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El último ‘show’ de Berlusconi

El Caimán vuelve. Con una glamurosa fiesta, unos kilos de menos y una presunta novia de más

Su partido, el Pueblo de la Libertad, protagoniza en su ausencia nuevos casos de corrupción

El exmandatario quizá se fuera hace un año, pero el berlusconismo parece seguir en buena forma

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Silvio Berlusconi, en 2006. CORBIS

Silvio Berlusconi tiene 76 años recién cumplidos y una fortuna aproximada de 9.000 millones de euros. Durante casi dos décadas al frente del Gobierno de Italia, ha cultivado grandes amistades, tanto en las altas cunas de la política como en las bajas camas de la juerga y el desenfreno. De bronceado impecable, pelo caoba y zapatos con alza, conserva intacta su conocida retórica de guerra, ora se vuelve trueno, ora comediante con idéntico entusiasmo. El otro día, en el puerto de Bari, a bordo de un crucero de lujo, recordó sus tiempos de cantante y fotógrafo de bodas y funerales. Entre copita y copita, a sus coetáneas se les derretía el rímel de la risa y los de su quinta lo miraban con envidia, como diciendo: “Qué pacto habrás hecho con el diablo, caimán”. Se podría presumir que después de sus últimos traspiés –hace un año fue expulsado del Gobierno de Italia y los jueces todavía amenazan con mandarlo a prisión por un feo asunto de inducción a la prostitución de menores–, Il Cavaliere tuviese ya ganas de retirarse a aquella mansión suya de Cerdeña con bosques, piscinas, un volcán artificial y una gruta submarina al estilo 007. Pero no. Berlusconi, con unos kilos de menos y una novia de más, acaba de anunciar que seguirá en la brecha.

La cuestión es si creérselo o no. El teatro que montó para anunciar su regreso –en un barco de lujo, después de una ausencia calcu­lada de 72 días, planchado y almidonado como un novio– incita, como tantas cosas suyas, a la broma y el esperpento. Refiriéndose a sí mismo en tercera persona, habló sin parar durante casi tres horas. Dos horas y media sobre su juventud y su éxito, aquellos años felices y aquella fortuna inmediata, y el resto –apenas 20 minutos–, sobre los trazos gruesos de la política. Muy cerca de él, su presunta nueva novia, Francesca Pascale, de 27 años, la más joven de la reunión, una muchacha del espectáculo convertida en dirigente del Pueblo de la Libertad (PDL) por la varita mágica de Berlusconi. Aun sin quererlo, en esa imagen del último domingo del verano, en un crucero de lujo fletado por uno de sus periódicos, el magnate logró resumir muy bien su trayectoria: en el centro, él, y todo lo demás –empezando por la política y las mujeres– alrededor, a su servicio.

–Aquí estoy. Nunca me fui de la política.

¿Por qué ese interés en volver, a pesar de la edad, de los miles de millones de euros para ir tirando? Su respuesta es clara: “Para salvar Italia”. La misma Italia que él se dedicó a destruir

Hay que andarse con cuidado. Entre los muchos peligros que encierra Berlusconi, el mayor es tomárselo a broma. La política italiana puede dar fe de ello. Durante casi dos décadas, partidarios y detractores giraron a merced de su órbita, contagiándose –unos y otros– de su manera de hacer política. Aquel 12 de noviembre de 2011 en que por fin dimitió, alguien con muy buen criterio se sustrajo a la alegría del momento y sentenció: “Se ha ido Berlusconi, pero queda el berlusconismo”. Casi un año después, lo de menos es que vuelva a competir por la jefatura del Gobierno –sus opciones de recuperar el poder son prácticamente nulas–, sino que, con tal de salvar los restos del naufragio, siga emponzoñando la vida pública italiana. A la pregunta de por qué ese interés en volver –a pesar de la edad, de los miles de millones de euros para ir tirando–, hay varias respuestas. La suya es clara: “Para salvar Italia”. La misma Italia que él se dedicó a destruir. Algunos pueden pensar que es su condición de político de raza. Pero la mayoría sabe –¿a quién engaña ya Berlusconi?– la verdad del cuento: sin el respaldo del poder, sus empresas y hasta su libertad corren serio peligro. Il Cavaliere aún tiene varios juicios pendientes. El más sucio es sin duda el llamado caso Ruby, por mucho que la prensa rosa italiana se haya empeñado en lavarle la cara con agua y jabón.

Aunque Berlusconi se presentara en el barco de Il Giornale como un hombre nuevo, más delgado y más terso después de unas vacaciones en Kenia junto a su gran amigo Flavio Briatore –y bajo los cuidados de una esbelta doctora de confianza–, su nombre sigue estando unido día a día, en los periódicos y en sus pesadillas, con el de Ruby Robacorazones. Ese es el apodo de una joven bailarina marroquí, Karima El Mahroud, quien, según la policía, participaba en las fiestas sexuales de Silvio Berlusconi –el ya mundialmente famoso bunga bunga– desde que tenía 16 años.

