SISTEMA EDUCATIVO
Tribuna
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La escuela burocratizada

Derecha e izquierda han trasladado la candente cuestión educativa a toda clase de empresas de ‘coaching’ mercaderes de datos, chiringuitos de vendehúmos, entidades bancarias y novolátricos ideólogos

Un instituto de Vitoria en septiembre de 2019.
Un instituto de Vitoria en septiembre de 2019.David Aguilar (EFE)

Llega a mis manos un libro singular, La burocratización del mundo en la era neoliberal, de Béatrice Hibou, traducido por David J. Domínguez (Dado, 2020), que me ha resuelto no pocas incógnitas. Hibou nos permite entender lo que ocurre en nuestras administraciones educativas, comprender qué clase de experimentos sociológicos estamos dejando impulsar e implementar en nuestras escuelas e institutos: “Se desarrolla todo un sistema de intervenciones burocráticas, no tanto para obligar a las poblaciones destinatarias, sino para proporcionarles las “competencias” y los reflejos del mercado a través del aprendizaje del sistema de incentivos, la pedagogía, la experiencia reformadora de las relaciones de mercado…” Así, la pedagogía por competencias moldea un entrenamiento para el conformismo, una escuela para la previsión emocional y actitudinal de nuestro alumnado. En lugar de intentar emanciparlo de limitaciones socioeconómicas, los inundamos de encuestas y baremaciones para diseñar la gestión de su marginalidad, en lugar de trata de pensar en cómo eliminamos esa condición subalterna injustificable en democracia. En lugar de educarlos para el conocimiento los obligamos a estudiar “emprendeduría”, la filosofía a través de la cual se culpabiliza al pobre de ser pobre, y nos descargamos como sociedad de la obligación de crear empleo digno. Como prevemos que nuestros hijos serán falsos autónomos, o víctimas de las deslocalizaciones y la desregulación laboral, los psiquiatrizamos y vigilamos con un lirio en la mano.

En lugar de exigencia académica y armas racionales, proponemos experiencias de felicidad obligatoria y prometemos vacaciones de consumismo para todos aquellos que se comporten como es debido, como el mercado necesita. De esta forma empiezan a consumir experiencias de sostenibilidad, en lugar de reflexionar sobre ecología; les proporcionamos degustaciones puntuales e inocuas de cultura, en lugar de entrenarlos para que la produzcan y nos debatan y desafíen; ampliamos en el aula los ocios pasivos del hogar y premiamos la pereza, en lugar de estimular el esfuerzo y la construcción personal. Trasladamos la gestión de la docencia al sector asistencial, y el de la investigación al ámbito de la competencia, para neutralizar toda clase de curiosidades pecaminosas, veleidades reflexivas, ambiciones de información auténtica.

Hibou nos enseña de qué modo ocultamos la complejidad de nuestro mundo para reducirlo a abstracciones fácilmente encajables en los discursos dominantes: “La comprensión del mundo, es decir, el saber, se basa en el reconocimiento de la complejidad, de la pluralidad y de la imposibilidad de predecir. La indiferencia hacia el conocimiento encarnada hoy por la generalización de las posturas anti-intelectuales, y aún más la disyuntiva entre conocimiento y conocimiento burocrático abstracto (…) es un poderoso vector de aceptación de la dominación”.

No otra cosa han hecho los docentes: aceptar sin remilgos el nuevo estado burocratizado de la enseñanza, convertida en una mina de datos y un laberinto de afinadas taxonomías educacionales. “Estos procesos de certificación y normalización son tanto más coercitivos”, continúa Hibou, “incluso violentos, cuanto más se multiplica la complejidad de la organización de las actividades (…), al tiempo que son poco visibles. Los procesos de deslocalización, subcontratación, descomposición de los dispositivos de producción y fragmentación de la cadena del valor provocan una explosión de normas, de interfaces estandarizadas y de procedimientos de coordinación, pero también de controles y auditorías, que constituyen otras tantas cadenas invisibles de la dominación”.

Una educación secuestrada por el mánager y el psiquiatra difícilmente podrá servir para liberar y emancipar. Entre el alumnado pobre y el docente imponemos un muro y una distancia: el deber de habitar paraísos y la obligación de consumir tecnología sedante.

No me cabe la menor duda: el principal enemigo de la enseñanza pública hoy en nuestro país, y en todo Occidente, es la burocratización. Pueden ustedes pasarse la vida culpando al partido contrario de los desastres presentes, y debatiendo sobre las leyes y disposiciones absurdas que dejamos aprobar, una tras otra, pero tanto la derecha como la izquierda han trasladado la candente cuestión educativa a toda clase de empresas de coaching, mercaderes de datos, chiringuitos de vendehúmos, entidades bancarias y novolátricos ideólogos totalmente idénticos entre sí. Aparece el titular gubernamental de Educación y no le avergüenza nada el hecho de presentarnos la privatización de nuestras vidas y nuestros futuros sin ningún rubor. Y es que la apariencia de buen gobierno ha sustituido ya la necesidad de restaurar el sentido original de los servicios públicos, gestionados en un sentido plenamente público y no con las restricciones propias de las entidades de trabajo taylorista.

Nuestros institutos y universidades no nacieron para inundar de papel inútil y excels, pdfs y estadillos las bases de datos de un puñado de burócratas, sino para extender entre nosotros el conocimiento necesario para convivir en democracia. Nuestros centros docentes no pueden seguir manteniendo el saber secuestrado por el estilo de gestión hipernormativo, totalmente ajeno a la ética profesional. Nos encontramos ya en esa fase de autoritarismo sonriente que denunciaba Orwell, aunque nos queda la capacidad y la obligación de arrancar la enseñanza del feudalismo burocrático para devolvernos la fe en la enseñanza democrática.

El camino no puede ser más claro, y a la vez más dificultoso: trabajar para la eliminación de las dominaciones burocráticas, totalmente naturalizadas y aceptadas hoy como auténticos dogmas de fe. De paso, mientras tratan de escapar de los tentáculos normativizadores, lean La burocratización del mundo en la era neoliberal, de Béatrice Hibou, donde encontrarán muchas de las claves necesarias para interpretar la clase de mundo en que vivimos, más allá de la alienación oficial buenista.

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