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Análisis:ANÁLISIS

Escuela y silencio tras la declaración de ETA

"A veces, el silencio es la peor mentira" (Miguel de Unamuno)

El pasado 20 de octubre, día que deseamos quede para la Historia, ETA anunciaba el cese definitivo de la violencia. Desde ese mismo instante, artículos, opiniones, editoriales, tweets inundaban espacio y ciberespacio mostrando sentimientos encontrados de euforia, satisfacción, alivio y cautela. En los días posteriores hemos leído declaraciones institucionales, pensado con las reflexiones de politólogos y llorado con las lágrimas de amenazados que sienten, por fin, más próximo el final de la pesadilla.

La ciudadanía vasca ha vuelto la vista atrás, una vez conocida la noticia del cese de las armas. Seguramente nuestros recuerdos nos han llevado a escenas tristes, solidarias, silenciosas en lo público y rabiosas en lo privado; habremos vuelto a recuperar sensaciones tras la información de un asesinato, de una bomba, de una extorsión concreta. Nos recordaremos indignados ante el horror, escandalizados ante la conculcación de derechos humanos, enervados en las manifestaciones de repulsa.

¡Basta ya de silencios! La Escuela vasca debe dar un paso al frente

La Escuela debe analizar su intervención a lo largo de los años previos

Y todos estos recuerdos pugnan ahora por formar parte de la historia personal de cada uno de nosotros/as, como un mal sueño. El final parece más cercano que nunca y, por ello, deseamos fervientemente que nunca más se repitan tales acontecimientos. Porque es humano querer mirar al futuro con optimismo, sin cadenas que nos aten al dolor y al horror y desear superar cuanto antes nuestro trágico pasado.

Y es en este deseo tan natural donde surgen complicados interrogantes: ¿ahora, qué?¿cómo lo hacemos? Llevamos tiempo oyéndonos decir que es necesario ser capaces de construir un relato de lo pasado firme, coherente, no basado en la venganza, pero justo y solidario con el dolor sufrido por las víctimas del terror, para superar sin ambages esta situación y poder construir una comunidad tolerante, plural y solidaria. Y aquí es donde la Escuela debe jugar un papel protagonista con mayúsculas.

Una Escuela que para asumir este protagonismo deberá previamente provocar su propia catarsis y analizar su intervención a lo largo de los años previos a esta declaración de paz.

Una Escuela -hablando en términos genéricos, absolutos, y obviando, por tanto, las honrosas excepciones que suavizan la contundencia de las mayorías- que deberá preguntarse porqué ha mirado durante tantos años hacia el lado oscuro, cuando a la hora de formar en valores humanos, democráticos se cruzaba inevitablemente el discurso desestabilizador y contaminante de ETA, del nacionalismo más radical y las referencias a Nación y Patria vascas. ¡Cuántas veces hemos acudido al silencio cómplice ante frases oídas en las salas de profesores! ("No hablar de política en clase!" o "¡Son temas para el/la de religión y/o ética!")

Una Escuela vasca, que al igual que la sociedad de la que emana, se ha gustado defendiendo señales identitarias de pluralidad (aunque mayoritariamente percibida como nacionalista), laicismo (aunque con más del 45% de matriculación en centros concertados y privados) y ampliamente participativa (aunque con una parte de la comunidad educativa atrincherada exclusivamente en sus exámenes y calificaciones).

Porque era (es) difícil sustraerse a esa mayoría envalentonada que socialmente copaba cualquier discrepancia con sus argumentos ideológicos particulares, hábilmente expuestos con el apoyo encubierto -o no- de la violencia. Creemos, por tanto, que no hemos sido capaces de expresar el sentimiento vasco más que desde una visión nacionalista, legítima, pero parcial. Nos han faltado fuerzas para mostrar públicamente otras formas de sentirse vasco, más allá de la oficialmente consignada. Ha sobrevolado el silencio en demasiadas ocasiones en las paredes de los centros educativos.

