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Crítica:Keko - La protectora | CÓMIC

Terror esencial

Keko consigue destilar la esencia del miedo extremo más puro. Con maestría, despliega su infinita capacidad para andar sobre el cortante filo de la navaja en un relato perturbador a partir de Otra vuelta de tuerca, de Henry James

La protectora supone el ansiado y esperado regreso a escena de Keko, uno de los autores más importantes de este país que, por desgracia, destila su obra con finísimo cuentagotas. Cinco años después de La casa del muerto, aquella obra maestra que delimitaba con precisión tan quirúrgica como inquietante una sociedad enferma de hipocresía mediática y ambición especuladora -hoy de una terrorífica e innegable actualidad-, vuelve a escena este autor madrileño, formado en aquel experimento tan singular como de imposible realidad en estos días de recortes culturales que fue la revista Madriz. Y lo hace, como siempre, rompiendo esquemas y asumiendo empresas tan peligrosas como complejas, como la de continuar la historia de la pequeña Flora allí donde la dejara Henry James en su hipnótica Otra vuelta de tuerca. El reto es titánico: asumir desde el lenguaje de la historieta el juego de ambigüedades sutilmente insinuadas por el escritor americano no es fácil, pero lograr trasladar el terror que nace de ese juego de infinitas y perturbadoras imágenes es todavía más complejo y difícil. El género de horror siempre juega en desventaja sobre el papel, sin poder echar mano de los recursos de tensión que aprovecha la gran pantalla. Sin olvidar, sobre todo, el compromiso de echarle un pulso al que es considerado como uno de los más grandes literatos de todos los tiempos... Tarea compleja si no imposible la de Keko, sin duda, pero que el autor afronta con una carta escondida en la manga: su infinita capacidad para la disección de la psique humana, para andar sobre el cortante filo de la navaja que abre el abismo de las miserias del hombre. Para lograrlo, tras la muerte de su hermano Miles devuelve a Flora junto a su tío, el señor de Bly, intentando descubrir las raíces de la locura que vivieron los dos niños, del arrebato y desvarío que sufrió su institutriz, en un camino sinuoso que hará que las perversiones de los fantasmas de Quint y la anterior institutriz no sean más que un pálido reflejo del verdadero horror que esconde el alma humana. Una zambullida sin regreso en una degeneración que se muestra al lector como la única libertad real que todavía existe en el mundo.

La protectora

Keko

Edicions de Ponent. Alicante, 2011

64 páginas. 20 euros

Sade visita a Henry James en un ambiente enrarecido que asfixia en cada viñeta al lector gracias a la labor del dibujante

Sade visita a Henry James en un ambiente enrarecido que asfixia en cada viñeta al lector gracias a la labor del dibujante, que deja su habitual blanco y negro de pulcritud tan simbólica como cortante y radical para desarrollar un trazo sucio, con grises y tramas orgánicamente obscenas que potencian el contraste entre la figura humana y unos escenarios fotográficos que aparecen deformados, conformando una extraña sensación de realidad de perturbadora irrealidad. Atmósfera de serie B, que bebe de tanto del sinuoso claroscuro de las fotografías de las películas de Jacques Tourneur como de los grabados que acompañaban los cuentos de terror de las publicaciones populares de finales del siglo XIX, en unas imágenes que se coreografían a través de las miradas de los protagonistas. Miradas robadas, apenas de soslayo, evitando a un lector que, desprevenido, seguirá curioso el juego hasta encontrarse cara a cara con ojos sin fondo que miran sin pestañear, provocando un desasosiego que roba el aliento, que abre la caja de Pandora de las alcantarillas del alma humana. La trampa funciona y el lector se encuentra entonces aprisionado en un túnel que le lleva sin remisión a la reflexión, a encontrarse cara a cara con el monstruo más horrendo que ha creado jamás la ficción: el ser humano. Keko consigue así destilar la esencia del terror más puro, firmando una de las obras más recomendables de este año.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011