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OPINIÓN

Sin ágora no hay democracia

Al generar especialización, el libre comercio aumenta la productividad, impulsa el crecimiento. Y el empleo

Donald Trump, en el despacho Oval.
Donald Trump, en el despacho Oval. EFE

Sobre el libre comercio se catapultó el capitalismo mercantil, la revolución industrial, la libertad política. Sin ágora —el lugar de la polis griega donde se compra y se vende, se discute y decide— no hay democracia.

 Al generar especialización (compro lo mejor tuyo, al mejor precio) el libre comercio aumenta la productividad, impulsa el crecimiento. Y el empleo.

Un comercio infestado de subvenciones, monopolios y otras distorsiones es perjudicial. En cambio, “aquel comercio que sin fuerza ni violencia se desarrolla de forma normal entre dos pueblos es siempre ventajoso”, acertó Adam Smith, “aun cuando la ventaja no sea siempre la misma para las dos partes”, precisó, adelantándose a sus críticos (Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, 1776, FCE, México, 1984).

Sobre el libre comercio se catapultó el capitalismo mercantil, la revolución industrial, la libertad política

Y eso es así porque actúa como acicate de especialización: “Cuando un país extranjero nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que las que nosotros podemos hacerla, será mejor comprarla que producirla, pues la industria buscará por sí misma el empleo más ventajoso para el capital”, detalló.

Dos siglos después, el informe de la Comisión Brandt debía seguir combatiendo el protecionismo: “La mayoría de las naciones está buscando limitar sus importaciones y expandir sus exportaciones. Pero [así] cada una comunica a las demás los efectos perniciosos de sus políticas”. Por eso Willy Brandt impulsaba las “negociaciones globales” sobre comercio, fiscalidad, trabajo, energía, deuda, pues “ningún problema concreto puede considerarse aisladamente” (Common crisis, Pan-Books, 1983).

El campeón en entenderlo había sido Franklin Roosevelt con su New Deal. Y es que la bola de nieve proteccionista, antiglobalizadora, enfrió el comercio mundial reduciéndolo a un tercio entre 1929 y 1934; congeló la economía internacional; generó un desempleo exponencial y pavimentó el ascenso de los fascismos.

Ocurrió que “tan pronto como uno logra incrementar su balanza comercial a costa del resto, los otros se vengan y el volumen total del comercio internacional se hunde” y luego la política y las “estrategias sentimentales añaden carburante al incendio y las llamas del nacionalismo económico arden más alto”; los “aranceles y subsidios acarrean conocidos demonios”, describió la gran economista Joan Robinson —3/4 de Keynes; 1/4 de Marx— en Beggar-my neighbour remedies dentro de Essays in the theory of unenmployment, MacMillan, 1937).

Algunos ideólogos de moda, en vez de seguir los pasos de Roosevelt, Robinson y Brandt, aplauden el proteccionismo e invitan a “tomar el retroceso de la globalización como una oportunidad” avalando el nacionalismo mediante la “reafirmación del Estado-nación”. Es el caso de Dani Rodrik (Financial Times, 6/10/2016), quien simboliza bien cómo ciertos autoproclamados progresistas balizan intelectualmente las perversiones de Donald Trump.