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SI YO TE CONTARA ... HISTORIAS DE LOS LECTORES

Esto a mí me gusta, pero no me da de comer

Sobrevivo dando clases particulares a niños y gano más por hora que como arquitecto

Cuando hace diez años yo entraba a la universidad a estudiar arquitectura mi padre me dijo: "¿Pero estás segura de esto? Que es muy duro, y supone mucho esfuerzo para poder vivir de ello. Además, a mí me supone un gran esfuerzo económico...". Yo, toda convencida le respondí: "Sí papá, es que a mí esto me gusta, lo del esfuerzo me da igual. Además, tú tienes que verlo como una inversión en el futuro. Dicen que cuando acabe va a haber mucho trabajo y podré hacerte una casa donde tú quieras". En realidad no me equivocaba, la arquitectura a mi me encanta, pero no me imaginaba que iba a ser tan duro.

No he perdido el tiempo, acabé la carrera a curso por año, con un expediente ejemplar e inmaculado. Nada más acabar ya tenía varias ofertas de trabajo, me decanté por una y trabajé cómodamente un año al ladito de mi casa, ganando decentemente y sin meter muchas horas. Pero eso no me llenaba, por lo que decidí dejarlo para buscar una experiencia nueva, irme a otro país a experimentar otras cosas. La gente me decía: "¿Pero estás loca? ¿Dejas un trabajo sin tener otro? ¿Y ahora que vas a hacer?". Yo respondía tranquilamente: " Es que a mi esto no me llena, no quiero acomodarme. No sé que haré, pero ya saldrá algo interesante". En aquel momento me lo podía permitir, antes de dejar mi trabajo ya tenía nuevas ofertas sin echar siquiera ningún currículum. Era el esplendor de la construcción.

Me fui a Londres a buscarme la vida. Tras varios varapalos encontré un trabajo en un estudio de renombre haciendo algo que me encantaba y en esa época era feliz. Entonces irrumpió la crisis con fuerza y se llevó consigo mi querido trabajo. No me rendí, me negué a que una situación generada en algún lugar de Estados Unidos me afectase a mí, a una española afincada en Inglaterra, a volver a mi casa con las orejas gachas y decirle a mi padre que , no sólo no podía devolverle la inversión, sino que tenía que seguir invirtiendo en mí. Luché, busqué trabajo en todas partes, borré mi experiencia en mi currículum, porque nadie quería un licenciado con honores capaz de construir grandes edificios para limpiarlos. No funcionó. Entonces opté por irme a algún sitio en el que me quisieran.

Tuve suerte, conseguí una beca para trabajar en otro estudio en Holanda. Allí fui feliz temporalmente trabajando en concursos internacionales con grandes arquitectos, hasta que la beca se acabó y tuve que sobrevivir con el "salario" de becario: menos de 600 euros que tenían que cundir para comer, pagar el alquiler y viajar a casa de vez en cuando. Me estaban explotando, metía muchas horas y asumía responsabilidades que no me pagaban bajo comentarios de "estamos muy contentos con tu trabajo, pero no podemos ofrecerte nada más". "Vale gracias, pero eso no me da de comer". Empecé a aceptar trabajillos de niñera para poder comprarme algo de ropa y echarme una cerveza vez en cuando.

Pero no tenía otra opción. En España todos mis amigos eran despedidos y nadie era capaz de llegar a fin de mes. Tras largas conversaciones con ellos me podía sentir afortunada, podía comer (me hice prácticamente vegetariana por no poder pagar la carne), podía pagar el alquiler (viviendo en una casa prácticamente debajo del edredón por falta de calefacción) y me podía trasladar (haciendo uso de mi bici hasta en las olas de frío con -15ºC). Además, trabajaba de lo mío haciendo lo que me gustaba. Pero empecé a cansarme. Me sentía desplazada por no hablar el idioma, como un inmigrante ilegal. Empecé a entrar en una depresión, y veía inútil todo esfuerzo. Finalmente, por motivos familiares decidí marcharme y entonces contrataron a dos de mis compañeros, chicos y holandeses. Me volví a sentir desplazada. ¿De que servía tanto esfuerzo y tantos malos ratos? Si en mi país no había posibilidades y en los demás tampoco, ¿dónde iba a ir? ¿qué podía hacer? Esta vez sí que tuve que volver a casa y decirle tristemente a mi padre que tal vez él tenía razón y que nunca podría hacerle esa deseada casa en la playa.

Ahora no vivo, sobrevivo. Con mi padre a punto de jubilarse y mi hermano en casa por la misma razón que yo, un precario sueldo de autónomo tiene que darnos de comer a todos. He intentado colaborar trabajando como arquitecta, pero mis años de experiencia internacional, los títulos de inglés y demás idiomas no me han llevado más que a engaños para ayudar en concursos bajo falsas promesas de "si ganamos te contrato" o "tras la entrega te doy trabajo para un mes". Después, el trabajo mágicamente mengua y el mes se reduce a una semana a media jornada con un "gracias, no se que hubiésemos hecho sin tu ayuda, si ganamos te llamamos". Incluso te ofrecen pagarte seis euros la hora (siempre como autónomo) pensando que te hacen un favor, para luego darte 30 euros más de lo que te corresponde con una palmadita en la espalda como diciendo: "Anda, toma la paga y échate una cerveza". "¿La paga? No la necesitaría si cobrase acorde con mi formación...".

He desechado toda idea de estudiar, principalmente por financiación y porque ahora todo el mundo tiene un máster y no sirve para nada. Sobrevivo dando clases particulares a niños y gano más por hora que como arquitecto. Hasta limpiando casas, trabajo tan respetable como otro cualquiera para el que no tengo que estudiar seis años y gastar todos los ahorros familiares gano más. Y cuando los niños me preguntan sobre mi profesión les digo: "Esto a mi me gusta, pero no me da de comer".

*Este lector ha pedido que su nombre no se publique.