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Crítica:

El buen rollo como falacia

Periodista precoz en las páginas de Rolling Stone, Cameron Crowe pareció encontrar, bajo el ala protectora de James L. Brooks, su destino deseable como cineasta: de su mano, una sensibilidad ligeramente sex & drugs & rock'n'roll iba a entrar en el seno del mainstream, atemperando el factor sexo, eliminando las drogas de la ecuación y reciclando el rock'n'roll como un hilo musical AOR. Quizá su mejor y más compleja película haya sido la un tanto incomprendida Jerry Maguire (1996) -algún día habría que analizar la violencia que en ella se aplica al icono Tom Cruise-, pero Un lugar para soñar lucha a brazo partido por obtener el título de obra definitiva en el corpus de Crowe: la máxima expresión de aquello que los anglosajones denominan a feel good movie, concepto capaz de espolear la grima en todo espíritu sensato. No se detectan las desconcertantes y valiosas fracturas de Jerry Maguire: todo es luz, buen rollo, arcos de personaje trazados con tiralíneas, progresión narrativa de manual... y, para más inri, ¡¡música del islandés Jónsi!!

UN LUGAR PARA SOÑAR

Dirección: Cameron Crowe. Intérpretes: Matt Damon, Scarlett Johansson, Thomas Haden Church, Maggie Elizabeth Jones, Elle Fanning.

Género: comedia. EE UU, 2011.

Duración: 124 minutos.

Un lugar para soñar adapta el libro autobiográfico de Benjamin Mee, periodista que decidió reiniciar su vida comprando y rehabilitando el zoo de Dartmoor, y reubica su renacimiento vital al sur de California. La secuencia en la que Matt Damon logra gestionar su duelo por la esposa muerta gracias al manejo del programa iPhoto reinventa el kitsch para la era pos-Steve Jobs. Es un momento que ofrece un diagnóstico inmediato del modelo de cursilería que maneja una película que quizá parta de la vida (la experiencia de Mee), pero para convertirla en una empalagosa mentira para todos los públicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 28 de diciembre de 2011