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COLUMNA

Nadie se reconoce culpable

Aunque no en todos los continentes tenga la misma intensidad -hasta ahora se han librado bastante bien América Latina y Asia-, y aunque cada país muestre aspectos propios, la crisis es global y el factor determinante ha sido la revolución del mundo financiero a partir de los ochenta.

La época dorada del Estado de bienestar, entre 1945-1972, se caracterizó en las economías de los países industrializados por un crecimiento ininterrumpido, y sobre todo por el pleno empleo, algo que no había ocurrido antes de la guerra y que no ha vuelto a suceder desde mediados de los setenta. ¿Cómo se explica que desapareciese el pleno empleo, convertido desde entonces en la liebre mecánica que nunca se alcanza?

Los Estados por sí solos no pueden enfrentarse al desastre, ni existen instancias a las que apelar

La causa habría que buscarla en el conflicto social que se origina cuando crecimiento económico, incremento continuo de los salarios y pleno empleo convergen durante un largo trecho, una constelación que proporciona un poder creciente a las clases trabajadoras. Si esta situación se prolonga, trae consigo una profunda transformación del capitalismo, algo que la socialdemocracia pretendía abiertamente -no en vano consideraba al Estado de bienestar como el instrumento adecuado para avanzar hacia el socialismo en democracia-, pero es obvio que los propietarios del capital tenían que frenar este proceso de cualquier modo y lo antes posible. En estas circunstancias se inicia la "revolución financiera", sin duda causa directa de la actual crisis. Al bajar los intereses, la búsqueda de una mayor rentabilidad desvía el ahorro hacia productos no bancarios. El crédito bancario tradicional se va sustituyendo por títulos emitidos y negociados en los mercados de valores, proceso que llamamos de "titularización". Estas nuevas instituciones financieras actúan con mucha mayor libertad, pero sobre todo se mueven en un mercado que pronto traspasa las fronteras nacionales.

La "titularización" es la causa principal de los desajustes que, si han adquirido tal dimensión catastrófica, se debe a que confluyen otros factores: la revolución tecnológica en la informática y comunicación, que hace posible la universalización del mercado; esta globalización suprime la posibilidad de regular los mercados desde los Estados nacionales.

La "ingeniería financiera" puede crear una gran cantidad de productos financieros, que como resultado último lleva a un divorcio abismal entre la economía real y la financiera. Titularización, revolución tecnológica, globalización y desregularización son los cuatro jinetes del apocalipsis que nos han conducido al desastre actual. En rigor, habría que añadir un quinto factor: la desaparición de una ética de los negocios que, además del beneficio, tenga otros objetivos y responsabilidades sociales. La ideología neoliberal sigue presentándose como la única racional que todo lo legitima, pese a los efectos distorsionantes que conlleva que el capital pueda moverse a su antojo, a la búsqueda del rendimiento más alto, y que la tasa de interés, que Keynes había ligado al empleo, quede fuera del control de los Estados.

No cabe reprochar a las distintas instituciones financieras que hayan aprovechado la gran oportunidad de ganar sin freno, cuando el principio rector es maximalizar los beneficios. Nadie dudaba de que un día se pincharía el globo, pero que me quiten lo ganado.

Globalizados los mercados, y al comportarse los dueños del capital como aconsejan la codicia y la ideología imperantes, la situación se hace incontrolable. Los Estados por sí solos no pueden enfrentarse el desastre, ni existen instancias internacionales a las que apelar. La Unión Europea no ofrece una salida, al estar escindida entre los países de la eurozona y los que lidera Reino Unido, empeñados en que la Unión continúe siendo tan solo un mercado de Estados soberanos. Los primeros necesitan una mayor integración política y económica para sobrevivir con el euro, mientras que los segundos están dispuestos a impedirlo hundiendo la moneda común, si fuese necesario

Tampoco existen instancias internacionales que puedan, o quieran, regular los mercados, con lo que seguirá adelante el proceso actual sin que nada ni nadie lo pare, máxime cuando beneficia a unos pocos a costa de muchos. Nada se entiende de lo que pasa sin las enormes ganancias que provienen de la especulación con la deuda soberana. Como no hay mal que cien años dure, se encontrará una salida por dolorosa que fuere.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de diciembre de 2011