Grandes tecnológicas: demasiado indispensables para caer
La cuestión no es ya si el éxito de las ‘big tech’ es legítimo, sino si el sistema podría seguir funcionando sin ellas

“Se nos dice que el tamaño no es un delito. Pero el tamaño puede volverse nocivo según el uso que se haga de él”.
Louis Brandeis escribió esto en 1914 en su crítica a contra los trusts industriales estadounidenses. Su preocupación no era el éxito empresarial, sino el momento en que el tamaño deja de ser una variable económica para ser una fuerza institucional. Hoy, su advertencia es una profecía. Nvidia, con una valoración de 4,5 billones de dólares, supera el PIB de Alemania o Japón. Apple, Microsoft, Alphabet o Amazon le siguen de cerca. No es solo un éxito competitivo; es el despliegue de corporaciones privadas a escala macroeconómica. Cuando un puñado de empresas controla los cimientos operativos de la economía global, el tamaño deja de ser un dato para ser un problema sistémico.
El control de los datos es hoy el epicentro del poder. Este dominio genera efectos de red que moldean precios, accesos y competencia. Desde la estabilidad financiera, el problema ya no es la fiscalidad, sino la dependencia: bancos e infraestructuras de mercado son rehenes operativos de nubes ajenas. La cuestión no es si su éxito es legítimo o no, sino si el sistema podría sobrevivir sin ellas.
La revolución digital altera cimientos que los modelos tradicionales no captan. Frente a la economía clásica de tierra, trabajo y capital, los datos emergen como un factor disruptivo: mientras la teoría asume rendimientos marginales decrecientes, los datos se retroalimentan y producen retornos crecientes. En los mercados digitales, la información es asimétrica. Las plataformas concentran ventajas que refuerzan su dominio: más datos mejoran la predicción, lo cual expulsa al competidor. Sin derechos de propiedad claros, el intercambio competitivo cede terreno a la extracción.
Ya ocurrió antes. Durante la industrialización, el trabajo fue un activo esencial sin derechos definidos. Solo cuando la sociedad lo reguló, el mercado laboral empezó a ser eficiente. Hoy, los datos están en el mismo limbo: son el motor de valor, pero bajo reglas débiles que favorecen a quien mejor sabe explotarlos.
Esta dinámica sustenta la teoría de Shoshana Zuboff sobre el “capitalismo de vigilancia” un régimen donde la experiencia humana se expropia como materia prima para la predicción. Las big tech no son un accidente, sino el resultado de un sistema que crece gracias a un vacío legal. El poder ya no proviene de los precios, sino de convertir la vida cotidiana en un activo monetizable. Como advierte Zuboff, esta lógica avanza más rápido que nuestra capacidad para consentirla democráticamente.
La noción de too big to fail [desmasiado grande para caer] ya no es exclusiva de la banca. En 1873, Walter Bagehot advirtió que el colapso de una pieza clave puede arrastrar al sistema entero, obligando al Estado a intervenir. Hoy, cuando la infraestructura digital privada es indispensable para el funcionamiento financiero, surge una expectativa silenciosa: una interrupción grave no podrá dejarse al azar. Al asumirse que el sistema no puede permitirse no intervenir, la disciplina del mercado se debilita. El riesgo sistémico ha mutado en algo más sutil: organizaciones que son demasiado indispensables para caer.
El salto definitivo ocurre cuando las tecnológicas se vuelven los nodos centrales de la banca. Pagos, gestión de riesgos y almacenamiento dependen de un grupo de plataformas. Lo que comenzó como una decisión de eficiencia, externalizar para ganar escala, es hoy una consolidación estructural. Los altos costes de salida hacen que cambiar de proveedor sea un riesgo inasumible: la ventaja operativa es ahora un bloqueo sistémico.
Esto genera una paradoja: la seguridad de la empresa genera la fragilidad del sistema. Al confiar todos en los mismos nodos, el riesgo se correlaciona. Fallos recientes como los de CrowdStrike, Microsoft o AWS demuestran que un error técnico en un proveedor dominante puede paralizar el comercio mundial. Es la paradoja de la digitalización: la concentración hace a la empresa eficiente, pero a la economía vulnerable. Un sistema sano debe absorber quiebras sin colapsar; al concentrar funciones críticas, esa capacidad desaparece.
Si el sector de las big tech es sistémico, la regulación debe evolucionar. No se trata de penalizar el éxito, sino de reconocer que toda actividad capaz de desestabilizar la economía requiere una gobernanza proporcional. Como recuerda Jean Tirole, los mercados son poderosos pero imperfectos; sin instituciones que internalicen sus riesgos, acaban socavando el bien común.
En este panorama, Europa ha comenzado a reaccionar. Marcos como el GDPR o el reglamento DORA reflejan que la resiliencia económica ya no puede analizarse sin la infraestructura tecnológica. No hablamos de un problema técnico, sino macroeconómico. El objetivo no es eliminar el riesgo, sino evitar que la eficiencia privada genere fragilidad colectiva. Un sistema que descansa sobre nodos digitales privados no puede permitirse descubrir su vulnerabilidad solo después del colapso. La tarea no es elegir entre innovación y regulación, sino garantizar que la eficiencia de hoy no se convierta en la crisis de mañana.
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