Porque, en nuestra descarga, se puede argumentar que nada ha hecho la Escuela vasca distinto de su propia sociedad, de la que es fiel reflejo. Sin embargo, no podemos aceptarlo como atenuante, cuando nosotros mismos, los/as profesionales educativos, tenemos a gala -en otras esferas del conocimiento- actuar como abanderados de los cambios, de las técnicas de progreso, de la innovación que permite avanzar a la sociedad; nos gusta rebelarnos contra las imposiciones, discrepar razonadamente frente al pensamiento único, fortalecer la actitud crítica, establecer nuevas vías de actuación allí donde encontramos mentes despiertas, abiertas a las novedades. Nada de esto -o muy poco, tal vez, hasta el extremo de pasar desapercibido- hemos sido capaces de ofrecer a la sociedad desde la Escuela vasca.

Pero ha habido excepciones y es justo señalar que hombres y mujeres, educadores en este país, han mostrado su disconformidad en tantos años de mirada aviesa; honrosas individualidades, capaces de inculcar valores democráticos y de denunciar la vulneración de derechos humanos básicos de quienes aquí vivían -en Euskadi, y no en Palestina, Bosnia o Somalia, lugares que siempre han recibido miradas de simpatía y manifestaciones solidarias de todos los colores políticos posibles-. Y lo han hecho en circunstancias totalmente adversas, alejados de la sintonía principal, venciendo obstáculos, insultos y, en el mejor de los casos, indiferencias. El mantenimiento de esa actitud valiente les ha supuesto desprecio, extrañamiento involuntario, escoltas...Estos/as profesionales siempre contarán con nuestra admiración y aplauso y cualquier elogio será una contribución exigible que reconozca y dignifique su abnegado trabajo.

Sea como fuere, lo cierto es que la sociedad no puede seguir esperando de forma indefinida que otros adopten una postura definitiva; debe intervenir ya asumiendo que el momento de la exigencia de responsabilidades ha llegado. Y en este caso, cuando se trata de debatir sobre la formación de las nuevas generaciones en asuntos tan trascendentes como el respeto al diferente, la defensa de los valores democráticos o el valor de la libertad y de la vida humana, no puede dudar sobre el lugar que debe ocupar: frente a la extorsión, el engaño y la violencia, la sociedad debe insuflar energía suficiente a las instituciones democráticas con que se ha dotado, y entre ellas, a la propia Escuela.

Por eso, ante la pregunta del "¿qué hacer?" la Escuela vasca debe dar un paso al frente y disponerse para asumir el protagonismo social que le corresponde: ¡Basta ya de silencios! Porque hay que actuar antes de que las nuevas generaciones decidan priorizar otros distintivos (la insolidaridad, la falta de escrúpulos, el dinero fácil) como señas de identidad y den al traste con algunos de los valores que siempre deberían haber sido defendidos.

Y uno de los primeros pasos a dar en esa línea, como sociedad, como comunidad educativa, es posibilitar, más aún, coadyuvar a la integración plena, física, social, pública, de todas y cada una de las víctimas que han sufrido la violencia terrorista. En la medida en que se socialice su dolor, sus silencios, la dignidad de las víctimas se habrá engrandecido y, a la vez, se habrá reducido el terreno de apoyo a los violentos.

Las sociedades -y ésta nuestra vasca no es una excepción- necesitan de gestos sociales aprendidos, cultivados por la enseñanza para que el ser humano pueda vivir junto a su vecino. Se precisa de una reflexión serena y de una pedagogía hábil; ambas son -deben ser, si no- parte consustancial del día a día escolar.

No va a ser fácil; nos va a exigir una voluntad férrea, una firmeza en la recuperación de espacios públicos que voluntariamente habíamos cedido; nos va a obligar a hablar, si es lo que deseamos. Hemos de acostumbrarnos a pensar que nunca más nada, ni nadie será dueño de nuestra palabra.

Nos jugamos demasiado en este envite como para dudar a estas alturas de nuestras posibilidades. Nuestro silencio no podrá ser nunca de nuevo malinterpretado. No le demos la razón al viejo Unamuno.

Pablo García de Vicuña Peñafiel es secretario General de CC OO Irakaskuntza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de octubre de 2011