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Las chicas de oro toman el Met

La muestra recrea una conversación ficticia entre Miuccia Prada y Elsa Schiaparelli

Un año más, la gala se convierte en el evento con más estrellas tras los Oscar

Scarlett Johansson, Mick Jagger, Beyoncé y Rihanna, algunos de los invitados

FOTOGALERÍA
Beyoncé a su llegada a la gala del Costume Institute en el Met, de Nueva York, el 7 de mayo de 2012.

Para captar de verdad la atención, nada mejor que una buena entrada. Ayer, en Nueva York, Beyoncé llegó la última a la gala de inauguración de la exposición del Costume Institute del museo Metropolitan. Tan tarde como para quedar fuera de la retransmisión que, por primera vez, se emitía a través de Internet. Aún así, las fotos de su vestido transparente de Givenchy, rematado por una cola de plumas degradadas, volaron por la Red y contribuyeron a que el acontecimiento avanzara posiciones en su persecución de un alcance global.

Un cierre de Cenicienta para lo que solo era el principio de una fiesta que genera una expectación descomunal. La muestra de este año recrea una conversación ficticia entre Miuccia Prada y Elsa Schiaparelli y se estima que la gala ha recaudado una cifra récord de casi ocho millones y medio euros. Desde luego, contó con una afluencia llamativa y variada, como le gusta a su organizadora, Anna Wintour. Una gran columna de rosas blancas y rojas dibujando los célebres labios de Schiaparelli, recibió a los 800 invitados de perfiles dispares, de Tim Tebow a Scarlett Johansson, de Mick Jagger a los hermanos Jonas y de Rihanna a Bruno Mars (que actuó). La fórmula establecida es que los diseñadores formen pareja con una modelo, cantante o actriz a la que visten. Así, Valentino fue con Sarah Jessica Parker, Nicolas Ghesquière con Kirsten Stewart, Sarah Burton con Cate Blanchett, Alber Elbaz con Emma Stone, Stella McCartney con Cameron Diaz, Joseph Altuzarra con Lana del Rey y Riccardo Tisci con Rooney Mara.

Pero ni siquiera el diseñador italiano de Givenchy fue capaz de rivalizar mínimamente con Prada en la pugna por el título del protagonista estilístico de la noche. Y eso que, además de Beyoncé, Tisci vistió a Liv Tyler, Kanye West, Gisele Bündchen, Marina Abramovic y Alicia Keys. Eso provocó que hubiera algo de negro sobre una alfombra en la que dominaron a placer los brillos metalizados con los que la italiana está últimamente fascinada. “Nunca he hecho muchos vestidos de noche. No me interesan. Pero me intriga descubrir por qué a las mujeres les atraen los brillos, las plumas y las lentejuelas. Por ahí irá mi próxima colección”, revela Prada en la exposición.

Como para demostrarlo, se vistió a sí misma con pantalones brocados, a Mulligan le puso grandes lentejuelas metálicas y a Wintour, una langosta que rendía homenaje a Schiaparelli. Es decir, las tres anfitrionas se presentaron con varios grados de dorado. Aunque teniendo en cuenta la interminable lista de invitados a los que la italiana surtió de atuendo, también tuvo que echar mano de otros recursos. De Prada iban Grace Coddington, Amber Valetta, Diane Kruger, Kate Bosworth, Milla Jovovich, Eva Medes, Gwyneth Paltrow, Chloé Sevigny, Hugh Jackman, Gary Oldman o Jessica Biel, entre otros. Hasta Linda Evangelista quien por la mañana llegó a un acuerdo económico con el padre de su hijo, François-Henri Pinault, para poner fin al escabroso juicio que les enfrentaba. Ella, eso sí, apareció de negro riguroso.

El impactante rosa que la directora de Vogue había sugerido –tan emblemático de Schiaparelli- tiñó abundantes cabezas, como la de la modelo Coco Rocha, y algunas prendas, como el vestido de pl´stico Emma Stone o la estridente chaqueta de Hamish Bowles. Pero claramente fue una velada en la que las invitadas perdieron el miedo al “efecto estatuilla”. El dorado homogeneizó a las anfitrionas y en él coincidieron también una aclamada Jessica Paré, de L’Wren Scott; Camilla Belle, de Ralph Lauren, Scarlett Johansson, de Dolce&Gabbana o Jessica Alba, de Michael Kors. Lo que no se vio es a casi nadie de Chanel (¿acaso una muestra de lealtad a Schiaparelli, gran rival de Coco?) y también brilló por su ausencia la voluntad de acercarse al surrealismo y la provocación que sobrevuela la exposición. A no ser que se cuente en esa categoría el voluminoso vestido-medusa de la cantante Florence Welch –obra de Sarah Burton para Alexander McQueen- o la incongruente apertura hasta encima de la cadera de la modelo Anja Rubik. En realidad, solo Marc Jacobs se atrevió a darle de verdad al pulsador que hace saltar las convenciones y se puso un vestido de encaje negro sobre calzoncillos blancos. “Estoy harto del esmoquin”, argumentó.

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