una menor de edad y cuenta cómo besó a una niña con la boca abierta. De su hija no habla.

Pola dejó de ver a Kinski a los 25 años. Sobre qué le diría hoy si tuviera ocasión, responde al diario Die Welt: “Lo primero que me viene a la cabeza es cerdo: ‘Eres un cerdo’. O mejor: ‘Eres un cerdo asqueroso”.

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