EMPRENDEDORES

Yogures artesanales y también innovadores

La pontevedresa Kalekói, enfocada en sus inicios en los restaurantes, vira a los supermercados con sus postres lácteos exclusivos

Susana Aguiar y Álex Moure, fundadores de Kalekói.
Susana Aguiar y Álex Moure, fundadores de Kalekói.

Cuando Susana Aguiar y Álex Moure, fundadores de Kalekói, hablan de su aventura empresarial lo hacen con la energía de quien cree firmemente en su proyecto. Aun así y tras cinco años en el mercado, hoy día todavía se preguntan por qué lo hicieron. “Si miro atrás pienso que estoy loca, pero no me arrepiento”, explica Aguiar.

En 2015 decidieron dejar sus trabajos de ingenieros para montar una empresa que les permitiera volver al mundo rural, a su origen, en la comarca del Deza (Pontevedra). “Pensamos, ¿qué tenemos para hacerlo? Y la respuesta fue leche de calidad, que llega de la ganadería de mis padres”, explica la cofundadora. Así que el destino empezaba a escribirse con este producto como referencia. Planificaron el proyecto e investigaron el mercado. Desecharon elaborar queso porque cuentan que en Galicia hay queserías cada 50 kilómetros y además son muy buenas. Una eliminación que les llevó al yogur. “Nos propusimos hacer uno diferente al resto, con leche de calidad y de fermentación muy lenta. De hecho, cuando nos hacen un pedido, necesitamos 48 horas para servirlo. Aprendimos la técnica de artesanos del norte de España, a los que estamos muy agradecidos”, afirma Aguiar.

Para poner en marcha el proyecto contaron con una inversión inicial de 250.000 euros que llegó a través de amigos y familiares y de una pequeña subvención de la Xunta de Galicia. En la actualidad, Kalekói, topónimo que procede de los pobladores celtas del norte de España, cuenta con un obrador en el municipio de Lalín (Pontevedra), donde se recibe la leche fresca de la ganadería ubicada a 25 kilómetros en el Concello de Rodeiro.

Susana y Álex empezaron vendiendo en tiendas de cercanía y luego dieron al salto a la hostelería. Se presentaban con sus yogures en restaurantes, algunos con estrella Michelín como el de Pepe Solla, cerrado temporalmente por la pandemia, o el de Javier Olleros (Culler de Pau, que acaba de recibir dos estrellas de la guía gastronómica). “Íbamos con el miedo del principiante”, asegura Aguiar: “Les pedíamos que probaran el producto y que nos contarán. Afortunadamente la reacción siempre fue buena”, recuerda. Un comienzo que tuvo en la restauración su eje principal. “Hasta este año el canal horeca [hoteles, restaurantes y cafeterías] concentraba el 80% de nuestras ventas, pero con la crisis sanitaria y el cierre de la hostelería nos quedamos casi a cero”, explica. Una situación que les ha llevado a redirigir el negocio hacia la venta en la distribución. Un sector en el que habían entrado tímidamente en 2018, y que ahora se ha convertido en su principal destino.

Beneficios en camino

Pese a estos vaivenes, confían en elevar su facturación en 2020 y pasar de los 325.000 euros del pasado año a 500.000. En cuanto a los beneficios, “espero que lleguen este año, ya veremos”, especula Aguiar. Actualmente cuentan con cinco empleados que procesan 40.000 litros de leche al mes y producen 18 toneladas de yogur. Ahora, sus principales puntos de venta son cadenas como Gadis, El Corte Inglés o Eroski, en las que se encuentran sus yogures clásicos como el entero natural, el de frutas o mermelada, con precios que oscilan entre 0,80 céntimos y 1,50 euros lo más gourmet. Pero de vez en cuando, como en esta pasada Navidad, apuestan por ediciones limitadas de productos singulares que elaboran en colaboración con artesanos de la zona y que han derivado en sabores tan arriesgados como el de cava, gin tonic o con jalea de saúco. Productos que no venden online. “Mantener la cadena de frío es difícil y caro. Nos complica este tipo de venta”.

Entre sus proyectos hechos realidad está la comercialización de leche pasteurizada. “Todo el mundo nos preguntaba con qué están hechos estos yogures. Y la respuesta era con leche. Así que la siguiente demanda era, quiero esa leche”, dice Aguiar. Ante tanta insistencia decidieron envasarla pero, de momento, en muy poca cantidad por la dificultad para mantenerla. “Al ser pasteurizada tiene una fecha de caducidad de 10 días. Si no la vendemos, hay que tirarla. Nos gustaría comercializar más, pero con clientes comprometidos”, sonríe. También han lanzado yogures elaborados con leche con la proteína A2, que procede de vacas con una genética diferente y que es similar a la leche materna. “Nuestro cuerpo la acepta mejor y disminuye la intolerancia”, argumenta la emprendedora.

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