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Berlusconi, con la exbailarina Francesca Pascale. Ella misma declaró en una entrevista para el Corriere.it: “¿Yo la novia? Que hable primero Silvio”. GTRESONLINE

La relación se descubrió a raíz de que la muchacha fuese detenida por robar joyas y dinero. Si no hubiera un atestado policial y unas grabaciones que lo atestiguan, el asunto parecería fruto de la imaginación de un guionista malo una mañana de resaca. La noche del 27 al 28 de mayo de 2010, el propio Berlusconi telefoneó a la comisaría central de Milán, se identificó como primer ministro e intentó colar uno de sus embustes a los policías de guardia. Aseguró a los agentes que Ruby era “sobrina” del entonces presidente egipcio Hosni Mubarak y que debía ser “confiada” a Nicole Minetti, otra joven amiga del primer ministro. La policía, cómo no, la dejó en libertad, pero le pinchó el teléfono y pudo grabar a la propia muchacha admitiendo que con 16 años ya frecuentaba –dejémoslo así– al primer ministro.

Aunque la historia ya ha sido contada y recontada, merece la pena detenerse ahora. Porque, como en la fotografía del puerto de Bari, encierra muchas claves. La primera es la facilidad del magnate para soltar embustes. La siguiente refleja la manera en que, desde sus inicios, Berlusconi basó su poder en una red muy tupida de complicidades e intercambios, que lo mismo le servían para apañarse una muchacha de compañía que para cerrar –enseguida lo veremos– un negocio multimillonario. El caso es que Ruby Robacorazones fue recogida de la comisaría por Nicole Minetti, la bella joven de confianza de Berlusconi, la higienista dental que le atendió tras la agresión sufrida en la plaza del Duomo de Milán –en diciembre de 2009– y que luego, no se sabe por qué, pero es fácil imaginarlo, dejó la consulta y se convirtió en reclutadora de muchachas para el primer ministro. Tan eficaz resultó ser la bella Minetti en su nuevo cometido que Berlusconi tuvo a bien nombrarla consejera de su partido, el Pueblo de la Libertad, en Lombardía. O lo que es lo mismo: 20.000 euros mensuales brutos y mucho tiempo libre. Tanto que en los últimos días ha vuelto a ser noticia por convertirse en la estrella de un desfile de modelos en bañador. Tenía la experiencia de posar en exclusiva para Berlusconi, unas veces de monja y otras de policía, mientras las chicas por ella reclutadas lo hacían de Obama o Ronaldinho. Se supo que los exiguos disfraces con los que la flamante consejera regional y sus colegas ejecutaban la danza del vientre ante el magnate eran un regalo de su gran amigo Muamar el Gadafi, que en paz descanse. Interpelada por su fulgurante carrera –higienista, madame, política y, finalmente, modelo–, Nicole Minetti respondió airada:

Su higienista dental dejó la consulta y se convirtió en su reclutadora de muchachas. Tan eficaz resultó que Berlusconi tuvo a bien nombrarla consejera de su partido en Lombardía

–¿Es que quien hace política no puede ponerse un traje de baño?

El último hábitat natural del depredador Berlusconi –el de las fiestas como las retratadas por el fotógrafo Antonello Zappadu en Villa Certosa– ha sido muchas veces contado durante estos años. Tanto que daba la impresión de que en Italia no sucedía otra cosa. De ello se alimentaron propios y extraños, picando en el anzuelo de un sagaz Berlusconi que utilizó la polvareda de sus escándalos mediáticos para distraer la atención sobre lo verdaderamente importante. Siguió tejiendo y destejiendo en lo oscurito, comprando voluntades, haciéndose leyes a la medida de sus empresas, conservando viejas amistades –como aquella del senador Marcelo Dell’Utri– condenadas por sus tratos con la Mafia. Finalmente, hace un año, Berlusconi tuvo que abandonar el poder. Si ahora vuelve, aunque sea de triste comparsa, es porque no tiene más remedio. Su partido, el Pueblo de la Libertad, protagoniza mil casos de corrupción, como el que le acaba de costar el puesto a la gobernadora de la región de Lacio –centro de Italia– y la cárcel a uno de sus dirigentes. No es él, pero son los suyos. No es Berlusconi, es el berlusconismo.

En el puerto de Bari, el magnate les contaba a los suyos batallitas sobre aquellos tiempos en los que libró a Italia de “los comunistas”. Aquel estudiante en los Salesianos, licenciado en Derecho y cantante de cruceros no contó cómo, alehop, se convirtió en millonario a los 30 años y, sobre todo, cómo a los 50 consolidó su fortuna. Desde el principio supo que la manera de blindar a sus empresas inmobiliarias y a sus televisoras, ahorrarse cientos de millones en multas y, llegado el caso, evitar la cárcel era entrar de lleno en la política. De joven se sirvió de Bettino Craxi, poderoso presidente del Gobierno entre 1983 y 1987, pero cuando la Operación Manos Limpias descubrió el pastel y el líder socialista no tuvo más remedio que huir a Túnez, Berlusconi fundó su propio partido. La frase fundacional fue:

–Italia es un país que amo.

La misma idea que transmitió el otro día a sus fieles en el puerto. Más esbelto, moreno y simpático, Silvio Berlusconi sopesa volver a la primera línea de la política. Incluso se ha dejado fotografiar junto a sus nietos en un intento –“aquel trueno, vestido de nazareno”– de limpiar su imagen pública. Pero enseguida vuelve, como en el barco, al redil de sus pasiones. ¿Por qué regresa realmente Berlusconi? En Italia todo se termina sabiendo. Hace falta, eso sí, que transcurran dos o tres décadas desde que sucedieron los hechos y, sobre todo, que el principal encartado haya muerto, no solo políticamente. Así que ya les iremos contando la verdadera historia del regreso del Caimán.