geopolítica
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Respuestas empresariales a la inseguridad

La extendida desconfianza cuestiona la propia virtualidad de los mercados de divisas o las monedas refugio

Tomás Ondarra

En apenas quince años la economía mundial ha recibido sacudidas mucho más intensas que en los casi ochenta transcurridos desde que los acuerdos de Bretton Woods cimentaran un nuevo orden económico y financiero internacional. El resultado hoy, tras las tres últimas convulsiones globales —la desencadenada en 2008, la consecuente con la pandemia y la iniciada tras la invasión de Ucrania por Rusia— es una percepción de vulnerabilidad, de debilitamiento de la confianza, también en el propio sistema económico. La incertidumbre y la inseguridad cuestionan de forma cada día más explícita las estrategias empresariales propias del orden hasta ahora vigente.

En el corto plazo, las distintas reacciones empresariales a esa situación disponen de un denominador común: la revisión y eventual reducción de la dependencia de los vínculos internacionales. La extensión de las cadenas de producción transfronterizas son las más explícitas, pero en general veremos un descenso en la totalidad de los indicadores que conforman la métrica fundamental de la dinámica de globalización. La geografía vuelve a ser importante, y en las decisiones de localización de las empresas priman ahora factores que hasta hace dos años apenas ponderaban en los criterios que informaban esa distribución espacial.

Antes de que Larry Fink hiciera valer su predicamento para anunciar la semana pasada el fin de la globalización, su ralentización, en el mejor de los casos, había sido asumida como uno de los rasgos que caracterizarían el nuevo escenario económico global tras la pandemia. El principal ejecutivo de BlackRock, la primera gestora mundial de activos, verifica la debilidad en los vínculos transfronterizos y la intención de empresas en diversos sectores de revisar la exposición a riesgos como los que está revelando la invasión de Ucrania. Dada la influencia de esa firma financiera, y de algunas otras que se han pronunciado estos días en similares términos, es razonable anticipar que lo que presenciemos a partir del día después sea efectivamente una inflexión en la dinámica de integración internacional. Desde luego de los flujos de inversión extranjera directa, ese colesterol bueno de los movimientos internacionales de capital, expresivos de las decisiones con voluntad de permanencia de las empresas multinacionales.

A decir verdad, esa pretensión ya fue manifestada durante la pandemia por bastantes empresas. La búsqueda de seguridad puede llegar a sacrificar las ventajas asociadas a las cadenas transfronterizas de suministro, o cualquier otra modalidad de externalización, desde luego en términos de costes. Ahora la guerra desencadenada por Rusia, aun cuando no alcancemos a intuir su desarrollo, ha acentuado esa desconfianza. Especialmente a tenor de los costes derivados de la dependencia importadora de bienes energéticos sobre algunas economías, las europeas sin ir más lejos. Pero, más allá de sus efectos sobre los precios de materias primas y de activos financieros ya observables, la propia naturaleza del conflicto, el papel de los distintos actores, está obligando a revisar de forma significativa la conformación del entorno económico y político relevante para la definición de las estrategias empresariales.

Las dos prioridades ya explícitas, la seguridad de suministros y el acortamiento de las cadenas de producción, o su mayor cercanía geográfica ya están alterando los planes de expansión de numerosas empresas en distintos sectores, desde el energético al de la moda, pasando por el de tecnologías digitales. Los costes asociados a ese repliegue no facilitarán precisamente la reducción de la inflación y, por tanto, las empresas ya cuentan también en sus presupuestos con mayores costes financieros y menores facilidades para la captación de deuda.

En ese recorrido por la estructura de costes que las empresas han de enfrentar, el mantenimiento de los energéticos en niveles elevados puede encontrar una compensación en términos de seguridad más explícita. Desde luego en Europa. Las decisiones adoptadas por las instituciones comunitarias en materia de política energética constituyen un exponente más de esa tendencia fortalecedora que las dos últimas crisis, en gran contraste con la de 2008, han generado sobre la arquitectura comunitaria, sobre su capacidad de decisión en ámbitos esenciales. Esa mayor autosuficiencia energética no sacrifica los objetivos de descarbonización, de mayor intensidad relativa de las energías renovables en la generación conjunta, pieza esencial en la política europea. Además, facilita la adopción de decisiones como las de abastecimiento conjunto o la movilización de proyectos comunes de regasificación, entre otros.

Esa priorización de la seguridad en su más amplia acepción no informará exclusivamente las reacciones de las empresas en las economías avanzadas o de las hoy inequívocamente alineadas contra la actuación rusa. La desconfianza ya se ha extendido suficientemente para cuestionar desde todas las esquinas del planeta no solo el sistema de relaciones comerciales, la autoridad de los organismos multilaterales, sino la propia virtualidad de los mercados de divisas o el carácter refugio de algunas monedas. O las propias alianzas militares.

Por razones obvias donde la inseguridad ya está generando consecuencias de alcance es en la dimensión y composición de los presupuestos públicos, a través del ascenso prácticamente generalizado de los gastos militares. No es precisamente un repunte circunstancial. De sus efectos sobre las finanzas públicas y sobre la propia curva de tipos de interés ya están tomando buena nota aquellas empresas más dependientes de los mercados de bonos. Pero también aquellas otras con una gestión más activa de sus tesorerías, al igual que el conjunto de los inversores en activos financieros.

Esa intensificación de los gastos militares se observa también en algunas otras economías avanzadas de la OCDE y, desde luego, en China, que lo viene haciendo de forma destacada en los últimos años. Las consecuencias de esa mayor asignación de recursos al presupuesto militar por la segunda economía más importante del mundo no es una cuestión menor. No tanto por el todavía dudoso papel que pueda desempeñar en el desenlace de la guerra provocada en Ucrania, sino también por el que pueda jugar en el nuevo tablero económico y geopolítico que quede configurado tras la guerra. Apenas en un segundo plano queda el conflicto en torno a Taiwán y el papel que este pueda desempeñar en el tercer mandato del presidente Xi Jinping.

La influencia de la geopolítica en la determinación de las estrategias empresariales seguirá disponiendo de una creciente influencia. El mapa de riesgos que toda empresa con un cierto grado de internacionalización tiene encima de la mesa vuelve a ser objeto de revisión atendiendo a los nuevos papeles a los que aspiran las potencias económicas. Es el caso, por ejemplo, de la ponderación relativa hasta ahora asignada a la formación de alianzas entre países distantes del G7 como son, además de China, India o Pakistán. Los tres, recordemos, mantuvieron su abstención en la resolución de Naciones Unidas condenando la invasión de Ucrania por Rusia. De concretarse esos distanciamientos sufrirían sectores como el de las tecnologías digitales, en gran medida el catalizador de las mejoras de eficiencia de los últimos años y el principal beneficiario de esas ventajas asociadas a la descentralización geográfica. Desde luego las empresas más cercanas a esas tecnologías de doble uso, civil y militar, que están hoy en el ojo del huracán.

En definitiva, las empresas se enfrentan a un mundo distinto, un entorno menos cómplice del crecimiento y más demandante de una más sofisticada planificación de escenarios y, desde luego, de la gestión de riesgos.

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