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DON DE GENTES | OPINIÓN

Urdangarin por entregas

Si lo sabía yo, es que lo sabía todo el mundo. Ahora me doy cuenta de que ha sido un comentario recurrente desde hace por lo menos cinco años, pero mi memoria ha perdido las caras de quienes lo soltaban en una cena o en los corrillos finales de algún acto. Recuerdo, sí, que jamás quise dar demasiado crédito al chisme, por estar ya escaldada de la España maledicente que no para de inventar romances lésbicos, enfermedades que han de desembocar en la muerte, que se relame sacando a políticos del armario, metiendo a un ministro en la cama de un torero y a una presentadora deportiva en la cama de una ministra. Así que tengo por costumbre no creerme nada hasta que lo cuenta la prensa, eso sí, cuando la cosa ha dejado de ser secreto de sumario (tampoco me gusta que me desvelen secretos de sumario). Pero es lógico que, en estos días, entregada como estoy a esta novela por entregas que están siendo las aventuras empresariales de Urdangarin, vuelvan de pronto a mi memoria todos aquellos momentos en que escuché que más que trasladarse a Washington, al duque lo habían trasladado, para ver si se cumplía aquello de que la distancia es el olvido y se perdía en la maraña del tiempo aquel estilo suyo de hacer negocios que le había enriquecido, a ojos de cualquiera, demasiado rápido. Si lo sabía yo, es que lo sabía todo el mundo. Pero la justicia en España camina a paso paquidérmico. Es lenta para concederle la libertad a un pobre preso como Miguel Montes, que ha malgastado su vida en la cárcel. Es cauta si se trata de imputar a un hombre cuyo futuro va a afectar, lo reconozca o no la casa del Rey, a la imagen que tengan los ciudadanos de la monarquía. Que tire la primera piedra aquel lector que no tenga un urdangarin en la familia, un hijo, un yerno, un padre, un hermano, un cuñado que nos tenga con el alma en vilo porque no veamos claros sus movimientos vitales. Urdangarines los ha habido siempre, más aun en la recién clausurada época de despilfarro, pelotazo y saqueo del dinero público. Pero la propia naturaleza de la familia Real no les permite la tolerancia, tan humana en las familias plebeyas, con las ovejas negras. Si quiere seguir siendo Real dicha familia ha de sacrificar al descarriado. Es más, cabe preguntarse cómo no funcionó ese necesario detector de urdangarines con el que debiera contar cualquier familia real si es que no desean que tras un escándalo los ciudadanos, antes súbditos, hagan una enmienda a la totalidad de la institución. Esta fascinante historia que debería publicarse en fascículos está cargada de porqués que la hacen tan opaca como misteriosa. ¿Por qué no se puso remedio a tiempo? ¿Por qué una mujer, la infanta, a la que se supone inculcaron desde niña el deber de servicio al Estado, no quiso ver que su marido se aprovechaba de su recién adquirido rango para obtener dinero a cambio de estudios inútiles y redactados con lenguaje gaseoso? Los medios de comunicación, siempre tan perspicaces, diseccionaron y analizaron cada supuesto fallo de Letizia: sus orígenes, su pasado, su preparación intelectual, su abuelo, su carácter, sus huesos, su masa muscular, sus tensiones emocionales, el complicado encaje en la familia, su supuesta mala relación con el Rey, sus piques con las Infantas. Y mientras esta hija de la clase media, exprofesional del periodismo y obsesiva en el cumplimiento de su nueva tarea, trataba de hacerlo lo mejor posible y granjearse algún comentario ligeramente positivo de la prensa, los cuñados se libraban de la mirada acusadora de los llamados expertos de la cosa real. Uno iba envuelto en fulares y se arrimaba al fascinante mundo de la pasarela y las natiabascales; el otro, menos folclórico y más ambicioso, hacía negocios con los políticos autonómicos. El Marichalar de cera fue retirado del cuadro familiar, se le tuvo indultado un tiempo entre toreros y, finalmente, desapareció. El Urdangarin de cera convive ahora con las glorias deportivas y ya veremos si dentro de un tiempo, según sea o no imputado, se le manda al sótano o se le funde. Desconozco el destino final de los defenestrados. De cualquier manera, ni la Casa Real debiera interpretar que la transparencia de sus cuentas es una concesión, ni tampoco tratar de convencernos de que estas nuevas decisiones están desvinculadas del caso Urdangarin. La crítica y la ironía han de fluir con naturalidad cuando expresemos opiniones sobre la monarquía. Tanto como para poder decir que la foto de una Reina sonriente junto al yerno en Washington puede interpretarse como que, en ocasiones, la familia real está mal asesorada; que la revista ¡Hola! le hizo un flaco favor, y que debiera haber sabido hacer compatible el legítimo apoyo a una hija con su obligación de no herir a una ciudadanía harta de urdangarinadas. Dejando a un lado que a quien más pueden perjudicar los discutibles métodos de su yerno para enriquecerse es al príncipe Felipe, a quien toca convencer a diario a los españoles de que su presencia es beneficiosa. Qué sarcasmo. Tanto hablar de Letizia y, hasta la presente, ha sido la que ha aprendido más rápido a desempeñar el extraño y nada envidiable papel de princesa. Tiene algo que la distingue, sin duda, de las infantas: eligió mejor al marido.

Recuerdo los momentos en que escuché que más que trasladarse a Washington, al duque lo habían trasladado

Los medios analizaron cada supuesto fallo de Letizia, hija de la clase media, librando de su mirada a los cuñados

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de diciembre de 2011