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COLUMNA i

La utopía necesaria de García-Nieto

El sacerdote luchó por la inclusión social, pero la crisis ha recortado muchos derechos sociales y los jóvenes son los principales perdedores

Un camarero sirve en una terraza en Madrid.
Un camarero sirve en una terraza en Madrid.

En las últimas semanas se han celebrado varios homenajes a Joan N. García-Nieto, en Cornellà, Baix Llobregat, al cumplirse 25 años de su muerte. García -Nieto, sacerdote jesuita, fundador de Cristianos para el Socialismo junto a Alfonso Carlos Comín, fue un intelectual, comprometido militante de las clandestinas Comisiones Obreras y del PSUC (Partido Comunista en Cataluña) e investigador del movimiento obrero.

El cura rojo es recordado sobre todo por su labor por la inclusión social. Su campo de acción fue la Ciudad Satélite San Ildefonso, edificada en los años 50 y 60. Sus habitantes procedían de las barracas de Barcelona y de Andalucía, Extremadura y otras regiones españolas.

De aquellas penurias nacieron las luchas obreras de los años 70 y 80 en el Baix Llobregat, como en numerosas ciudades de España, que nutrieron la argamasa que hizo posible la transición. La Constitución de 1978 no fue un regalo. Muchos de sus artículos, como la prohibición de la tortura, la libertad sindical y el derecho de huelga fueron regados con sangre de militantes sindicales y partidos políticos, como ha señalado la magistrada del Tribunal Constitucional María Luisa Balaguer.

Aquellas movilizaciones contaban con un proyecto común, la democracia. Participaron personas de raíces culturales y sociales muy distintas. La Fundació Utopía, que recoge el pensamiento de García-Nieto, mantiene su ideario: Un progreso respetuoso de las diversas entidades pero sobre todo inclusivo. Una utopía que ha dado resultados.

Muchos derechos sociales fueron recortados por exigencias europeas como condición para reparar los daños causados por el sector financiero en la pasada crisis. La propia UE habla del “comportamiento irresponsable entre los participantes en el mercado, incluidos los intermediarios de crédito y las entidades no crediticias” en su Directiva 2014/17.

El resultado ha sido un dramático aumento de la desigualdad, lo que implica que cada vez hay menos proyecto común. Los jóvenes son los principales perdedores con trabajos inseguros, peores salarios y más dificultades para acceder a la vivienda. Se sienten excluidos con razón. Es nuestra crisis sistémica más explosiva. La crisis social ha avivado la deriva identitaria que recorre Catalunya, España y Europa. Es quizá el reflejo del triunfo de las ideas conservadoras.

El profesor Antonio Baylos Grau ha explicado con lucidez esta pérdida de derechos sociales por las exigencias europeas en Mirando hacia atrás con ira. La irrupción de la crisis y el derecho del trabajo en España. El catedrático de Derecho del Trabajo recuerda que el Comité Europeo de Derechos Sociales ha señalado la vulneración de derechos fundamentales y de carácter laboral reconocidos en la Carta Social Europea. Se refiere a las restricciones en negociación colectiva, pensiones y a las normas sobre contratación y despidos, “es decir, el núcleo central de las políticas de austeridad impuestas”.

Baylos propugna una regulación global de las relaciones laborales “desde una perspectiva radicalmente democratizadora de la economía y de la empresa”. El nuevo escenario para la recuperación de los derechos es Europa. Es donde ganamos y perdemos los derechos. Hoy la utopía es la Europa social.

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