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El ‘boom’ de los vigilantes en la sombra

Los nuevos sensores, telecomunicados, abren un negocio millonario en todo el mundo

Barrio malagueño de La Misericordia iluminado con farolas de LED. rn
Barrio malagueño de La Misericordia iluminado con farolas de LED.

¿Cuál va a ser el próximo gran negocio tecnológico? Uno de ellos será, sin duda, el de los sensores, esos chipscapaces de medir los parámetros más diversos y que, conectados a Internet, permiten monitorizar cualquier actividad humana o física, que están dando lugar a un megasector que ya factura centenares de miles de millones de dólares al año. Conectados a una central, los sensores permiten cosas tan fantásticas como que los sistemas de tráfico o alumbrado se autoadministren; vigilar en tiempo real la salud de un paciente y detectar si va a tener un ataque al corazón; controlar las cosechas; dibujar la trazada de un vehículo, su carga y el modo de conducción; saber dónde está un niño o un anciano, y miles de cosas más. Todo eso porque estos chips —cada vez más usados en la industria, los automóviles, la medicina o la seguridad— son capaces de medir cosas como movimiento, posición, proximidad, deformación, flujo o presión. Medir y también prevenir o corregir fallos convirtiendo objetos inertes en inteligentes.

Estamos ante un negocio de miles de millones. Solo la producción de estos componentes, controlada por grupos como Bosch, STMI, Schneider, Infineon, GE o Honeywell, se ha disparado de 40.000 a 62.000 millones de euros entre 2007 y 2011 y se espera que llegue a los 100.000 millones en tres años. Pero ¿se va a beneficiar España de la ola? Según los expertos, sí. Aun cuando no tengamos industria de chips, habrá negocio en el desarrollo y fabricación de aplicaciones, en el tráfico M2M (machine to machine), en la integración de sistemas y en su instalación. Ya han surgido empresas como Libelium, Sayme, Urbiótica o Farsens con productos para las ciudades inteligentes, la telemedicina, el automóvil o la agricultura.

“Empresas aún pequeñas”, apunta Jordi Marín, de Indra, “pero que crecerán en los próximos años”. Libelium, de Zaragoza, creada en 2007, tiene su propio dispositivo, el WaspeMote, en 60 versiones, que vende a las operadoras e integradores. “Se usan para todo tipo de funciones”, explica David Gascón, responsable técnico, “desde control de tráfico o aparcamiento hasta agricultura”. La empresa tiene sus dispositivos en una bodega gallega (para monitorizar las vides), en invernaderos y en bosques de Asturias (contra incendios). Con 35 trabajadores, venderá 2.000 dispositivos este año y facturará 3,5 millones de euros. “Pero esperamos llegar a los 20 millones en 2017”, dice Gascón.

Urbiótica, de Barcelona, fundada en 2008, con 20 trabajadores, también actúa en las ciudades inteligentes. “Este año habremos colocado”, explica Antonio Brey, su consejero delegado, “unos 10.000 aparatos, el 95% fuera de España”. Urbiótica diseña los dispositivos, cuya fabricación encarga a terceros, en España. Sayme, de Santander, fundada también en 2007, acaba de abrir delegación en Colombia. “Además de las ciudades inteligentes, monitorizamos estructuras de edificios, puentes o túneles”, explica Marta Alonso, su directora. “Somos el único miembro español de ZigBee, la alianza mundial que define el estándar en redes de sensores inalámbricas”. Otras son Worldsensing, Farsens o Circutor, una empresa de equipos eléctricos de Cataluña con 850 trabajadores. “Estamos aumentando nuestra presencia en eficiencia energética o contadores inteligentes”, dicen ahí.

La previsión es que el sector facture

100.000 millones en tres años

Más escasa es la presencia española en la automoción, donde se usan cada vez más sensores. Está Ficosa, con un dispositivo de control por sensores y un sistema que detecta la somnolencia al volante, y algunas empresas como Nagares, Anafocus (sensores de visión) o Euro NCAP (detección de choques). Y poco más hay. “Esto se debe”, apunta José Esmoriz, de Cie Automotive, “a que los dispositivos con sensores para los coches, sobre todo los que transmiten vía Internet, los controlan las marcas, en colaboración con proveedores como Bosch”.

UAV Navigation, de Madrid, que usa sensores de movimiento en sus autopilotos (para la aviación), los suministra ahora para el campeonato de MotoGP, con los que se controla la aceleración o frenado de las motos en modo de autocorrección. Los sensores generarán negocio entre las integradoras, Indra, IBM, Accenture, que actúan mucho en los proyectos de smart cities en ciudades como Málaga o Santander. Jordi Marín, de Indra, empresa que va a desplegar una plataforma urbana (aparcamientos subterráneos, semáforos, residuos, alumbrado…) en varias ciudades de España, explica que los nuevos sensores inalámbricos “nos están abriendo campos de trabajo que antes no existían”.

También las operadoras están entrando. Primero por el tráfico M2M, que, según Cisco, se multiplicará por 22 hasta 2016, de 23 a 508 terabytes al mes; y luego por la posibilidad de generar aplicaciones. Telefónica fundó en 2011 su unidad global de negocio M2M, en la que trabajan 150 personas, una decisión que Carlos Morales, su responsable, explica debido a qué “hemos visto ahí una gran oportunidad”. La operadora, cuyo tráfico M2M creció el 30% en 2012, tiene ya seis millones de esas líneas (dos millones en España). Y si bien la mayor parte de ellas las usan las empresas de alarmas o los comercios (para el pago por tarjeta), se espera que las nuevas aplicaciones —unas 18— aporten millones de líneas más. “Ya estamos comercializando soluciones para el control de flota por GPS o el pay as you drive para Generali”, apunta Morales.

Telefónica no es la única. También Detector, de Madrid, ofrece el pay as you drive, un sistema que utiliza los sensores en los coches para seguir su uso y el estilo de conducción del asegurado y adaptar la prima a esos resultados. En logística, el GPS ha impulsado el uso de sensores conectados. SatData y GMV ofrecen al sector del transporte la posibilidad de tener siempre ubicado el vehículo y monitorizar el consumo de gasolina, el estado del motor o de la carga, o si está parado o circulando. Morales cree que este mercado avanzará no solo por la presión de los consumidores, sino también por la regulación. “La UE”, dice, “aprobó una norma que obligará a los coches nuevos a traer, a partir de 2015, la llamada de emergencia: en caso de accidente, el coche se conecta automáticamente con un centro de emergencias”.