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Reportaje:

Último viaje de Jorge Semprún

Jorge Semprún recibe un homenaje en el País Vasco francés

En lo alto de un monte, frente a la verde rivera del Bidasoa, se alza la terraza desde la que Jorge Semprún contemplaba España desde Francia con el seco dolor del exilio. Un lugar aparentemente apacible pese a su condición fronteriza y pese a que en su hermoso cementerio (invocado por Unamuno en su poema Orhoitz Gutaz, Acordaos de nosotros) descansa un muerto de la histórica batalla de Galípoli o que, décadas después, la policía ultrajara una de sus tumbas tras una falsa pista que señalaba que allí estaban enterrados los restos del dirigente de ETA político-militar Pertur.

La pequeña Biriatou, lugar soñado por Semprún para descansar después de su muerte y para reconciliar las contradicciones de su doble identidad española y francesa, reunió ayer a unas doscientas personas, amigos y familiares del escritor, que, venidos principalmente de Madrid y París, quisieron cumplir al menos con la parte simbólica de su romántico deseo. Semprún, el hombre que cargó sin aspavientos con las tragedias de nuestro tiempo (el exilio, la deportación, la clandestinidad) y que confesó que en ningún sitio estaba en su casa, finalmente quiso pertenecer a un diminuto rincón de la tierra.

El escritor soñaba con ser enterrado en la frontera entre España y Francia

La ceremonia se convirtió también en un homenaje a Javier Pradera

El homenaje de ayer, que marcaba el final de un largo viaje, arrancó con la hija y los tres nietos políticos del escritor descubriendo la estela de piedra que ha creado Eduardo Arroyo para la terraza ("umbrosa", decía Semprún) de Biriatou y que recorre los profundos surcos de su rostro. Sonó una de sus canciones favoritas, Las hojas muertas, de Yves Montand y Prévert, y casi dos horas después, también sonaron sus palabras en la voz de su amigo Michel Piccoli, que leyó fragmentos del capítulo final de Adiós, luz de veranos (Tusquets), libro que recoge el anhelo del escritor de ser enterrado allí, "en ese lugar fronterizo, patria posible de los apátridas, entre los dos ámbitos a los que pertenezco -el español, que es de nacimiento, con toda la perentoriedad, a veces abrumadora, de lo que cae de su propio peso; el francés, que es electivo, con toda la incertidumbre, a veces angustiosa, de la pasión-". "Jorge Semprún", nombró enfático el actor francés. "¡Qué historia. ¡Cuántas historias!".

Se equivocó la canción de Prevert porque ayer el sol brilló como nunca y la mañana se convirtió en un regalo para todos los asistentes al acto, que subían y bajaban las escaleras de la iglesia de San Martín en busca de las palabras grabadas que inspiraron a Unamuno o que desde el mirador natural del pueblo señalaban al horizonte: "Ahí, en la otra orilla, empieza España".

Desde la muerte de Semprún, en junio de este año, y de su entierro días después en Garentreville, sus amigos empezaron a gestar el homenaje de Biriatou. En el origen de todo estuvo el empeño de Javier Pradera, fallecido el pasado domingo, y que ayer -en presencia de su esposa y su hijo mayor, Natalia Rodríguez-Salmones y Máximo Pradera- se convirtió en la ausencia que nadie podía eludir. Carmen Claudín, hija de Fernando Claudín (el camarada del Partido Comunista que fue expulsado con Semprún en 1964), lo recordó durante su intensa intervención. Semprún y su padre fueron el alimento intelectual de su infancia, pero fue la irrupción de Pradera en sus vidas la que cerró aquel círculo de experiencia humanista y rigor intelectual. "Nadie ejemplificaba mejor la superación de la España dividida que Javier Pradera. Él era la doble memoria encarnada en una sola persona. Semprún, Pradera y mi padre formaban un triángulo único en el que convivía con humor, rigor e inteligencia la terrible experiencia de los campos nazis (Semprún), la experiencia directa de la nueva España (Pradera) y la perversión del modelo soviético (mi padre)". "Hoy", cerró Claudín, "quiero que se recuerde a Jorge como él quería que le recordaran: como a un rojo español".

Rojo, una palabra que marcó toda su vida, el color con el que fue marcado a su llegada al campo de Buchenwald, en 1944. Volvió al campo, en 1992, con dos de sus nietos, Thomas y Mathieu Landman, hijos de Dominique, la hija de su segunda esposa, Colette. Los dos chicos y su hermana, Cecilia, hablaron ayer sobre su abuelo y recordaron al Semprún más inaccesible, el que les intentaba explicar que él no era francés sino español, aunque tampoco; el que les relató en la intimidad los horrores de su deportación o el que para aplacar sus infantiles ansiedades les leía para dormir pasajes de Moby Dick y poemas de Aragon y Baudeleire. El mismo hombre que un día, en la terraza de Biriatou, bajó la guardia de su fría condición de clandestino, y recitó en voz alta unos versos de su padre que le volvieron a la memoria allí mismo: "Se acabarán las tardes, pero la tarde queda; / la clara y perenne que hay en mi fantasía, / y que, cuando ya todas transpongan la vereda, / ha de hallar -no sé dónde ni cómo- el alma mía!".

Memoria de deportado

La memoria, religión de los laicos, convocaba ayer en Biriatou a una larga lista de amigos y ademiradores de Jorge Semprún: Carlos Solchaga, Claudio Aranzadi, Ángeles González-Sinde, Joaquín Estefanía, Miguel Ángel Aguilar, Miguel Zugaza, Bernard Pivot, Florence Malraux o Joaquín Almunia, que intervino en el acto. Ninguno quiso perderse un homenaje al que también acudieron dos hombres que no fueron íntimos de Semprún pero que estaban unidos a él por los lazos que unen a cualquier deportado. Virgilio Peña y Vicente García, dos supervivientes de Bucehenwald (los únicos, según dijeron ayer), que se acercaron a Biriatou para asistir como espectadores y como eternos protagonistas. "Yo estaba en la misma barraca que Semprún, fui el primer español con el que habló", recuerda Peña Córdoba, de 97 años, "Hablaba cuatro o cinco idiomas, eso le valió entrar de intérprete en las oficinas del campo", añade García, de 86. Según los dos hombres, ambos miembros de la Resistencia, la amistad que se forjaba en el campo era para toda la vida. "Nos vimos hace un año, en el aniversario del campo. Recordamos que no teníamos para comer, pero que nos reíamos mucho. Allí no había un solo piojo, nos los comíamos nosotros todos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de noviembre de 2011

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