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PUNTO DE OBSERVACIÓN

El deber de vigilar las pasiones

Los políticos están obligados, sobre todo en épocas de crisis, a bajar las pasiones, a no alimentar los enfrentamientos, a prestar atención y a impulsar escenarios en los que se debate

François Bayrou, presidente del actual Movimiento Demócrata, y candidato a las elecciones presidenciales francesas en un mitin el pasado día 21 en la ciudad de Nancy. AFP

François Bayrou fue el único político francés que no interrumpió su campaña electoral a la vista de lo sucedido en Toulouse. El candidato centrista, que, según las encuestas, no tiene posibilidad alguna frente a Hollande o Sarkozy, hizo algo más arriesgado e interesante: utilizó su discurso para llamar la atención sobre el grado de violencia y de tensión que él detecta en el lenguaje y en la actitud de amplios sectores de la sociedad francesa. El asesino de los militares de origen magrebí y de los niños judíos actuó seguramente en solitario y movido por alguna locura o ira furiosa, pero “ese tipo de locura”, dijo Bayrou, “echa raíces en una sociedad en la que el grado de violencia y de estigmatización no deja de aumentar”.

Y todo esto tiene que ver con los poderes públicos. “Los responsables públicos, los políticos, tienen el deber de vigilar la evolución de la sociedad de la que se hacen cargo. Tienen la obligación de vigilar para que las tensiones, las pasiones, los odios no sean permanentemente alimentados, animados a cada instante, y que no ondeen y se exhiban”.

El fundador del Partido Demócrata Europeo y exministro de Educación cree que los políticos deben estar atentos a lo que ocurre en la sociedad, tener los oídos bien abiertos a lo que se habla, prestar mucha atención a lo que la sociedad interpreta, pero no para alimentar corrientes dominantes, sino para prevenir que se crucen ciertas fronteras, “que se entre en el drama”. “Se lanzan temas, se pronuncian palabras, y esas palabras ruedan con avalanchas y en ocasiones caen sobre locos”, advirtió.

Los políticos están obligados, sobre todo en épocas de crisis, a bajar las pasiones, a no alimentar los enfrentamientos, a prestar atención y a impulsar escenarios en los que se debate y no se arremete, se critica y no se insulta, se permite expresarse a los más débiles, se impide que la conversación derive siempre en el drama.

Sacrificar a TVE impidiendo que compita como canal predilecto de los españoles sería una decisión miope y peligrosa

Cualquier español que asista a una reunión de su comunidad de vecinos sabe lo frecuentemente que sus conocidos se expresan como si estuvieran en una de las decenas de tertulias que infectan la mayoría de los canales privados de televisión. Alentados seguramente por el ejemplo de lo que vemos cotidianamente en la televisión, en muchas ocasiones, los españoles, cuando se reúnen para tratar temas de interés colectivo, se impiden hablar, se agreden verbalmente o se enfrentan con tanta pasión que parecen detestarse o rozar los límites de odio. Igual que en las tertulias de televisión, pero sin distinguir lo que es realidad y lo que es puro y miserable espectáculo.

Los poderes públicos, como pide Bayrou, deberían escuchar, poner la oreja alerta, prestar mucha atención a ese deterioro y ser conscientes de que esa pendiente es un peligro, más todavía en épocas de crisis y de una transformación tan brutal como se nos anuncia y avecina.

Por supuesto, no se trata de suprimir los programas más cochambrosos (y baratos) de las televisiones privadas. Pero sí de promover una reflexión sobre el tema y recordar, como explica el político francés, que es necesario que los conciudadanos, que hacen frente a cuestiones comunes muy serias, sepan hablar entre ellos. Por eso sería tan importante que el nuevo Gobierno del Partido Popular no sacrificara al canal público de televisión, TVE, recortándole tanto su presupuesto que le impida competir como emisora predilecta de los españoles, conservando los niveles de calidad e imparcialidad que tiene en la actualidad. Difícilmente se pueden discutir las ventajas ciudadanas (republicanas, diría un francés) de la televisión publica española frente a la programación actual de la mayoría de los canales privados.

Una televisión pública con amplio seguimiento permite influir en hábitos que se adquieren por la repetición de actos iguales o semejantes. Hundir a TVE en los índices de audiencia, en beneficio de canales privados que alientan continuamente el enfrentamiento y el insulto, sería una decisión política irresponsable en unos momentos en los que los ciudadanos necesitamos ejemplos de convivencia y no de hostilidad y de riña.  solg@elpais.es

 

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