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Varios países buscan espacios de legalización

En Sunset Boulevard, la arteria principal de Hollywood, una joven baila al estilo psicodélico con un cartel que invita a visitar al doctor Marihuana. El doctor Marihuana certificará, por 60 módicos dólares (50 euros), que el paciente sufre insomnio, o pérdida de apetito, o asma, o en su caso cáncer. Con su receta podrá ir a la narcofarmacia y comprar su hierba. El porcentaje de jóvenes que declaran dolor crónico se ha disparado en los Estados norteamericanos que facilitan la medicina verde.

Estados Unidos, país de tradición prohibicionista, vive una explosión del cannabis legal, que ha aprovechado las rendijas abiertas gracias a sus indicaciones médicas. Pero el debate sobre la descriminalización del cannabis recorre el globo: mueve a personalidades en América Latina, enfrenta a instituciones en varias capitales europeas y se está poniendo por escrito en una ley en el País Vasco. Y, sin embargo, Holanda, que era una isla de tolerancia, endurece las reglas para sacar a los turistas de los coffeeshops, ocultar sus escaparates, limitar la entrada solo a vecinos que sean socios.

¿Unos de ida y otros de vuelta? ¿Tendencias opuestas? No tanto. También el País Vasco quiere algo así como coffeeshops para socios. Un proyecto de ley regulará los clubes de consumidores, que podrán cultivar y distribuir cannabis entre sus miembros, después de que algunas sentencias judiciales los hayan avalado. Para evitar polémicas, el Gobierno de Patxi López se cuida de no pronunciar la palabra "legalización", como si regulación no fuera lo mismo. En Copenhague se debate crear un monopolio del cannabis como el de las tiendas de alcohol.

Algunas personalidades políticas -Fernando Henrique Cardoso, Felipe González, César Gaviria, Kofi Annan o Javier Solana- han firmado manifiestos en que lamentan el fracaso de la política de represión, que solo sirvió para llenar las cárceles, y plantean al mundo ensayar fórmulas de legalización.

El ambiente en Venice Beach, la playa más hippy de Los Ángeles, ya no se diferencia tanto del distrito rojo de Ámsterdam, con sus dispensarios, sus tiendas de parafernalia para fumadores, los motivos rastafaris por doquier. La sorpresa es que la opinión pública de EE UU ve con buenos ojos esta apertura, según las encuestas. En nombre de las propiedades terapéuticas, se ha abierto un coladero, sí. Buena parte de la población lo acepta con tal de conducir el fenómeno por cauces legales, acotarlo lejos de la criminalidad o de las drogas más duras, y, de paso, recaudar impuestos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de enero de 2012