CRISIS DEL CORONAVIRUS

El estrés de los farmacéuticos ante la pandemia

Pepa Soler, gerente de una farmacia de Barcelona, lamenta la falta de mascarillas para la venta

Pepa Soler, propietaria de la farmacia Soler Cuyas de Barcelona, el día 23.
Pepa Soler, propietaria de la farmacia Soler Cuyas de Barcelona, el día 23.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

“Esto acabará. Y acabará bien, pero luego todos tendremos que hacer una reflexión sobre la vida que hemos llevado. Siempre como un cohete y mirando el móvil”. Pepa Soler, de 49 años, de la farmacia Soler Cuyas, licenciada en empresariales —la titular es su hermana—, de Barcelona, vuelve a casa tras acabar el turno. Desde la calle de Escorial hasta su barrio solo se ven persianas bajadas, gente paseando el perro, otros con prisa y tiendas de ultramarinos abiertas a cuentagotas. Se cruza con una doctora que lamenta el colapso sanitario y la falta de previsión. “A ver si podemos celebrar Sant Joan”, dice.

A una distancia de metro y medio para evitar el contagio, Pepa se libera en la calle de la mascarilla pero no de los guantes de látex. “Esto es lo importante”, aclara. “Es un agobio tratar a la gente con ella. No es solo el riesgo: es desagradable”. En el local hay una pizarra en la que se pide esperar fuera si dentro hay dos clientes. Y en una cartulina, en catalán, castellano e inglés, se informa de que no hay ni gel ni mascarillas. Los termómetros, que volaron al principio, ya se han repuesto. “Una señora nos ha insultado porque no había mascarillas. Pero es que no hay”, afirma. “Yo tuve que ir a comprarlas para mí en un súper”.

Tensionado por esta crisis feroz, el sector de la farmacia es uno de los más estresados. Hay 22.071 establecimientos en España y 50.000 licenciados de cara al público. Ana López-Casero, portavoz del Consejo General de Colegios Farmacéuticos, confinada en su casa de Ciudad Real, describe que a estos profesionales se les aúna el estrés y la angustia de estar en primera línea atendiendo a posibles enfermos o a los familiares de estos. Pidieron sin éxito al Gobierno el día 13 ser incluidos como grupos de riesgo y que se les faciliten mascarillas y guantes. Fernando Simón, director de Alertas y Emergencias Sanitarias, alega que deben convivir con ese riesgo.

La Federación Española de Farmacias, la patronal, ha acogido la decisión con un enorme enfado. “Nos ha dolido. No somos mercaderes. Somos profesionales de la salud. Y un servicio público. No hay mascarillas. Lo pedimos por responsabilidad. No solo por protegernos a nosotros”, dice López-Casero. Y apunta que en 1.500 pueblos de España solo hay una farmacia: si enferma el titular se quedan sin nada. Piden poder dispensar medicamentos que solo se entregan en hospitales o formalizar la entrega domiciliaria como en Galicia.

Una monja sale del local de Soler y una de las farmacéuticas arquea las cejas por encima de la mascarilla. La prenda es tan preciada como el oro. Ahora les instalarán una mampara en el mostrador. En el negocio son siete empleados y se han dividido en turnos para acotar posibles contagios. El teléfono no para. “El 90% de las llamadas son por las mascarillas y para que preparemos recetas”, dice Soler. Niel Pedrosa, de 23 años, estudiante de cuarto, asiente. La Facultad ha instado a cancelar las prácticas pero ha seguido como voluntario en una de la calle Calvet. Atiende al teléfono y lleva a los abuelos, con máscara, bata y guantes, las recetas. Ha hecho hasta 10 viajes al día. “Puedo ayudar. Soy un privilegiado”, afirma. Ha visto de todo: gente agradecida y alguna histeria.

La economía es ahora lo de menos. Cada farmacia es un mundo y la geografía manda: las de los barrios resisten y las del centro, ligadas al turismo, están desiertas. El 80% de la caja procede de los medicamentos y el 20% de parafarmacia. La duda es cuánto tiempo se tardará en salir de este tsunami. La ciudad china de Wuhan renace a cámara lenta. Soler cree que va para largo y extrae esta lección: ni los móviles ni las aplicaciones de videollamadas suplen el contacto humano.

Su camino de vuelta a casa, de noche, es tétrico: las bulliciosas terrazas de Gràcia son un decorado inanimado. “Estamos como atrapados en una película”, lamenta. Seguro que acabará, y acabará bien, pero avisa: “Nada será como antes”.

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